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HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA (Contemporánea)
07 │ La sociedad moderna romanticismo ciencia y positivismo
HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA
(Sección Contemporánea)
Basado en el libro: El mundo contemporáneo: Del siglo XIX al XXI
Libro de Ramón Villares y Ángel Bahamonde
Creado con NotebookLM -
Lista de reproducción de: HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA (Moderna)
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Lista de reproducción de: HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA (Contemporánea)
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Transcripción
A ver, cuando pensamos en el siglo XIX, ¿qué nos viene a la cabeza? Máquines de vapor, seguro, grandes imperios, revoluciones. Pero es que bajo toda esa superficie de acero y de vapor se estaba librando una batalla mucho más profunda, una lucha nada menos que por el arma moderna. Y esa tensión, ese choque de ideas es lo que de verdad acabó forjando el mundo en el que hoy vivimos. Para que nos hagamos una idea de esa lucha, solo hay que mirar los dos polos que definieron el siglo. En una esquina, por así decirlo, teníamos el sentimiento, la intuición, el espíritu, la mirada nostálgica al pasado, el individuo como centro de todo. Y en la otra esquina la razón, la observación, la prueba empírica, una fe ciega en el futuro y en el sistema. El choque entre estas dos maneras de ver el mundo, esa es la clave de todo lo que pasó después. Venga, pues vamos a meternos de lleno en el primer bando de esta batalla. Hablemos de la rebelión del sentimiento. O dicho de otro modo de cómo el romanticismo se atrevió a desafiar un mundo que empezaba a funcionar al ritma del tic tac, de los relojes y del humo de las fábricas. El romanticismo, en el fondo, fue una reacción vceral contra la fría lógica de la Ilustración. Su mensaje era muy claro. Oye, que la verdad no se encuentra solo en un laboratorio o en una ecuación. La verdad también está en la emoción, en la libertad del individuo y en esa voz interior que a veces llamamos intuición. Y en el corazón de esta rebelión había, digamos, tres ideas clave. Primero, el culto al yo, o sea, la celebración del genio rebelde, del artista que busca la libertad por encima de todo. Segundo, una nostalgia tremenda por el pasado, idealizando la Edad Media como si fuera una época de pura fe y autenticidad. Y por último, una fascinación por la naturaleza salvaje que veían como un espejo del alma humana con sus tormentas y su calma. Pero ojo que esta exaltación del espíritu no se quedó en los poemas y en los cuadros, eh, se coló de lleno en la política. De hecho, fue la fuerza que ayudó a crear las identidades nacionales modernas, dándole a los pueblos nuevos mitos, nuevas epopellas y, sobre todo, un sentido de destino común. Pero claro, como suele pasar, todo péndulo acaba volviendo y en la segunda mitad del siglo, vaya si volvió. Se movió de forma radical hacia el otro extremo. Apareció una nueva fe, casi una nueva religión, la ciencia. Es la era del positivismo y de una confianza casi ciega en la idea de progreso. Y es que el cambio fue rapidísimo. Si la primera mitad del siglo fue la era del romanticismo, en torno a 1850 algo hace clic. El pensamiento científico toma el relevo, un cambio que se consolida del todo en 1859, cuando Darwin publica El origen de las especies y que nos mete de cabeza en la era del positivismo. Y bueno, ¿qué era exactamente esto del positivismo? Pues su gran ideólogo, August Comptía clarísimo. El único conocimiento que vale es el científico. O sea, si algo no se puede observar, medir y demostrar, pues simplemente no es conocimiento real. Todo lo demás son cuentos, especulaciones. De hecho, para Comte esto no era una opinión, era casi una ley de la historia. Él creía que la humanidad evolucionaba a través de tres fases inevitables. Primero, la etapa teológica, cuando creíamos en dioses. Luego, la metafísica con sus ideas abstractas sobre el ser y la nada. Y por fin, la etapa positiva, la cima de la historia, el momento en que la ciencia reinaría para siempre. La clave de todo esto es que el progreso se convirtió en el dogma central y la ciencia en la nueva religión de la época. Se desató un optimismo brutal, la creencia de que no había problema humano desde el hambre hasta la guerra que la ciencia no pudiera solucionar tarde o temprano. Pero ya se sabe, toda luz proyecta una sombra y esta fe ciega en la ciencia tenía un reflejo muy oscuro, un momento en el que la teoría se retorció para justificar el poder y la dominación. En el epicentro de esta nueva era, en 1859, un libro lo cambió absolutamente todo. Charles Darwin publica El origen de las especies. Fue un auténtico terremoto intelectual, revolucionó la biología y de paso hizo saltar por los aires la visión tradicional que teníamos de nuestro propio lugar en el mundo. La promesa era increíblemente seductora y muy clara. La ciencia iba a ser nuestra salvación. nos iba a liberar de la superstición, a curar las enfermedades, a terminar con la pobreza. Era, sin ninguna duda, la gran esperanza de la humanidad. Pero, ¿y si esa misma herramienta de liberación se pudiera usar para crear nuevas y terribles formas de opresión? Y aquí es donde la cosa se tuerce. La respuesta es el darwinismo social. Y es fundamental entender esto. Fue una aplicación errónea, perversa, de la teoría de Darwin. Se cogió la idea de la supervivencia del más apto y se aplicó a la sociedad para justificar la desigualdad, el imperialismo y las jerarquías raciales, presentándolas no como una injusticia, sino como el resultado natural e inevitable de la evolución. Y así llegamos al legado final del siglo, un legado lleno de contradicciones, de luces y de sombras que nació de ese choque brutal entre el sentimiento y la razón. Por un lado, las luces del progreso eran alucinantes, eh, ciudades enteras que salían de la oscuridad gracias a la electricidad, vacunas que derrotaban plagas que llevaban siglos matando gente. El mundo se hizo más pequeño con las comunicaciones globales y el motor de combustión estaba ahí, a puntito de cambiarlo todo para siempre. Pero es que las sombras eran igual de profundas. El sentimiento romántico no se fue. Mutó en nacionalismos agresivos y expansionistas. El avance científico no solo creó vacunas, también alimentó una carrera armamentística como nunca se había visto. Y la creencia en razas superiores, con una supuesta base científica, se convirtió en la excusa perfecta para la expansión colonial. Así que el siglo terminó en el filo de una navaja. Nos dejó una sociedad con un poder tecnológico casi divino, pero que a la vez estaba impulsada por pasiones irracionales muy profundas. Era la combinación más explosiva que se pueda imaginar, lista para estallar en las trincheras del siglo XX. Y por eso la pregunta que nos legó el siglo XIX sigue resonando hoy, quizá con más fuerza que nunca. ¿En qué momento la fe ciega en el progreso cruza esa línea invisible y se convierte, sin que nos demos cuenta, en un camino directo hacia la destrucción?