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HISTORIA DE LA FILOSOFÍA MEDIEVAL Y RENACENTISTA I
07 San Alberto Magno
Historia de la Filosofía Medieval y Renacentista I - Grado de Filosofía - 2º año UNED
Creado con Notebook LM
Transcripción
Hoy nos adentramos en la vida de un auténtico gigante intelectual del siglo XI, un hombre con un conocimiento tan pero tan amplio que le pusieron un apodo que lo dice todo. San Alberto Magno, el doctor Universalis, o sea, el doctor universal. Pero, a ver, ¿qué significa eso exactamente? ¿Qué hay que hacer para que te llamen doctor universal? O sea, un maestro de todo. Pues esa es justo la pregunta que vamos a intentar responder. Vamos a meternos de lleno en la mente de este titán medieval para pillar la verdadera dimensión de su obra. Vale, pero antes de meternos en faena con sus ideas, vamos a ponerlo en contexto, ¿no? A ver, Alberto nace a finales del siglo XI y, bueno, no paró quieto en toda su vida, se hace dominico, llega a ser maestro en la mismísima universidad de París, que ahí es nada. Y es allí donde conoce a su alumno más famoso, Tomás de Aquino. Luego funda un centro de estudios en colonia A y hasta fue arzobispo durante un par de años, aunque se ve que lo suyo, su verdadera pasión era enseñar y a eso se dedicó hasta el final. Esta es la ruta que vamos a seguir. Primero vamos a ver qué es eso de ser doctor universal. Luego nos enfrentaremos al gran reto de su tiempo, Aristóteles. Veremos cómo mezcló razón y fe para hablar de Dios. Echaremos un vistazo a su relación con Tomás de Aquino y para terminar veremos qué nos ha dejado, cuál es su legado. Venga, al lío. ¿Por qué lo de Universal? Pues muy sencillo, porque es que a este hombre le interesaba todo. O sea, su curiosidad no tenía fin. Le daba igual la metafísica que las mates, pero sobre todo le flipaba lo que hoy llamaríamos ciencias naturales. Desde estudiar por qué los peces nadan como nadan hasta el porqué de los sueños, absolutamente todo. Y aquí está la clave de su genialidad, su método. Alberto no iba de saberlo todo. Al revés, reconocía que para cada tema hay un experto. Él lo decía claro. Hablamos de fe, San Agustín, de medicina, Galeno o Hipócrates. Y para entender cómo funciona el mundo natural, ahí el jefe era Aristóteles. Ojo que esta idea de separar los campos del saber en su época era algo totalmente rompedor. Y esto nos lleva directamente al meollo del asunto, al gran marrón intelectual del siglo XI. De repente, a través de traducciones del árabe, llega a Europa la obra completa de Aristóteles. Boom, un filósofo pagano. Y esto fue un chock, un terremoto. ¿Por qué? Porque Aristóteles te ofrecía una explicación del universo de la A la Z, superlógica, superracional, que en principio no necesitaba a un Dios creador por ningún lado. Esta comparativa lo deja clarísimo. Para Aristóteles, el universo es eterno, o sea, siempre ha estado ahí, nadie lo ha creado. En cambio, para la fe católica, Dios lo crea de la nada. Para Aristóteles, la divinidad es algo que está dentro del cosmos, mientras que Dios es un creador que está fuera, es trascendente. Y el alma para Aristóteles no era algo personal e inmortal como en el cristianismo. Vamos, que era un choque de trenes en toda regla, un desafío directo a los cimientos de la fe. Entonces, ¿qué pasó? Pues aquí es donde Alberto se la juega. Mientras que muchos veían a Aristóteles como el enemigo, como una amenaza que había que prohibir, Alberto dijo, "Un momento." Él vio una oportunidad. En vez de rechazarlo, se arremangó y se puso a estudiarlo a fondo, a comentarlo, a desmenuzarlo, a entenderlo. Se convirtió ni más ni menos que en el gran puente que conectó todo ese saber antiguo con su mundo. Claro, esto nos mete de cabeza en la teología. A ver, si Alberto se toma tan en serio Aristóteles y su razón, ¿cómo casa eso con la fe? ¿Cómo podemos llegar a conocer a Dios? Es aquí donde su pensamiento se pone realmente interesante y profundo. Bueno, pues Aberto utiliza una herramienta muy potente, la llamada teología apofática. Suena complicado, pero la idea es bastante intuitiva. También se le llama la vía negativa. La cosa es que la esencia de Dios es tan tan grande, tan por encima de nuestra capacidad de entender que es más fácil y más honesto decir lo que Dios no es que intentar definir lo que sí es. Es una forma de reconocer que nuestra razón tiene un límite cuando se enfrenta a lo infinito. Su camino hacia Dios, por así decirlo, tiene dos etapas. Primera etapa, la razón, la lógica pura y dura. Miramos el mundo, vemos que todo tiene una causa y llegamos a la conclusión de que un universo sin una causa primera es un sin sentido. Es absurdo. Hasta aquí llega la razón. Pero, y esta es la segunda etapa, la razón se queda corta. Para conocer a Dios por dentro, para entender cosas como la trinidad, necesitamos algo más. La revelación, la fe, cada cosa en su sitio. Y ahora llegamos a una de las relaciones maestro discípulo más famosas de la historia, Alberto Magno y Tomás de Aquino. 7 años juntos. Cualquiera pensaría que el alumno sería un calco del maestro, ¿verdad? Pues nada más lejos de la realidad. La cosa es mucho más interesante. Sus filosofías están conectadas, claro, pero son sistemas distintos. A ver, por supuesto que comparten una base muy sólida. Hay un montón de ideas fundamentales en las que estaban de acuerdo. Por ejemplo, ambos distinguen entre la esencia de algo, lo que es y su existencia, el hecho de que es o la idea de que la materia es como arcilla, esperando una forma y que cada cosa tiene una única forma que la hace ser lo que es. Está claro que aquí no aprendió muchísimo de su maestro. partió de Baí, pero y este es un pero muy grande, las diferencias son superimportantes. Demuestran que Aquino no era un simple repetidor. Por ejemplo, para Alberto era impensable que un mundo creado pudiera ser eterno. Para Tomás, en cambio, filosóficamente, era posible. También tenían ideas distintas sobre los ángeles o sobre cómo se desarrolla un embrión. Y quizá la diferencia más gorda está en el concepto de existencia, el S. Para Alberto era casi un añadido, algo accidental. Para Tomás no. era el acto fundamental que hace que algo sea real. El alumno, está claro, voló por su cuenta. Y con esto vamos terminando. ¿Con qué nos quedamos de Alberto Magno? ¿Cuál es su gran legado? Pues si tuviéramos que usar una sola imagen, una metáfora, sería esta. Alberto fue el gran arquitecto, el que dibujó los planos y preparó el terreno para todo el edificio de la filosofía que se construyó en el siglo XI. Y para que nos hagamos una idea de la magnitud de su curro, atención a la cifra, escribió más de 38 volúmenes, 38 tomos de comentarios y análisis de toda la obra de Aristóteles. Es que es una burrada, una cantidad de trabajo intelectual que hoy nos parece casi imposible. Así que su gran mérito fue ese, todo ese mundo de la filosofía griega y árabe, que era un lío tremendo y un desafío enorme, y ponerle orden. Lo organizó, lo sistematizó y lo más importante, lo hizo entendible para la gente de su época. No fue un simple copia y pega. Creó el sistema, las herramientas intelectuales para poder pensar con todo ese material. Y esto nos deja con una pregunta final para reflexionar. Si Alberto fue el arquitecto el que diseñó los planos y puso los cimientos, ¿qué es entonces el edificio? La inmensa catedral filosófica que construyó su discípulo Tomás de Aquino sobre esos cimientos. Porque esa es la gran conclusión. El trabajo de Alberto no fue el punto final, sino el gran punto de partida, el comiento que lo hizo todo posible.