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HISTORIA DE LA FILOSOFÍA MEDIEVAL Y RENACENTISTA I
07 Una hoja verde: el problema de los universales
Historia de la Filosofía Medieval y Renacentista I - Grado de Filosofía - 2º año UNED
Creado con Notebook LM
Transcripción
A ver, todo empieza con algo que no podría ser más simple, una hoja. Sí, una hoja, pero ojo que esta hoja, que parece una cosa sin importancia, es en realidad la puerta de entrada a uno de los debates, uf, más profundos y que más han durado en toda la historia de la filosofía. Vamos a ver exactamente por qué. Vale, imaginemos la escena, ¿de acuerdo? Un maestro, una clase y pone una hoja encima de la mesa sin más. No hay nada más. es un objeto físico real ahí delante de un grupo de alumnos. Y se podría pensar, bueno, esto es el principio de una clase de biología, ¿no? Pues no, en realidad es el pistoletazo de salida a un viaje metafísico de los buenos. Claro, los alumnos empiezan a decir lo que ven y lo que dicen pues parece de cajón, ¿no? Son hechos sersencillos. Es verde, tiene forma ovalada, son, bueno, afirmaciones directas, proposiciones que simplemente describen el objeto. Hasta aquí todo parece de lo más normal, ¿verdad que sí? Y es justo aquí, justo en este momento donde un filósofo medieval, pensemos en alguien como Tomás de Daquino, le daría el botón de pausa, stop. Porque en esa simpleza, en esa cosa tan obvia, se esconde una pregunta monumental. A ver, ¿qué conexión real hay entre esas palabras que acabamos de decir la hoja es verde y la hoja en sí misma? O sea, esa cosa física, material, que está ahí sobre la mesa. Claro, esto nos lleva directos a la pregunta del millón, la que está detrás de todo esto. Porque, a ver, no basta con decir algo para que sea verdad, si no sería todo muy fácil. Entonces, ¿qué condiciones tienen que cumplirse para que una afirmación se pueda considerar de verdad verdadera? Bueno, pues la escuela atomista tenía una respuesta muy pero que muy estricta para esto. La verdad decían, "Es adecuati rey et intelectus." Sí, ya sé. Es una frase en latín que suena supercleja, pero en el fondo significa algo muy concreto. Quiere decir que tiene que haber como una adecuación, una correspondencia perfecta entre la cosa, el objeto en la realidad y el concepto que tenemos nosotros en la cabeza, en nuestro intelecto. Dicho así, parece fácil, ¿a que sí? Si lo que pienso encaja con lo que es, pues es verdad. Pero claro, estamos en filosofía y es justo aquí donde esa facilidad tan aparente empieza a hacer aguas, a desmoronarse y se abre un auténtico abismo filosófico en cuanto escarvamos solo un poquito. Vamos a desglosar el problema a ver si lo vemos claro. Por un lado, tenemos la afirmación, la hoja es verde. Eso existe en nuestra mente, es un conjunto de conceptos, es lenguaje. Y por otro lado está la hoja física ahí fuera en el mundo, que le va igual lo que pensemos. Entonces, la pregunta es, ¿cómo narices verificamos que una cosa se corresponde con la otra? ¿Cuál es el puente que une esos dos mundos? El de la mente y el de la realidad. Vale, para entender bien este lío, necesitamos dos conceptos clave. El primero, particular. ¿Qué es un particular? Pues es un objeto individual, concreto. No hablamos de una hoja en general, ¿no? No, hablamos de esta hoja, la específica, la que está ahí mismo, sobre la mesa. Y ahora viene el segundo concepto, el universal. Fíjate, cuando decimos verde o hoja, no nos referimos solo a este objeto, nos referimos a un concepto general, una idea que se puede aplicar a millones de hojas y a un sinfín de cosas verdes. Y aquí, aquí está el quid de la cuestión. Usamos conceptos universales, que son ideas en nuestra mente para hablar de cosas particulares que son objetos en el mundo. Pues esta tensión, este choque entre lo particular y lo universal fue lo que desató uno de los debates más bestias de toda la Edad Media. Puso frente a frente a dos grandes corrientes de pensamiento que se preguntaban nada más y nada menos sobre la naturaleza misma de la realidad. A ver, vamos a ver las dos posturas. Por un lado, los tomistas, los que llamamos realistas. Para ellos, la cualidad verde es algo real, algo que de verdad existe en la hoja. Nuestro intelecto, a través de un proceso que llaman abstracción, es capaz de capturar esa cualidad, pero luego llegan los nominalistas y, pum, le dan la vuelta a la tortilla. Para ellos, verde no es más que un nombre, una etiqueta, una convención del lenguaje que usamos para agrupar cosas que se parecen. Lo único que es real de verdad es esa hoja particular. El verdor es solo una palabra. Y por si fuera poco, para complicarlo todo todavía más, que una frase esté bien construida no garantiza que sea verdad. Imagina que un alumno dice, "La hoja es de un roble." La frase es perfecta, gramaticalmente es impecable, lógicamente válida. Pero, ¿y si la hoja es de un castaño? Pues que la afirmación es sencillamente falsa. Y punto. Y con esto volvemos a asomarnos a ese abismo filosófico. Pensemos un segundo. Si todo lo que decimos sobre el mundo depende de nuestros conceptos, de nuestros universales, de nuestras palabras, ¿qué garantía tenemos de que todo ese castillo mental que hemos construido se corresponde con la realidad? ¿Cómo podemos estar seguros de que no estamos en realidad atrapados en una especie de burbuja de lenguaje que ni siquiera llega a tocar el mundo real? Esta simple preguntita tiene un efecto dominó brutal que sacude los mismísimos cimientos de todo lo que llamamos conocimiento. Vamos a pensar otra vez en esa frase. La hoja es verde. Qué cosa más inocente, ¿no? Más cotidiana. Parece que no hay nada más simple en el mundo. Y sin embargo, esa afirmación tan tonta es una auténtica bomba de relojería filosófica a punto de estallar. Porque claro, para poder justificar esa frase tan sencilla, de repente nos vemos obligados a tener toda una teoría sobre, a ver, ¿qué son los conceptos universales? ¿Qué es la verdad? ¿Cómo funciona nuestra mente para abstraer información de la realidad? ¿Cómo se conectan esa mente y ese mundo? E incluso, fíjate, cuál es la relación entre lo que una cosa es en su esencia y las cualidades que tiene. O sea, que en el fondo esa afirmación no es solo una frase, es la llave. La llave que abre la puerta a todo el edificio del conocimiento humano, al menos tal y como lo entendían los escolásticos. Y lo más fuerte es que cada ladrillo de ese enorme edificio depende al final de que seamos capaces de resolver el pequeño puzle de la hoja verde. Así que terminamos con una pregunta que, como se ve, va mucho más allá de la filosofía medieval. Si ese puente que conecta nuestro lenguaje con el mundo es tan frágil como parece, si no podemos estar 100% seguros de que nuestros conceptos encajan con la realidad, entonces, ¿qué podemos decir que sabemos con absoluta certeza? Es una duda que resuena hoy con más fuerza que nunca y que afecta a todo. Desde cómo entrenamos a una inteligencia artificial para que entienda el mundo hasta la pregunta más básica de todas. ¿Cómo nos entendemos a nosotros mismos? M.