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HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA (Contemporánea)
08 │ Colonialismo e imperialismo
HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA
(Sección Contemporánea)
Basado en el libro: El mundo contemporáneo: Del siglo XIX al XXI
Libro de Ramón Villares y Ángel Bahamonde
Creado con NotebookLM -
Lista de reproducción de: HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA (Moderna)
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Lista de reproducción de: HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA (Contemporánea)
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Transcripción
Bueno, pues vamos a meternos de lleno en uno de los periodos, la verdad, más frenéticos de la historia moderna. Pensemos un momento. Finales del siglo XIX. En lo que dura una vida, prácticamente, un club muy selecto de potencia se repartió el mundo entero. Y ojo que no fue una expansión lenta y gradual, que va, fue una carrera voraz, una locura que cambió el mapa del planeta para siempre. Y claro, la pregunta del millón es, ¿cómo fue posible? ¿Qué pasó para que todo ocurriera tan deprisa? O sea, ¿qué desató esa velocidad, esa escala que no se había visto nunca antes? Porque entender esto de verdad es que es fundamental para comprender muchísimos de los conflictos y las dinámicas del siglo XX y, ¿por qué no decirlo? A ver, es que lo primero que hay que tener clarísimo es que esto no era el colonialismo de siempre. O sea, nada que ver con lo que habían hecho España o Portugal siglos atrás. Esto era otra cosa, algo, bueno, algo completamente nuevo. Los historiadores lo llaman imperialismo y es que fue una fase mucho más rápida, más agresiva, más total, lo cambió absolutamente todo. Y si buscamos una definición un poco más formal, pues podríamos decir, basándonos en el análisis de historiadores como Ramón Villares y Ángel Bajamonde, que el imperialismo fue como la tormenta perfecta. Fue la consecuencia de juntar dos fuerzas brutales de la época. Por un lado, el capitalismo industrial, que necesitaba crecer o morir, y por otro, el nacionalismo, ese orgullo patrio que se volvió supercpetitivo y agresivo. Todo esto explota literalmente entre 1870 y 1914, justo antes de la Gran Berra. Vale, entonces, ¿cuál fue el motor de todo esto? ¿Qué fue exactamente lo que empujó a estas naciones a lanzarse una conquista global tan desesperada? Pues mirad, podemos verlo como un taburete de tres patas. Tres grandes motores que además se alimentaban entre sí. La primera pata, la económica, la pasta. Necesitaban materias primas y mercados. La segunda, la política, el poder. Era una lucha por el prestigio y la estrategia. Y la tercera, la ideológica, la excusa, la famosa misión civilizadora, que lo justificaba todo. Vamos con la economía, que era un hambre insaciable. La segunda revolución industrial estaba a tope y necesitaba cosas que en Europa simplemente no había. Hablamos del caucho del Congo para hacer neumáticos, del cobre, de los diamantes, de todo. Y no solo eso, es que las fábricas producían tanto, tantísimo, que no podían venderlo todo en casa. Así que, ¿qué necesitaban? Pues mercados exclusivos, colonias donde vender sus productos sin que nadie les hiciera la competencia y, por supuesto, lugares donde colocar todo el dinero que estaban ganando. Y aquí es donde la política y la economía se da en la mano, porque tener un imperio no era solo un negocio, era una cuestión de ego nacional. Tener colonias era el símbolo de estatus definitivo. Te convertía en una gran potencia. Además, era vital para controlar puntos estratégicos del mapa como el canal de Suez. En la mentalidad de la época era simple. Si querías ser alguien en el mundo, necesitabas un imperio. Y ahora viene la parte quizá más oscura, la justificación ideológica. Es que es fascinante y terrible a la vez. Se retorcieron las ideas de Darwin para crear esto del darwinismo social, una narrativa de pura superioridad racial. La idea que vendían era que no estaban conquistando, no, no estaban civilizando. Llevaban el progreso, la religión correcta, la medicina a pueblos que consideraban atrasados. Esta famosa carga del hombre blanco fue en realidad la coartada moral perfecta para una dominación que de moral tenía poco. Y si hay un lugar donde toda esta locura imperial se ve de forma cristalina, ese es África. se convirtió en el gran pastel a repartir, el epicentro de la competición, el tablero de juego donde las grandes potencias se lo jugaron todo, su prestigio y su futuro. Es que la frase lo clava, repartido con regla y lápiz, porque fue literalmente así. En unos pocos años, el continente entero fue troceado en despachos de Berlín, Londres o París. Se sentaron con un mapa, una regla y un lápiz y empezaron a trazar líneas rectas. líneas rectas, sin tener ni la más remota idea, ni importarles lo más mínimo, las etnias, las culturas o los reinos que llevaban allí siglos. El momento clave, el pistoletazo de salida, fue la conferencia de Berlín. La cosa se estaba poniendo tan fea que Bismarck, el canciller alemán, dijo, "A ver, señores, o ponemos unas reglas o acabamos a tiros entre nosotros aquí en África." Y la regla de oro que salió de allí fue la de la ocupación efectiva. ¿Qué significaba? Pues que el papelito no valía. Si querías un trozo de África, tenías que ir allí, ocuparlo de verdad con soldados y funcionarios y demostrar que lo controlabas. El resultado, pues imagínense una carrera loca, una auténtica estampida hacia el interior del continente para plantar banderas antes que el vecino. Y en esa carrera, claro, había dos proyectos gigantescos que iban a chocar sí o sí. Por un lado, Gran Bretaña, que soñaba con crear un corredor británico de norte a sur, desde el Cairo hasta Ciudad del Cabo, una línea vertical. Y por otro, Francia, que quería lo mismo, pero en horizontal, de este a oeste, desde Senegal hasta Yibuti. Eran dos sueños incompatibles, dos líneas en un mapa destinadas a cruzarse. Y se cruzaron, claro que sí, en un lugar llamado Fachoda en 1898. Por poco no está una guerra entre ellos. Pero ojo que esta fiebre por los imperios no fue solo cosa de Europa ni se quedó solo en África. El juego se hizo global y de repente aparecieron nuevos jugadores en el tablero. Y de repente, a finales de siglo, boom, irrumpen dos potencias que no eran europeas y lo cambian todo. Por un lado, Japón, un país que había estado prácticamente aislado. Se moderniza una velocidad de vértigo y se convierte en una potencia industrial que empieza a mirar a sus vecinos, a Corea y a Manchuria con muchísimas ganas. Y al otro lado del planeta, Estados Unidos, que después de ganarle la guerra a España en el 98, se queda con Filipinas, con Puerto Rico y empieza a proyectar su poder por todo el Pacífico y a consolidar su dominio, sobre todo económico, en América Latina. El club ya no era solo europeo. Claro que no todos jugaban de la misma manera. Cada imperio tenía su propio estilo, su propio manual de instrucciones. Por ejemplo, los británicos en la India, que era su joya de la corona, ejercían un dominio muy directo. Los franceses, en cambio, eran más de intentar asimilar a las élites de sus colonias africanas. Luego tenías a Estados Unidos, que prefería un control más sutil, más económico, sobre todo en el Caribe. Y Japón, pues, aplicó un modelo de colonización de manual de los de toda la vida en Corea, cada uno a su manera. Y después de la fiesta del reparto, claro, llegó la resaca. Toda esta reorganización del mundo a la fuerza dejó una herencia y bueno, una herencia complicadísima que está en la raíz de muchísimos de los conflictos que vinieron después. El legado fue, por supuesto, una moneda con dos caras muy muy distintas. Para las colonias, ¿qué significó? pues el saqueo de sus recursos, la imposición de esas fronteras con regla que todavía hoy causan guerras y la creación de economías diseñadas para depender de la metrópoli. Y para Europa, pues por un lado una época de prosperidad y optimismo aparente, la famosa Beppo por debajo esa misma competición imperial estaba alimentando una carrera armamentística brutal y unas tensiones que al final explotaron en la Primera Guerra Mundial. Así que si tenemos que quedarnos con una idea es esta. El imperialismo terminó de conectar el mundo entero. Sí, creó un sistema global, pero lo construyó sobre unos cimientos de dominación y de una desigualdad brutal. Y las cicatrices de esa estructura, de ese mundo asimétrico, son las que marcaron a fuego los grandes conflictos de todo el siglo XX, desde las guerras de descolonización hasta las tensiones que aún existen entre el norte y el sur. Y acabamos con una pregunta, una pregunta que se queda en el aire. Cuando hoy vemos noticias sobre conflictos por recursos, fronteras que no tienen ningún sentido en África o esa brecha económica que no se cierra entre países ricos y pobres, ¿hasta qué punto no estaremos escuchando en realidad los ecos de aquel reparto del mundo? Un reparto que se hizo con regla y lápiz hace ya más de un siglo.