← Volver al buscador
ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA II
08 │ EL SER HUMANO COMO PERSONA │ Versión simplificada
A modo de ubicación en la temática de Antropología Filosófica II
2º año UNED
Basado en el libro:
Antropología filosófica II. Vida humana, persona y cultura
Autor: San Martín Sala, Javier
Creado con NotebookLM -
Lista de reproducción ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA II
https://www.youtube.com/playlist?list=PLwC-RDH8ScOGJFDlT5QONRwY0W_TT2H6Q
Transcripción
¿Qué significa realmente ser una persona? Parece una pregunta simple, ¿verdad? Pues en este análisis vamos a meternos de lleno en esta idea, una idea que damos por sentada, pero que como veremos esconde una historia y una complejidad absolutamente fascinantes. A ver, a primera vista la respuesta parece de cajón, pero ojo que la idea de persona no es algo que encontremos en la naturaleza, no es un hecho biológico sin más, es un concepto, una construcción y su historia es de verdad mucho más compleja y sorprendente de lo que parece. Vamos a explorarla. Y para empezar a entenderlo, tenemos que viajar un poco en el tiempo, porque en sus orígenes ser una persona no tenía absolutamente nada que ver con nuestro mundo interior, con lo que pensamos o sentimos. Era una idea cultural y una que ha cambiado de forma, bueno, espectacular. Fijaos en este recorrido. El antropólogo Marcel Maus lo explicó de maravilla. El viaje empieza en la antigüedad, donde persona era literalmente la máscara que se usaba en el teatro. Luego en la época romana evoluciona para ser el personaje, el rol social que cada uno interpretaba. Damos un salto a la modernidad y ya sí empezamos a hablar del individuo, de alguien con una vida interior única. Y hoy hoy entendemos a la persona como un ser sagrado, con un valor moral y casi metafísico. Vaya viaje, ¿eh? De una máscara de teatro a lo más profundo de nuestro ser. Claro, todo este camino que hemos visto nos deja con una pregunta que es, bueno, ¿es la madre del cordero? Ser persona es algo que somos por naturaleza, una verdad inherente a nosotros o es más bien una etiqueta, una categoría que la sociedad nos concede. Vale, si la historia nos demuestra que el concepto va cambiando, ¿cómo podemos encontrar una base más sólida? Pues aquí es donde entra en juego la filosofía que busca ir a la raíz del asunto. ¿Cuál es la esencia real de ser una persona más allá de las convenciones sociales? Pues desde la filosofía la clave parece estar en algo muy específico, la conciencia reflexiva. ¿Y esto qué es? Pues no se trata solo de ser consciente de lo que te rodea, de ver o escuchar. Es la increíble capacidad de ser consciente de que eres consciente, de poder pensar sobre tus propios pensamientos. Ahí está el núcleo de la cuestión. Y esto nos lleva a una distinción que es crucial. Hay que separar dos ideas. Una cosa es ser persona, que es, digamos, la realidad de fondo. El hecho de que existe como un yo. Y otra cosa muy diferente es tener una personalidad, que es todo ese conjunto de rasgos, gustos y manías que vamos construyendo con el tiempo. No es lo mismo el ser que el cómo somos. El filósofo Xavier Zubiri lo expresó a la perfección. La clave no es simplemente tener inteligencia o tener voluntad. El punto fundamental es que esa inteligencia y esa voluntad son mías. Ese profundo sentido de pertenencia de que mi consciencia es mi propiedad es lo que hace que cada persona sea única e irreemplazable. Y claro, si cada persona es única, si es insustituible, eso nos abre la puerta a un concepto que es todavía más potente y que está totalmente ligado a esto, la dignidad humana. Pero, ¿qué es la dignidad exactamente? Mucho cuidado aquí, porque no es solo un sentimiento interno, algo que uno tiene y ya está. Es un proceso social, un juego de reconocimientos mutuos. Fijaos en los pasos. Alguien tiene un valor, los demás tienen que reconocerlo. A partir de ahí se le concede dignidad, lo que implica un derecho a ser tratado de cierta manera. Y si ese trato falla, ahí es cuando se produce una ofensa a la dignidad. Es una cosa de dos, como mínimo. ¿Y esta dignidad, ¿de dónde sale? pues está anclada nuestra identidad y la identidad a su vez podemos decir que se sostiene sobre tres grandes pilares. El pilar cognitivo, lo que pensamos que somos. El afectivo, cómo nos sentimos con nosotros mismos, la autoestima y el práctico, lo que hacemos, nuestras acciones y nuestros proyectos de vida. Así que, en resumen, la dignidad es en el fondo una exigencia. Es la demanda de que los demás nos traten de un modo que esté a la altura del valor que nos damos a nosotros mismos. es el reconocimiento mutuo de que somos autónomos, de que somos, en definitiva, los autores de nuestra propia historia. Pero claro, ¿qué pasa cuando ese reconocimiento se niega? ¿Qué ocurre cuando una persona se la trata como si fuera algo menos que una persona? Pues entramos en un terreno muy oscuro. El término filosófico para esto es cosificación. Y la palabra lo dice todo, ¿verdad? es el acto de tratar a un ser humano como a una cosa, como a un objeto, quitándole su autonomía, su voz, su carácter personal. Es el núcleo mismo de lo que llamamos alienación. Y es super importante no confundir la cosificación con la objetivización. A ver, la objetivización puede ser algo bueno. Cuando trabajamos, cuando creamos cosas, estamos humanizando el mundo, dejando nuestra huella en él. Pero la cosificación es justo lo contrario. Es el acto negativo por el que nosotros somos tratados como una herramienta, como un recurso. Lo primero nos hace más humanos, lo segundo nos deshumaniza. Bueno, todo esto puede sonar un poco abstracto, muy filosófico, pero nada más lejos de la realidad. Estos conceptos son la base de algunos de los debates más importantes y a menudo más encendidos de nuestro tiempo. Por ejemplo, pensemos en el campo de la bioética. Preguntas sobre el principio de la vida nos fuerzan a definir de forma muy precisa cuándo empieza la condición de persona y por tanto cuándo empieza a aplicar el concepto de dignidad. No es un debate teórico, tiene implicaciones muy reales. Si lo enfocamos desde una perspectiva fenomenológica, una que se centra en la experiencia vivida, la dignidad no es solo una cuestión de tener ADN humano, requiere algo más, una vida consciente, un yo que tiene experiencias y que fundamentalmente puede ser reconocido por otros como un igual, como otro autor de su propia vida. Y todo esto nos deja con una pregunta final, una pregunta que es un verdadero desafío. Nuestra sociedad defiende la dignidad por todas partes, está en las leyes, en los discursos. Pero si somos honestos, ¿con qué frecuencia sentimos que se nos trata realmente como a personas y no como a cosas, como a números en una estadística o herramientas para un fin? Ahí queda la reflexión.