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HISTORIA DE LA FILOSOFÍA MEDIEVAL Y RENACENTISTA I
08 Filosofía medieval escrita por mujeres | El pensamiento y la obra de Hildegarda de Bingen
Historia de la Filosofía Medieval y Renacentista I - Grado de Filosofía - 2º año UNED
Creado con Notebook LM
Transcripción
Estamos en pleno siglo XI. Imaginaos un mundo intelectual dominado por hombres por la lógica de las universidades. Y de repente, en ese escenario, una mujer se convierte en una de las mentes más potentes de toda Europa. Pero ojo, no lo hace desde un aula, sino desde un monasterio. Hoy vamos a meternos de lleno en el pensamiento de Ildegarda de Vingen, una mujer que fue compositora, científica, profeta y sobre todo una filósofa absolutamente revolucionaria. Claro. Y aquí viene la gran pregunta, la que lo pone todo en perspectiva. Pero, ¿cómo lo hizo? O sea, ¿cómo es posible que una monja sin ningún tipo de formación universitaria oficial en un mundo que, vamos, silenciaba activamente a las mujeres, cómo consiguió, no ya que la escucharan, sino llegar a aconsejar a papas y emperadores? Es que es increíble. Bueno, pues su historia es la de una estrategia sencillamente brillante. Venga, pues vamos a empezar por el principio. Para entender lo gigante que fue Illegarda, primero tenemos que entender el mundo al que ella, bueno, al que no pertenecía. Era, digámoslo así, una completa outsider del sistema. Mirad, es que el contraste es brutal. Por un lado, tenemos la filosofía oficial, la escolástica. Esto era básicamente un club de hombres encerrados en la universidad con sus debates superformales, sus tochos de libros llamados Sumae y una obsesión casi enfermiza por comentar Aristóteles. Y ahora al otro lado, el mundo de Gildegarda, un monasterio benedictino, un lugar donde el pensamiento no salía de la lógica pura, sino de visiones proféticas, de la música, de las cartas que escribía, incluso de la medicina natural. Eran de verdad dos mundos, dos galaxias intelectuales que ni se rozaban. Vale, entonces la pregunta es obvia. Si no tenía un título universitario, si no tenía ese respaldo oficial, ¿de dónde sacaba ella la autoridad? ¿Con qué derecho se ponía a hablar de teología, del cosmos o de ética? Pues aquí es donde entra en juego su jugada maestra, una auténtica genialidad, el género visionario. Es que ella nunca dice algo como, "Bueno, en mi opinión o yo creo que para nada su argumento es muchísimo más potente y la verdad prácticamente irrebatible." Ella dice, "Recibí un mandato divino. Se me ordenó escribir lo que vi." Fijaos bien en esto, porque no es una frase sin más, es la clave, la piedra angular sobre la que se levanta todo su pensamiento. La estrategia es que es es de la inteligencia brutal. Vamos a verla paso a paso. Primero, el mandato divino. Ella no busca las visiones de esa luz viva. No, es algo que se le impone, que la desborda. [resoplido] Segundo, usa la obediencia como un escudo. Al decir, "Yo solo transcribo lo que Dios me dice, ¿quién la va a acusar de soberbia, de ambición?" Nadie. desarma sus críticos antes de que hablen. Y tercero, y esto es lo más alucinante, con este movimiento se construye una plataforma, un espacio legítimo desde el que una mujer por fin puede enseñar. Pensemos que en esa época las mujeres tenían prohibido predicar, pues ella encontró el único resquicio posible. No hablo yo, es que habla Dios a través de mí. Simplemente genial. Muy bien, ya hemos visto cómo consiguió tener una voz. Ahora vamos a lo interesante. ¿Qué es lo que tenía que decir? Y para entender su mensaje, tenemos que hablar de uno de los conceptos más bonitos y originales de toda la Edad Media. Una palabra clave, biridíitas. Ojo que viriditas es una palabra que se inventó ella misma. Eh, si la traducimos literal sería algo como verdor, pero uf, se queda cortísimo. Para Gildegarda la viriditas es mucho más. Es la fuerza vital de Dios. Es como la savia divina que corre por todo lo que existe, por cada planta, por cada animal, por cada alma humana. Es lo que hace que todo esté vivo, que sea fértil, que esté fresco. Podríamos decir que es como la firma luminosa de Dios en el mundo. Y que nadie piense que esto es solo una cosa de plantas y ecología. Eh, qué va. El alcance de la viriditas es total. Es la fertilidad de la tierra, por supuesto, pero también es la vitalidad del alma, la salud del cuerto que crece e incluso, fijaos qué potente, la renovación espiritual que necesitaba la Iglesia. Una iglesia que, según ella estaba seca, sin vida. La viriditas es, en resumen, el pegamento que lo une todo, el principio que conecta absolutamente todo. Claro. Y esta idea de un universo vivo, vibrante, donde todo está conectado, pues la lleva de cabeza una visión alucinante sobre el ser humano. A ver, la idea de que el ser humano es un microcosmos, un pequeño universo, no es nueva, ya existía, pero la forma en que Gildegarda lo desarrolla es otra historia, con un detalle y una pasión increíbles. Para ella esto no era una simple metáfora, era literal. Pensaba que los fluidos de nuestro cuerpo son como los ríos, nuestros huesos como las rocas de la tierra, nuestro calor corporal como el fuego del sol. Somos literalmente un eco perfecto del cosmos. Y aquí, atención, porque llegamos a una de sus ideas más rompedoras, sobre todo pensando en la filosofía escrita por mujeres en esa época. Pensemos en el contexto. La Iglesia veía el cuerpo femenino como, pues eso, fuente de tentación, de debilidad, algo inferior. ¿Y qué hace Gil de Garda? le da la vuelta a la tortilla por completo. En su visión del mundo, el cuerpo de la mujer no es un problema, es un símbolo potentísimo de la fertilidad del universo, un lugar de creación, tanto física como espiritual, totalmente conectado a esa viriditas universal. Es una reivindicación brutal, pero cuidado, no nos quedemos con la idea de que su filosofía era solo para sentarse a contemplar la naturaleza, nada de eso. Para ella, la filosofía era un arma, un arma de crítica social y política. H deegarda, desde luego, no era de las que se callaban en el convento. La suya era una ética de acción, una ética que podemos llamar profética. Hacía mucho hincapié en la libertad humana, pero también en la responsabilidad personal. Y con esa autoridad moral que se había ganado, criticaba sin pelos en la lengua, la corrupción en la Iglesia y el abuso de poder de los nobles. Es que tenía una fuerza increíble. Le llegó a escribir cartas al mismísimo emperador Federico Barbarroja para, bueno, para cantarle las 40. Y no solo eso, papás, obispos, todo el mundo le pedía consejo. Era una auténtica fuerza política en la Europa de su tiempo. Bueno, y con todo esto sobre la mesa, llegamos a la gran conclusión, a lo más importante de su legado. Y es que Gildegarda de Vingen sencillamente nos obliga a repensar lo que entendemos por filosofía. Pensadlo un momento. Durante siglos, toda su obra se metió en el cajón del misticismo. Se la apartó. ¿Y por qué? Pues muy fácil, porque el canon oficial de la filosofía, el que se cocinó en las universidades, no tenía un hueco para ella, era imposible. Una mujer que tenía visiones, que no citaba Aristóteles cada dos por tres, que encima componía música y escribía de medicina, es que no encajaba en el molde, no entraba. Así que, ¿qué hicieron? Pues la sacaron del campo de juego, la excluyeron cambiando las reglas. Y esta tabla lo deja clarísimo. Lo que ella propone es un modelo alternativo en todos los sentidos. donde la filosofía oficial tenía la universidad, ella tenía el monasterio. Donde unos escribían tratados y comentarios, ella tenía visiones, himnos y cartas. Donde la autoridad era un título académico, la suya era la gracia carismática, la conexión divina. Y donde el método era el debate lógico, el suyo era la interpretación de las visiones. Ildegarda no es una simple anécdota en la historia del pensamiento, no. Es la prueba viviente de que había y hay otras formas de hacer filosofía. Y cerramos con esto porque la historia de Gildegarda al final nos deja con una pregunta en el aire, una pregunta que es un poco incómoda, la verdad. ¿A cuántas otras mentes brillantes hemos dejado por el camino? ¿A cuántos pensadores y sobre todo a cuántas pensadoras hemos ignorado o directamente silenciado a lo largo de los siglos? Simplemente porque su manera de pensar no cabía en esa cajita tan estrecha que hemos llamado filosofía. Ahí queda la reflexión.