← Volver al buscador
ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA I - PREGUNTAS DE EXAMEN

08 | La articulación positiva | Mismidad y proyecto

La articulación positiva | Mismidad y proyecto Desarrolla la propuesta de Javier San Martín para definir al ser humano mediante dos polos: la "alteridad" (lo que somos por biología, historia y sociedad, lo determinado) y la "mismidad" (la capacidad de asumir y trascender esas determinaciones en un proyecto de vida).

Transcripción

A ver, ¿qué somos en realidad? Por un lado, la ciencia nos dice que somos, pues eso, un conjunto de genes, de neuronas, de procesos biológicos, pero por otro lado todos sentimos que somos algo más, ¿no? Como un proyecto que está por construir. Bueno, pues justo de esa tensión, de ese choque entre los hechos científicos y el significado que buscamos es de lo que vamos a hablar hoy. Para desenredar este lío vamos a seguir una ruta bastante clara. Empezaremos viendo por qué la ciencia y la filosofía a veces parecen no llevarse muy bien. Luego presentaremos un concepto clave, la articulación positiva, que es lo que las une. Veremos cómo funciona esto en lo personal en cada uno de nosotros y también en lo colectivo, en la cultura. Y al final juntaremos todas las piezas. Venga, vamos directos al meollo de la cuestión. Imaginaos esto. Por un lado tienes a la ciencia que nos describe con una precisión increíble. Nos habla de genes, de cómo funciona el cerebro, de hechos puros y duros. Y por otro lado está la filosofía que nos lanza las grandes preguntas, ¿para qué estamos aquí? ¿Cuál es el sentido de todo esto? Y claro, a primera vista parece que estas dos formas de ver el mundo están en plena guerra. Y aquí está la gran pregunta, ¿no? Al ponernos bajo el microscopio, ¿no corremos el riesgo de que la ciencia nos disuelva? O sea, que nos reduzca una simple lista de datos, datos biológicos, psicológicos, sociales y que en el proceso se pierda eso, eso que nos hace ser quienes somos. Fijaos, es como si tuviéramos dos manuales de instrucciones diferentes. Las ciencias humanas son increíbles describiendo la maquinaria, el coche. Te dicen el qué somos y el cómo funcionamos, pieza por pieza. Pero claro, la antropología filosófica no se pregunta por el coche, se pregunta por el conductor, le interesa el quién va al volante y, sobre todo el para qué, a dónde vamos con este coche. Entonces, ¿qué hacemos? ¿Estamos condenados a elegir entre el manual del coche y el mapa de carreteras del conductor? Pues no. La solución es mucho más interesante. No se trata de que la filosofía le dé la espalda a la ciencia para nada. Se trata de algo llamado articulación positiva. Y la clave está en esa palabra articular, integrar, no competir. Y esto es fundamental entenderlo. No es una pelea. La filosofía no llega para decir lo que dice la ciencia está mal, todo lo contrario. Lo que hace es tomar todos esos hechos, todos esos datos que nos da la ciencia y los usa como si fueran los ladrillos, la materia prima. Y con esos ladrillos empieza a construir una visión mucho más completa, con más sentido de lo que significa ser humano. ¿Vale? ¿Y esto, ¿cómo funciona en la práctica? Vamos a ver el primer modo de esta articulación y este se enfoca en cada uno de nosotros, en el individuo, en cómo lidiamos con esos hechos que nos guste o no nos definen desde que nacemos. Mira, la ciencia es experta en describir lo que aquí llamamos alteridad. ¿Y qué es la alteridad? pues es todo aquello que nos viene dado. Lo que no elegimos es nuestro ADN, nuestros impulsos, la familia y el lugar donde nacemos son, por así decirlo, las cartas que nos tocan en la partida de la vida. Y hay que decirlo, a veces la ciencia nos ha dado unas cuantas bofetadas de humildad con esto de la alteridad. Darwin llegó y nos dijo, "Oye, que no sois el centro de la creación." Luego vino Freud y nos reveló que ni siquiera somos dueños de nuestra propia casa, de nuestra mente. La ciencia, en el fondo, nos recuerda constantemente que no somos tan libres como nos gusta pensar, que estamos condicionados. Pero ojo, aquí es donde entra la filosofía para darle la vuelta a la tortilla con un concepto brutal, la mismidad. Porque una cosa es estar condicionado y otra muy distinta es estar determinado. Y la mismaad es precisamente eso. Nuestra capacidad única de esas cartas que nos han tocado y decidir cómo vamos a jugar la mano es proyectarnos hacia un futuro que en parte sí podemos elegir. Así que, como veis, es un tandem perfecto. La ciencia nos ofrece el mapa detallado de nuestro punto de partida, de nuestra alteridad y la filosofía nos pone en la mano la brújula, que es nuestra mismidad. para que podamos trazar nuestra propia ruta y elegir un destino. Muy bien, ya hemos visto cómo funciona esto a nivel personal, en el yo. Ahora vamos a subir un escalón y a ver el segundo modo. Dejamos al individuo y nos vamos a lo colectivo, a las culturas y a todos esos universos de significado que la humanidad ha ido creando. Aquí entran en juego ciencias como la sociología o la antropología. Lo que hacen es fascinante. Actúan como una especie de enorme biblioteca de la humanidad. recopilan y nos describen la increíble variedad de formas en que las diferentes culturas han entendido la vida, el amor, la muerte, todo. Pero claro, al abrir esa inmensa biblioteca surge una pregunta bastante peleaguda. Si nos limitamos a describir todas esas formas de vida sin más, no caemos en el todo vale, en el relativismo puro y duro. O sea, ¿de verdad da igual una cultura que otra? Cualquier valor es tan respetable como cualquier otro sin importar las consecuencias. Pues aquí es donde la filosofía dice un momento, no se puede quedar solo en describir, hay que dar un paso más y ese paso es lo que se llama una apropiación hermenéutica crítica, un nombre un poco técnico, pero la idea es sencilla. La filosofía coge todo ese catálogo cultural que le da la ciencia y lo pasa por un filtro. Empieza a juzgar, a evaluar y se hace la pregunta del millón. De todo esto, ¿qué es lo que de verdad nos ayuda a florecer como seres humanos? La división de tareas, por tanto, es bastante clara. Paso uno, la ciencia desplega el menú, nos muestra el abanico de todas las posibilidades culturales que existen o han existido. Paso dos, la filosofía coge ese menú y nos ayuda a elegir, a valorar qué platos nos alimentan mejor, basándose en un ideal de lo que significa una vida humana plena. Y con esto llegamos al final, a la síntesis. Vamos a juntar ahora las dos piezas del puzzle, la parte individual y la colectiva, para tener la imagen completa de esta colaboración tan potente entre ciencia y filosofía. En resumen, la tarea de la antropología filosófica apoyada en la ciencia es doble. Por un lado, a nivel individual, nos ayuda a impulsar nuestra mismidad, nuestro proyecto por encima de la alteridad que nos condiciona. Y por otro, a nivel colectivo, se encarga de evaluar críticamente todos esos significados culturales que nos describe la ciencia para quedarnos con los que de verdad nos hacen mejores. Si tuviéramos que quedarnos con una sola idea, sería esta: el ser humano no es reducible a sus determinaciones. Da igual cuántos hechos, cuántos datos la ciencia siga descubriendo sobre nosotros. Siempre, siempre quedará ese espacio para la libertad, para el proyecto. Somos, en definitiva, mucho más que la simple suma de nuestras partes. Y así llegamos al final. La ciencia nos da el mapa de lo que somos. Es un mapa increíblemente detallado y útil, pero es la filosofía la que nos obliga a hacernos la pregunta fundamental. ¿Y ahora qué? Sabiendo todo lo que sabemos sobre nuestros condicionantes, la pelota sigue en nuestro tejado. La decisión sobre qué proyecto de vida construir y qué mundo queremos crear sigue siendo nuestra. La pregunta al final queda abierta para cada uno.