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HISTORIA DE LA FILOSOFÍA MEDIEVAL Y RENACENTISTA I

08 Tomás de Aquino Fe y Razón

Historia de la Filosofía Medieval y Renacentista I - Grado de Filosofía - 2º año UNED Creado con Notebook LM

Transcripción

A ver, hay gente que no solo vive en su época, sino que la define por completo. Tomás de aquí no fue uno de ellos, un pensador de talla monumental cuyas ideas no solo construyeron un puente entre la fe y la razón, sino que pusieron los cimientos de gran parte de nuestro pensamiento occidental. Así que vamos a meternos de lleno en su mundo. Ojo a esta cita. Esto no lo dice un fan, ¿eh? Lo dice Siger de Bravante, uno de sus mayores rivales intelectuales en París. Es que incluso los que se oponían a él se quedaban alucinados, perplejos ante la profundidad y la originalidad de su forma de pensar. Se daban cuenta de que este hombre estaba jugando en otra liga. Y aquí está la clave de todo, el porqué de este análisis. Intentar entender cómo una sola persona en medio de una crisis de ideas brutal fue capaz de crear una síntesis tan potente que, bueno, todavía hoy seguimos hablando de ella. Para entender a Kino, primero tenemos que entender su mundo. Y el siglo XI no era para nada una época tranquila. Era un hervidero de ideas, un auténtico campo de batalla intelectual donde chocaban dos formas de ver el mundo que parecían totalmente incompatibles. Y aquí tenemos el corazón del conflicto. Por un lado estaba el pensamiento dominante, el agustinismo, que venía a decir, "La verdad viene de Dios. La razón por sí sola no basta, incluso nos puede liar." Y por otro, de repente, irrumpe con una fuerza increíble la filosofía de Aristóteles, que llegaba a través de pensadores árabes y que defendía justo lo contrario. ¿Podemos entender el mundo si lo observamos y usamos la lógica? La pregunta que flotaba en el aire era tremenda. ¿Son incompatibles? ¿Hay que elegir bando? Y justo ahí, en medio de todo este lío, nace Tomás de Aquino. Su vida desde el principio lo coloca en el epicentro del terremoto. El encuentro con Aristóteles en Nápoles, su decisión de unirse a los dominicos, una orden de vanguardia y sobre todo irse a estudiar con el intelectual más importante de la época, Alberto Magno. Esta relación, la de Alberto Magno y Tomás, es fundamental. Alberto fue el que abrió la puerta, el que se atrevió a tomarse en serio a Aristóteles, pero fue su alumno, Tomás el que la tiró abajo y construyó un palacio. Vamos, que el discípulo superó y con creces al maestro. A ver, que quede claro, los dos partían de una base filosófica muy muy parecida. estaban de acuerdo en cosas superclejas, como que en cualquier criatura se puede distinguir lo que es de el hecho de que es o que para querer algo primero tienes que conocerlo. Era como si estuvieran en la misma plataforma de lanzamiento, ¿no? Pero Tomás, bueno, Tomás estaba a punto de encender un motor que nadie había visto antes. Y aquí es donde la cosa se pone interesante. Aquí es donde Tomás se saca de la manga su genialidad. Fijaos en el último punto porque es la clave de todo su pensamiento. Para su maestro Alberto, el ser, la existencia era como como una capa de pintura que se le pone algo que ya está ahí, algo casi accidental. Pero para Tomás, para Tomás era todo lo contrario. El ser no era un añadido, era el acto mismo que hacía que la cosa fuera real, el motor. Y esta pequeña, aparentemente sutil diferencia lo cambia absolutamente todo. Venga, vamos a meternos en el meallo del asunto. Si queremos entender a Tomás de Aquino, tenemos que entender esta filosofía del ser, porque es con esto como consigue encajar todas las piezas del puzle de su época. Y todo arranca de una idea que es tan tan simple que es pues eso revolucionaria. Para aquí, ¿no? Antes de que nos preguntemos qué es esta mesa, nuestra mente capta algo muchísimo más básico, el hecho de que la mesa es que existe. Esto no es una teoría, es la realidad más directa, más evidente que tenemos delante. Y sobre esa base tan sólida, empieza a construir todo su edificio. Coge los ladrilles de Aristóteles, ¿no? Lo de potencia y acto, materia y forma. Pero él añade el cemento, el ingrediente secreto, su distinción brutal entre la esencia, el que es algo, y su es, su acto de ser. Y este es el concepto clave, ese el acto de ser. Quedémonos con esto porque es la joya de la corona. A ver si lo explico bien. El color o el peso de algo son propiedades que esa cosa tiene. Pero el S no es algo que tiene, es el acto mismo que la hace real. Es como la diferencia entre describir una bombilla con su cristal y su filamento y el acto de pulsar el interruptor y que se encienda. Ese zas luz. Eso es el s es el acto más radical de todos. Mirad, esta comparación es perfecta para entender la revolución de Aquino. Para su maestro el ser algo que le venía a la cosa desde fuera, como un foco que la ilumina. Para aquí no. No. El ser es la propia luz que la cosa emite desde su interior. No es algo que recibe, es el acto por el que es. La diferencia de verdad es abisual. Claro, como pasa casi siempre con las ideas que rompen moldes, al principio no gustaron a todo el mundo ni mucho menos. La historia de cómo se recibió el pensamiento de Aquino es un auténtico drama. De ser visto como un pensador peligroso a convertirse en un santo y pilar de la Iglesia. Es que en vida el pobre Tomás se llevó palos por todos lados. Estaba metido en una guerra a dos bandas. Por un lado, los aristotélicos hardcore, los averoístas con ideas muy radicales. Y por el otro, los teólogos de toda la vida, los agustinianos, que veían eso de usar a un filósofo pagano para hablar de fe y, bueno, no les hacían ninguna gracia. Y lo fuerte es que la guerra siguió después de su muerte. Apenas 3 años después condenan algunas de sus ideas en París. Parecía que su legado se iba al traste, pero aquí viene el giro de guion. pasan menos de 50 años y lo hacen santo. Y a partir de ahí, poco a poco, su pensamiento pasó de ser el del raro a ser la referencia absoluta. 516. Quedaos con este número, es una pasada. 516 años. Ese es el tiempo que tardó el pensamiento de Aquino en pasar de ser condenado a ser la filosofía oficial, por así decirlo. En 1879, el Papa León XI lo deja clarísimo en un documento llamado Eterni Patri. es, sin duda, una de las remontadas intelectuales más brutales de la historia. Al final, lo que triunfó no fue solo lo que dijo, sino cómo lo dijo. Su método, esa áurea sabiduría, como la llamaron, se convirtió en la herramienta perfecta para que la fe dialogara con el mundo, con la ciencia, con la razón, sin miedo. Y ese es su verdadero legado. No es un libro de respuestas cerradas, sino un manual de instrucciones para hacer las preguntas correctas. un método que de hecho nos sigue retando hoy. Y claro, todo esto nos lleva a una última pregunta, una pregunta para nosotros hoy. El gran proyecto de Tomás de Aquino fue usar la razón para construir puentes en un mundo que estaba partido en dos. Si él consiguió algo así en pleno siglo XI, ¿qué ideas, qué puentes necesitamos construir nosotros para unir nuestro propio mundo?