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HISTORIA DE LA FILOSOFÍA MEDIEVAL Y RENACENTISTA I

09 Guillermo de Ockham | La doctrina de los universales según Ockham

Historia de la Filosofía Medieval y Renacentista I - Grado de Filosofía - 2º año UNED Creado con Notebook LM

Transcripción

¿Qué tienen en común Sócrates y Platón? Bueno, sí que eran filósofos, pero ¿hay algo más? Una especie de esencia humana que los dos comparten? Pues esta pregunta, que parece sencilla, es uno de los mayores quebraderos de cabeza de la historia de la filosofía, el problema de los universales. Hoy no saber la solución tan radical y la verdad genial que propuso un monje del siglo XIV que lo cambió absolutamente todo, Guillermo de Okam. Para entender bien su idea, este va a ser nuestro recorrido. Primero vamos a ver con qué problema se encontró. Después su afirmación más potente, que la realidad es ante todo singular. Veremos entonces dónde coloca él los universales si no están en el mundo. Y claro, hablaremos de su famosísima navaja. Y por último, entenderemos por qué todo esto supuso un giro total para la filosofía. Bueno, pues entramos en materia. Okam, desde luego no partía de cero. Se metió de lleno en un laberinto filosófico que ya tenía siglos de antigüedad y estaba decidido, pero muy decidido a encontrar la salida. La pregunta del millón es esta. Los conceptos que usamos todos los días como perro, árbol, ser humano, ¿son solo etiquetas que tenemos en la cabeza o existe de verdad una perreidad o una humanidad ahí fuera en el mundo? Dicho de otra forma, ¿xiste el perro en abstracto o solo existen Fido, Rex y Milu, que son perros individuales? Y el debate, claro, se iba enredando cada vez más y más. Los filósofos se preguntaban, a ver, si existen, ¿existen por sí mismos? ¿Son algo físico o son más bien como ideas? Y si son ideas, ¿están flotando en otro plano o están metidos dentro de las propias cosas? Para Okam, todas estas preguntas partían de un error de base, solo servían para añadir más y más confusión. Y es justo aquí donde Okam corta por Loano. En lugar de darle más vueltas a las mismas preguntas, decidió atacar el problema desde la raíz con una afirmación, bueno, tan simple como revolucionaria. Esta es la piedra angular de toda su filosofía. Para Okam, lo único que existe de verdad, de forma tangible, son los individuos. Esta silla, esa persona de allí, aquella nube en el ciello. Cada cosa es única, es singular y es radicalmente distinta de las demás. La realidad, por tanto, es una colección de individuos, no de categorías. Con este cuadro se ve perfectamente el cambio de paradigma. La visión tradicional, la de antes, se imaginaba una especie de esencia de humanidad, algo común que nos unía a todos. Okam rechaza esto de plano. Dice, "No, no hay una humanidad abstracta. Lo que hay son personas concretas, Pedro, Juan, María. Y humano es simplemente un concepto que usamos nosotros para agruparlos porque oye, se parecen. Claro, esto nos lleva a una pregunta inevitable. Si en el mundo solo hay individuos, entonces, ¿qué son los universales? ¿Qué es la palabra árbol si no se refiere a una esencia de árbol? La respuesta de Okam es, sinceramente, un golpe de genio. Fijaos qué astuto es Okham. No se carga la definición clásica de Aristóteles. Acepta que un universal es aquello que se puede decir de muchos, pero le da una vuelta de 180º. Para él la clave no está en la cosa de la que hablamos, sino en el acto de hablar, en la función que tiene el lenguaje y el pensamiento. Entonces, ¿dónde están los universales? Pues según Okam, no hay que buscarlos en el mundo físico, sino en el mundo de los signos. Solo existen en dos sitios. Primero, en nuestra mente, en el alma, como conceptos que agrupan a individuos por su parecido. Y segundo, en el lenguaje, como las palabras, los vocablos que usamos para nombrar esos conceptos. Un universal no es un objeto, es una herramienta. Este cuadro resume la ruptura de una forma brutal. Platón los ponía en un mundo de ideas perfectas por allí lejos. Aristóteles los metía dentro de las cosas mismas y llega Okamp y SAS. Los saca por completo de la realidad física y los coloca en el software de nuestro pensamiento. Son signos, herramientas en nuestra mente y en nuestro lenguaje. Una solución totalmente nueva. Pero vamos a ver qué le llevó a esta conclusión tan tan minimalista. ¿Qué principio guiaba su forma de pensar? Pues la respuesta es una de las herramientas intelectuales más famosas y desde luego más afiladas de la historia. Esta máxima en latín es el corazón de su método. Aunque curiosamente en lo la escribió con estas palabras exactas, sí que captura la perfección su espíritu. Las entidades no deben multiplicarse sin necesidad. Se la conoce, claro, como la navaja de Okam, porque sirve para afeitar las teorías, para cortar todo lo que sobra. es un principio de economía, de simplicidad. ¿Y qué quiere decir? Pues que si tenemos dos explicaciones que funcionan, la más sencilla, la que necesita menos cosas raras para funcionar, es casi siempre la correcta. Y así es como aplicas una baja al problema. Se pregunta, a ver, ¿de verdad necesitamos inventarnos todo un mundo de esencias y naturalezas comunes para explicar cómo pensamos y hablamos? Y su respuesta es un no rotundo. Solo necesitamos dos cosas. Por un lado, el mundo real lleno de individuos y por otro nuestra capacidad de usar signos, o sea, conceptos y palabras para agruparlos. Todo lo demás la navaja lo corta fuera. Y con esto llegamos a la gran consecuencia de su pensamiento. Porque la solución de Okam no es solo una respuesta ingeniosa a un problema antiguo, es que cambia por completo las reglas del juego para toda la filosofía que vino después. Este es el giro maestro. Okam cambia el foco de la filosofía. La gran pregunta deja de ser, ¿qué cosas existen ahí fuera? Que es una pregunta sobre el ser, sobre la ontología. Y pasa a ser, ¿cómo funciona nuestro lenguaje para hablar del mundo? Que es una pregunta sobre el significado, sobre la semántica. Es una auténtica revolución que, de hecho, todas las bases de la ciencia moderna. Pensemos en el bueno de Sócrates para que quede más claro. Decimos, Sócrates es humano. Vale, humano es un término universal, lo aplicamos a un montón de gente, pero según Okam, esa palabra no significaría absolutamente nada si antes no hubiéramos conocido a individuos concretos como Sócrates. El conocimiento siempre, siempre, empieza con la experiencia de lo singular. Los conceptos generales son solo herramientas que creamos después para poner orden en esa experiencia. Y así Okham nos deja con una pregunta que resuena hasta hoy. Si el mundo es solo una colección de individuos únicos y los conceptos que usamos para unirlo todo son construcciones de nuestra mente, entonces, ¿qué es lo que de verdad nos conecta? ¿En qué se basa la ciencia, la comunicación, la sociedad misma? La respuesta de Okam es muy clara. Lo que nos une no es una esencia mística compartida, sino un significado compartido. Y esa idea sin duda cambió el curso de la historia del pensamiento.