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HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA (Contemporánea)
11 │ Democracias y dictaduras en el periodo de entreguerras
HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA
(Sección Contemporánea)
Basado en el libro: El mundo contemporáneo: Del siglo XIX al XXI
Libro de Ramón Villares y Ángel Bahamonde
Creado con NotebookLM -
Lista de reproducción de: HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA (Moderna)
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Lista de reproducción de: HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA (Contemporánea)
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Transcripción
Hay que pararse a pensar en lo que era Europa justo después de la Primera Guerra Mundial, un continente entero que celebraba el triunfo de la libertad. Parecía, parecía de verdad que la democracia era el futuro, el único futuro posible. Y sin embargo, en apenas 20 años todo aquello se vino abajo. Esta es la historia de ese colapso tan desconcertante. Una historia llena de esperanza, sí, pero también de una fragilidad y un fracaso tremendos. Para entender la magnitud del desastre, primero hay que entender el optimismo que había. Era era palpable. Cuando terminó la Gran Guerra, la promesa del presidente de Estados Unidos, Udro Wilson, resonaba en todas partes. La idea era esa, hacer del mundo un lugar seguro para la democracia. Daba la sensación de que el sacrificio de millones de personas había servido para algo, ¿no? Para construir un futuro de libertad y de gobiernos parlamentarios. Y aquí, claro, está la pregunta del millón, la pregunta que nos va a guiar en todo esto. ¿Cómo es posible pasar de ese optimismo, de esa euforia a un continente dominado por dictadores en tan tan poco tiempo? Entender qué pasó es fundamental porque las respuestas, como veremos, siguen siendo, bueno, siguen siendo inquietantemente relevantes a día de hoy. Vamos a explorar primero ese momento, ese momento tan breve y tan brillante, justo después de 1919. De verdad, parecía que la democracia era, sin ninguna duda, la gran vencedora de la historia. La promesa de un nuevo amanecer se sentía en el aire. La transformación fue bueno, fue vertiginosa. Los viejos imperios, el austrohúngngaro, el otomano, se desmoronaron y en su lugar nacieron repúblicas. El derecho al voto se extendió como nunca antes y, ojo, incluyendo a las mujeres en un montón de países, algo impensable hasta entonces. Y el modelo de gobierno parlamentario se convirtió en la norma. Si lo miras sobre el papel era un triunfo absoluto, pero y aquí viene el gran pero. Ese triunfo era en gran medida una ilusión porque bajo esa superficie de optimismo, esas nuevas democracias estaban construidas sobre unos cimientos increíblemente frágiles. Esta frase los resume todo a la perfección. No eran sistemas que habían crecido poco a poco con raíces profundas en la sociedad. Qué va. Al contrario, muchas fueron impuestas o surgieron en plena derrota y en medio del caos, sin un consenso popular fuerte que de verdad las respaldara. Es que la contradicción era brutal. Por un lado, se celebraba el progreso, repúblicas, elecciones, pero la realidad que no se veía era mucho más oscura. Países como Polonia o Czecoslovaquia, por ejemplo, no tenían ninguna experiencia democrática. Estaban divididos por odios étnicos muy profundos. Y para muchos de sus ciudadanos, estos nuevos sistemas eran una humillación, algo impuesto por los que habían ganado la guerra. Y que nadie piense que el problema afectaba solo a los nuevos estados, eh, para nada. Incluso las democracias más consolidadas, como Francia y Gran Bretaña, lo estaban pasando fatal. La economía de posguerra era un auténtico caos, la agitación social era constante y el miedo a una revolución comunista como la que había pasado en Rusia aterrorizaba a las clases dirigentes. Todo esto creó el caldo de cultivo perfecto para que empezaran a sonar con fuerza las ideas autoritarias. Si la situación ya era delicada, lo que vino a continuación fue bueno, fue el golpe de gracia, un auténtico cataclismo económico que no solo destruyó millones de empleos, sino también la poca fe que quedaba en el sistema. El punto de inflexión es este, sin duda. El crack de la bolsa de 1929 y la gran depresión que vino después destrozaron por completo la legitimidad que le quedaba a la democracia liberal y al capitalismo de dejar hacer. Dicho de forma sencilla, el sistema de repente dejó de funcionar para millones y millones de personas. Un 25%. Pensemos un momento en lo que significa esa cifra. Uno de cada cuatro trabajadores en Estados Unidos sin empleo y cifras muy parecidas devastaron Europa. Esto no es solo una estadística, es una catástrofe humana a una escala inimaginable. Generó una desesperación brutal y una demanda urgente de soluciones sin importar de dónde vinieran. La pregunta se volvió de repente existencial. Ante este colapso total, ¿podía la democracia ofrecer una salida o o es que los nuevos modelos autoritarios que estaban surgiendo eran en realidad la única solución viable? Pues bien, ante esta crisis surgieran dos respuestas radicalmente distintas. Mientras que Estados Unidos se lanzó a la acción y a la innovación para intentar salvar su democracia, las potencias europeas se quedaron, bueno, se quedaron paralizadas, presas de la indecisión y de una tremenda falta de fe en sus propios principios. El New Deal de Roosevelt fue algo revolucionario. Demostró que un estado democrático podía intervenir con muchísima fuerza en la economía para proteger a sus ciudadanos. Ofrecía una alternativa real. una alternativa esperanzadora frente al fascismo y el comunismo. Fue, en definitiva, la prueba de que la democracia no tenía por qué ser débil. La parálisis europea, como era de esperar, tuvo una consecuencia directa y fatal. Mientras las democracias dudaban, los hombres fuertes actuaban y el continente entero se vio barrido por una auténtica ola de autoritarismo. La metáfora del efecto domino es que es perfecta para describir lo que pasó. El colapso de una democracia parecía debilitar a la de al lado, creando una especie de cascada que al final resultó imparable. Es que no fue un único evento, no fue una tendencia continental imparable desde España y Portugal hasta Polonia, Austria, e incluso se extendió hasta Japón, el modelo autoritario se iba imponiendo como la única solución al desorden y la guerra civil española, claro, se convertiría muy pronto en el campo de batalla simbólico de esta lucha global. Y así, con este panorama llegamos al final de la década de los 30. El mapa político de Europa se había transformado por completo. Era un lugar sombrío que estaba preparando, sin saberlo, el escenario para la mayor catástrofe de su historia. Un desierto democrático. La imagen es desoladora, pero es que es increíblemente precisa. Los pequeños oasis de libertad eran poquísimos y estaban totalmente aislados, rodeados por un mar inmenso de regímenes autoritarios y totalitarios. Si miramos los datos es que el resultado es es demoledor. La lista de democracias que quedaban en pie es alarmantemente corta y frente a ellas potencias enormes como Alemania, Italia o la Unión Soviética y una lista larguísima de países como España o Polonia. Esto significaba que la mayor parte del territorio de la población de Europa vivía bajo regímenes no democráticos. El horroro en 1939 era ser una democracia. Y este es el punto final y quizá el más escalofriante de todos. No era solo una cuestión de poder militar o político, era una cuestión de ideas. La dictadura se empezó a percibir como el sistema moderno, el sistema eficaz, el sistema del futuro. La democracia, en cambio, era vista como algo anticuado, débil e incapaz de afrontar los desafíos del nuevo siglo. Y terminamos con esta pregunta que va mucho más allá de los años 30. La historia de entre guerras nos deja una advertencia que no caduca, una advertencia sobre lo frágil que es la libertad y sobre lo que pasa cuando las sociedades, por las razones que sean, dejan de creer en ella. Una lección que desde luego resuena con una fuerza tremenda hasta nuestros días.