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HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA (Moderna)
12 │ La monarquía absoluta Austria
Basado en el libro: Introducción a la historia de la Edad Moderna
Escrito por Ernst Hinrichs
Creado con NotebookLM
2º AÑO DE FILOSOFÍA
UNED -
Lista de reproducción de :HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA (Moderna)
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Lista de reproducción de :HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA (Contemporánea)
https://www.youtube.com/playlist?list=PLwC-RDH8ScOHNJ4YdIsgtQ8sUSdANUo8L Chuela de estudio: https://drive.google.com/file/d/11fDcEYL-Ma4jtCNJ3N0TFSx0yqrmu4V4/view?usp=sharing
Transcripción
Hola, hoy vamos a meternos de lleno en uno de los rompecabezas más alucinantes de la historia de Europa. La monarquía absoluta austríaca. A ver cómo es posible que se forjara un imperio gigantesco a partir de piezas que en teoría no encajaban de ninguna manera. Es una historia de pura ambición contra todo pronóstico. Esta cita es que lo clava. Fijaos, no estamos hablando de unificar un territorio más o menos homogéneo con una cultura común. No, no. Estamos hablando de imponer una unidad a la fuerza, en contra de la geografía, de la historia, de casi cualquier lógica. Un proyecto que, vamos, tenía todos los números para salir mal desde el principio. Y esa es la gran pregunta, ¿verdad?, la que va a guiar todo este análisis. Vamos a desgranar las estrategias, los giros del destino y las tensiones internas que dieron forma a este imperio tan particular. Así que empecemos por el principio de todo, el problema. Lo primero es entender la magnitud del desafío. Es que la propia naturaleza de las tierras de los Absburgo hacía que la idea de un estado centralizado pareciera sencillamente una locura. Ojo, porque esto es clave para entenderlo todo. Austria no era un país como lo pensamos hoy. Era el patrimonio de una familia, los Absburgo. El único lazo, lo único que unía a un campesino del Tirol con un noble de Hungría, era que los dos le debían lealtad a la misma persona en Viena. Y ya está. Y aquí se ve la increíble diversidad de ese patrimonio. Es que hablamos de etnias, idiomas, culturas y leyes completamente distintas bajo el mismo paraguas. Germanos, checos, magiares, eslavos. Un auténtico mosaico que, seamos sinceros, en cualquier momento podría haberse hecho añicos. ¿Vale? Entonces, ¿cómo empieza a forma este imperio tan improbable? Pues la respuesta está en un cambio de estrategia, un volantazo en su política exterior forzado por las circunstancias que lo cambió absolutamente todo. Fijaos en estas fechas porque aquí está el punto de inflexión. Después del desastre de 1648, los absburgos se dan cuenta de que su sueño de dominar Alemania se ha ido al traste. Su futuro está en otro sitio, en el Danubio. Y aquí pasa algo curioso. La amenaza otomana se convierte paradójicamente en su gran oportunidad. Es la excusa perfecta para crear un ejército permanente y un sistema de impuestos centralizado. Vamos, los cimientos de un estado moderno. La victoria épica en bien en 1683 no solo salva la ciudad, consolida Austria como una nueva gran potencia europea. Bien, ya tenemos el escenario montado, pero ¿cuál era el pegamento que mantenía unido todo este hemosaico? Pues los Habsburgos se apoyaron en tres pilares, tres ideas maestras para construir y mantener su poder. Aquí los tenemos. Primero, una lealtad casi sagrada a la familia, a la dinastía. Segundo, una identidad católica impuesta a sangre y fuego. Y tercero, una alianza muy astuta, muy pragmática con las élites locales. Vamos a verlos uno por uno. Este es el pilar más básico, pero quizá el más importante de todos. La figura del emperador era el único centro de gravedad. La lealtad no era a una nación austríaca que de hecho no existía, sino a la persona de Labsburgo que estuviera en el trono. Era un vínculo personal, casi feudal, que estaba por encima de cualquier frontera interna. ¡Uf! Aquí la cosa se pone seria. La contrarreforma no fue solo un movimiento religioso que va, fue la herramienta de unificación cultural más potente que tenían. Después de aplastar rebeliones como la de Bohemia, los Absburgo impusieron el catolicismo sin ningún tipo de contemplaciones, usando la fe para hacer a sus súbditos un poco más homogéneos. Pero lo verdaderamente genial desde un punto de vista estratégico, claro, es cómo se construyó esta identidad. Se hizo una oposición a los otros. Ser un católico austriacaba antes que nada no ser un turco musulmán, que era la gran amenaza en la frontera. Y también significaba no ser un alemán luterano, que eran los rivales que les habían quitado el poder en el Sacro Imperio. Y este es el pacto, el acuerdo de conveniencia que lo cimentó todo. Viena básicamente les dijo a las grandes familias nobles de Hungría y Bohemia, "Mirad, podéis conservar vuestras fortunas inmensas, vuestras tierras y vuestro poder absoluto sobre los campesinos. A cambio solo os pedimos una cosa, lealtad a nosotros. Y el trato funcionó, vaya que si funcionó. La nobleza se convirtió en una élite cosmopolita y fiel a la corte que ya no pensaban aspiraciones nacionales. Bueno, y este sistema, la verdad, funcionó durante un tiempo al menos. Pero en el siglo XVII, una nueva potencia muy militarizada y ambiciosa, apareció en el norte, Prusia. Y este nuevo rival obligó a Austria a modernizarse a marchas forzadas si no quería quedarse atrás en la carrera por el poder. Y aquí vemos el choque total de dos generaciones. María Teresa fue la gran reformista, pero era pragmática. Creó una burocracia central, modernizó el Estado, pero siempre con los pies en la tierra. Pero luego llega a su hijo José II y es, bueno, es todo lo contrario, un déspota ilustrado de manual, un teórico en el trono que decidió llevar el absolutismo hasta sus últimas consecuencias sin importarle el coste. Desde luego, José II no se andivo con chiquitas. Quiso crear un estado moderno, eficiente y unificado de la noche a la mañana, barriendo siglos de tradición de un plumazo. Abolir la servidumbre, decretar tolerancia religiosa, imponer el alemán, eran medidas revolucionarias impuestas desde arriba, sin negociar. La cuestión no es si eran buenas o malas, sino que eran demasiado y demasiado depisa. Y claro, ¿qué podía salir mal? Pues todo. Este intento de forzar la unidad desde un despacho chocó de frente con la cruda realidad del imperio. El experimento de José Segi digamos que no solo fracasó, sino que sirvió para destapar todas las costuras del sistema. La reacción fue inmediata y además furiosa. La nobleza húngara, que veía amenazados sus privilegios y el clero que perdía su poder, se levantaron en armas. Vamos, que los mismos pilares que habían sostenido el imperio durante décadas se negaban ahora aceptar un cambio tan bestia. Y aquí llegamos a la gran lección de toda esta historia, ¿no? Que el absolutismo, incluso en su versión más racional e ilustrada, no era omnipotente, no podía sin más borrar siglos de historia, de diversidad y de pactos de poder. La gran paradoja es que la misma estructura que había permitido que el imperio naciera era ahora el mayor obstáculo para su supervivencia. Al final, toda esta historia nos deja con una pregunta flotando en el aire. Una pregunta que resonaría durante todo el siglo XIX hasta que todo saltó por los aires. ¿Puede un imperio sobrevivir sin una identidad nacional que lo una de verdad? Austria demostró que la lealtad a una familia o una fe impuesta pueden ser un sustituto, sí, pero quizás solo por un tiempo. Una reflexión que, la verdad, hoy en día sigue siendo de una actualidad increíble.