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ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA I - PREGUNTAS DE EXAMEN
12 | La ruptura de Descartes | Aportación positiva o negativa
La ruptura de Descartes | Aportación positiva o negativa Analiza la visión cartesiana del ser humano: dualismo mente-cuerpo y mecanicismo. Se considera mayormente negativa para la antropología porque aísla al sujeto (Cogito) del mundo, del cuerpo y de la cultura, dificultando la comprensión integral del ser humano y reduciendo el cuerpo a una máquina.
Transcripción
A ver, hablemos de René Descartes, sí, el padre de la filosofía moderna. Todos conocemos su gran idea, ¿verdad? Pero, ¿y si os dijera que esa misma idea, la que define cómo pensamos sobre el yo, es también la raíz de una, bueno, de una fractura enorme en cómo nos entendemos a nosotros mismos? Vamos a meternos de lleno en la famosa ruptura de descartes y a ver qué coste tuvo realmente. Pienso, luego existo. ¡Uf! ¿Qué frase? En serio, pocas frases en la historia han tenido tantísimo poder. Con solo estas cuatro palabras, Descartes, no solo encontró por fin una certeza en un mundo lleno de dudas, es que además colocó al individuo, a la mente que piensa, en el mismísimo trono de la existencia. Vamos, que fue una revolución en toda regla. Claro, la pregunta es, ¿fue todo positivo? un avance sin más o es posible que esta idea tan potente, casi sin darnos cuenta, plantara la semilla de un problema, un problema bastante gordo para entendernos como seres humanos. Pues esa es justo la pregunta que vamos a intentar responder hoy. ¿Vale? Para poder entender la crítica tenemos que ir al origen, al movimiento clave de descartes, porque su idea no se limitó a poner al yo en el centro del universo, ¿no? Hizo algo más, lo aisló por completo y al hacerlo creó una división, una ruptura radical dentro de nosotros mismos. Y aquí lo tenemos, el famoso cogitó. Ojo, que no se trata simplemente de pensar y ya está, no, no es la idea de un yo que existe como una conciencia pura, totalmente encerrada en sí misma. Una conciencia que está por definición desconectada de todo lo demás, desconectada del cuerpo, desconectada del mundo, de todo. Fijaos en la crudeza de esta división, es que es brutal. Por un lado, la mente, el collito, algo interno, abstracto, universal, y por el otro, el cuerpo. ¿Y qué es el cuerpo para descartes? Pues poco más que una máquina, una cosa más en el mundo despojada de lo que consideraríamos atributos más humanos. Y claro, esto no es solo un juego de filósofos, eh, esta división tiene unas consecuencias enormes, porque, a ver, pensemos, ¿qué ocurre cuando la mente, que para Descartes es la mismísima esencia de lo humano, se define precisamente por estar aislada del mundo? Pues lo que pasa es que básicamente se vuela por los aires el puente que nos conecta con todo lo social y lo cultural. Un yo así tan aislado, tan puro, pues mira, puede ser una base fantástica para la física que al final estudia objetos y máquinas. Pero, ¿cómo narices vas a explicar una sociedad, una cultura o la historia humana desde ahí? Es que no encaja. La consecuencia, por tanto, es casi inevitable. Si ese yo que piensa es el mismo para todos, es universal y abstracto, ¿qué pasa con las gigantescas diferencias culturales que nos definen como personas? pues que desde un punto de vista filosófico se vuelven irrelevantes. Y claro, la antropología, que es justo la ciencia que estudia esa diversidad, pues se queda en un segundo plano como algo casi anecdótico. Para que entendamos de verdad la magnitud del cambio, tenemos que hacer una comparación. Pensemos en la razón de descartes y contrastémosla con la idea a la que sustituyo, el logos de los antiguos griegos. Porque cuidado, el logos no era solo razón en el sentido de calcular, era mucho más. era palabra, era diálogo, era una forma de estar conectado con el mundo y con los demás en la comunidad. El cambio, como veis, es radical. Mientras que el logos grego era una razón abierta, una herramienta para vivir en común, para el diálogo, la razón cartesiana hace justo lo contrario, se cierra sobre sí misma, se convierte en una especie de calculadora interna diseñada para analizar y, en última instancia, dominar un mundo que ya solo se ve como una gran máquina. Bueno, y como os podéis imaginar, este giro filosófico tuvo un impacto muy muy real en cómo hemos estudiado al ser humano desde entonces. La fractura no se quedó en los libros de filosofía ni mucho menos. Es que se ve un efecto dominó clarísimo. Primero, defines la humano como ese yo universal y pensante. Como consecuencia, el estudio de las diferencias culturales, la antropología, ya no se considera filosofía de verdad, pasa a ser otra cosa, etnología, una especie de ciencia menor para estudiar a los otros, a los salvajes. Y el resultado final es que se rompe la idea de una humanidad unificada y compartida. Pero claro, una idea tan radical no iba a quedar sin respuesta, era de esperar. Y efectivamente el siglo XX fue el escenario de una reacción potentísima contra esta herencia cartesiana. Por ejemplo, para un filósofo como Heidegger, el error de descartes es de base, es fundamental. Dice, "A ver, el pienso luego existo, te confirma que existes, ¿vale? De acuerdo. Pero te lo confirma de la misma manera que existe una piedra o una mesa. Te deja sin responder la pregunta del millón. ¿Qué significa ser de esa forma tan particular y única que existen los seres humanos en el mundo? Y luego llega Lewis Strs y su crítica es bueno, igual de demoledora. Para él ese yo pensante, ese que se cree el centro del universo y el dueño de sus pensamientos, es en realidad pura ilusión. Sostiene que no somos nosotros los que hablamos, sino que es el lenguaje, son las estructuras culturales las que hablan a través de nosotros. O sea, que el control no está dentro ni de lejos. Y así es como llegamos a la gran paradoja de todo esto. En su búsqueda, que fue brillante, de un fundamento sólido para la ciencia, Descartes nos acabó dejando una visión del ser humano que irónicamente nos ha puesto las cosas mucho más difíciles para entendernos a nosotros mismos, para entender nuestra parte social, cultural y, por supuesto, corporal. Y todo esto nos lleva a una última pregunta, una pregunta que no puede ser más actual. Pensemos en hoy, en una época cada vez más dominada por la lógica de los datos, por los algoritmos. Lo estaremos repitiendo quizá con otras herramientas, esa misma vieja división de descartes, esa separación entre una razón pura, abstracta y nuestra experiencia real, la de vivir en un cuerpo, dentro de una cultura. Ahí lo dejo. La cuestión, desde luego, sigue abierta.