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HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA (Contemporánea)
15 │ La guerra fría
HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA
(Sección Contemporánea)
Basado en el libro: El mundo contemporáneo: Del siglo XIX al XXI
Libro de Ramón Villares y Ángel Bahamonde
Creado con NotebookLM -
Lista de reproducción de: HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA (Moderna)
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Lista de reproducción de: HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA (Contemporánea)
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Transcripción
Pensemos en esto por un momento. Durante casi 50 años, el mundo entero vivió, bueno, con el corazón, en un puño, al borde de la aniquilación total. Fue un conflicto extrañísimo porque no se libró con grandes batallas directas entre las superpotencias, ¿no? Esto fue algo que se luchó en la sombra, en la carrera por conquistar el espacio y, sobre todo, en la mente de todos. Hablamos, claro, de la Guerra Fría y sus ecos, créanme, todavía resuenan hoy. Y aquí está la gran pregunta, la paradoja que vamos a intentar desentrañar. ¿Cómo es posible que una guerra en la que Estados Unidos y la Unión Soviética, los dos gigantes, nunca se dispararon un tiro directamente, pudiera acabar redibujando el mapa del mundo, dividiendo sociedades enteras y poniéndonos al borde del precipicio? La respuesta está en una sola palabra, tensión. Exacto. Un estado de tensión permanente. Esta definición de los historiadores Ramón Villares y Ángel Bajamonte es sencillamente perfecta. Olvidémonos de las trincheras y los ejércitos avanzando. Esto era otra cosa. Era una guerra psicológica, una presión constante que no se detenía nunca y que se colaba en todo. En la política, por supuesto, pero también en la cultura, en el deporte y en la vida cotidiana de cualquier persona en cualquier rincón del planeta. ¿Y qué es lo que hacía que esta tensión fuera tan increíblemente peligrosa? Pues un factor que lo cambió absolutamente todo, la bomba atómica. La idea de la destrucción mutua asegurada es una auténtica locura si lo pensamos bien. Significaba que si un bando apretaba el botón rojo, el otro lo haría también y se acababa todo. Este miedo paralizante, irónicamente, fue lo que evitó una tercera guerra mundial. Pero claro, el conflicto tenía que salir por algún lado, así que se transformó en una batalla total en todos los demás frentes posibles, el ideológico, el económico, el tecnológico. Con esta tensión constante como telón de fondo, el mundo se partió literalmente por la mitad. Se fracturó en dos grandes bloques, dos equipos que no solo eran opuestos, sino que parecían totalmente irreconciliables. Vamos a ver quiénes eran. Por un lado, el bloque occidental con Estados Unidos como capitán general. Su bandera, la democracia liberal y el capitalismo de mercado. Todo ello bajo el paraguas militar de la OTAN, creada en 1949 y en la otra esquina del ring, el bloque oriental, liderado, como no, por la Unión Soviética. Aquí la historia era completamente diferente. Economías planificadas desde el Estado y régímenes de partido único unidos por su propia alianza militar, el pacto de Varsovia. Y ojo que esto no eran solo diferencias políticas, eran dos formas de entender el mundo, la sociedad, la vida en rumbo de colisión total. Claro, cuando tienes dos visiones del mundo tan opuestas y tan poderosas chocando, la tensión se vuelve extrema. Y hubo momentos, momentos muy concretos en los que cuerda tan tensa estuvo a punto, a puntísimo de romperse. Momentos en los que el planeta entero se asomó al abismo. Los primeros años, sobre todo, fueron críticos. Pasó de todo. El bloqueo de Berlín que partió la ciudad en dos, la victoria comunista en China que cambió por completo el equilibrio de poder en Asia y la guerra de Corea, que fue, digamos, la primera gran guerra caliente de este periodo frío. El primer enfrentamiento militar indirecto, pero con fuego muy real entre las dos potencias. La mecha global estaba encendida y chisporroteando. Pero de todos esos momentos de crisis, de todos esos sustos, hubo uno que los superó a todos. Hay quien dice, sin exagerar, que fue el momento más peligroso de toda la historia de la humanidad, un solo instante en el que nuestro destino pendió de un hilo finísimo. Hablamos, por supuesto, de la crisis de los misiles de Cuba y lo más aterrador fue la velocidad 13 días. En solo 13 días, el mundo pasó del descubrimiento de misiles nucleares soviéticos en Cuba a un bloqueo naval estadounidense y estar a minutos de una guerra nuclear total. Fue una negociación agónica entre Kennedy y Grushov, un pulso de nervios de acero que casi de milagro logró desactivar la amenaza en el último segundo. Es una frase corta, pero lo dice todo. El mundo contuvo la respiración porque fue literal, un pánico global. Es difícil imaginar el alivio, el suspiro colectivo que debió recorrer el planeta cuando se anunció que la crisis había terminado. Habíamos mirado al abismo a los ojos y habíamos dado un paso atrás por los pelos. Pero que no nos engañe el alivio. Mientras esa amenaza nuclear mantenía una especie de paz armada en Europa, en el resto del mundo la historia era muy distinta. Allí el conflicto se libraba a sangre y fuego. La guerra fría se convirtió en un gigantesco y mortal tablero de ajedrez. Y esta es quizá la gran y trágica paradoja de toda esta historia. La paz en Europa se pagó en gran medida con la sangre de otros. Las superpotencias utilizaron los conflictos locales de Asia a África o y América Latina como su propio campo de juego, moviendo piezas en su tablero particular. Porque claro, si le preguntamos a un vietnamita, a un coreano o a un afgano si la guerra tuvo algo de fría, la respuesta es un no rotumbo. Para ellos fue una realidad brutal y devastadora. Sus países se convirtieron en los campos de batalla donde las superpotencias probaban sus armas y sus estrategias casi siempre con un coste humano absolutamente terrible. Pero la batalla no se libraba solo con armas, ni mucho menos. La Guerra Fría fue también una competición feroz en otros campos, una carrera tecnológica, cultural y de propaganda para demostrar qué sistema, el capitalismo o el comunismo era el superior. Y el escaparate más espectacular de esta competición fue, sin duda, la carrera espacial. Cada cohete lanzado desde el Sputning soviético que dejó al mundo boqueabierto hasta la llegada del ser humano a la Luna no era solo un logro científico. Que va, era una potentísima declaración política. Era propaganda pura y dura ante los ojos del mundo entero. Y luego, por supuesto, estaba la guerra que no se veía, la que se luchaba en las sombras, el espionaje. La CIA y el KGB se convirtieron en herramientas fundamentales de la política exterior de ambos bandos, operando en secreto para desestabilizar gobiernos, apoyar guerrillas o asegurar la lealtad de sus aliados. es que incluso la cultura se convirtió en otro campo de batalla, una medalla de oro en las olimpiadas, una partida de ajedrez entre un campeón estadounidense y uno soviético o una película de Hollywood. Todo, absolutamente todo, se celebraba como una victoria ideológica, como una demostración de la superioridad de un sistema sobre el otro. Pero todo sistema, por muy fuerte que parezca, tiene sus límites. Así que, ¿cómo terminó este enfrentamiento de casi medio siglo? Y sobre todo, ¿qué mundo nos dejó cuando todo aquello se vino abajo? La verdad es que la velocidad del final sorprendió a todo el mundo. La costosísima invasión de Afganistán debilitó enormemente a la URS. Luego, la llegada de Gorbachova al poder abrió la puerta al cambio y de repente todo se aceleró. En 1989 cayó el muro de Berlín, la imagen simbólica del fin de una era. Y para 1991 la Unión Soviética, una de las dos superpotencias, simplemente había dejado de existir. Entonces, ¿cuál es el legado? pues es muy complejo y contradictorio. Por un lado, se evitó una guerra nuclear a gran escala, lo cual es importantísimo, pero a costa de alimentar conflictos sangrientos por todo el planeta. Vivimos durante décadas bajo una cultura del miedo y la sospecha. Y el final de la Guerra Fría, bueno, no trajo un mundo más simple, sino uno mucho más impredecible. Si las viejas reglas del juego. Y con esto terminamos con una pregunta para la reflexión. Con el fin de la Guerra Fría, ¿desó de verdad la tensión global o simplemente se transformó? Mutó para dar lugar a los nuevos conflictos y desafíos que vemos hoy en día. Porque si algo está claro, es que el legado de aquel pulso de 50 años sigue y mucho entre nosotros.