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HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA (Contemporánea)

16 │ Latinoamérica en la segunda mitad del siglo XX

HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA (Sección Contemporánea) Basado en el libro: El mundo contemporáneo: Del siglo XIX al XXI Libro de Ramón Villares y Ángel Bahamonde Creado con NotebookLM - Lista de reproducción de: HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA (Moderna) https://www.youtube.com/playlist?list=PLwC-RDH8ScOHtrkm9OjAfhKZfj83e_y2L Lista de reproducción de: HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA (Contemporánea) https://www.youtube.com/playlist?list=PLwC-RDH8ScOHNJ4YdIsgtQ8sUSdANUo8L

Transcripción

Vamos a sumergirnos en la historia de América Latina de la segunda mitad del siglo XX. Y es que es un relato lleno de contradicciones, de idas y venidas. 50 años que son como una montaña rusa que van de la ilusión por la democracia a la cruda realidad de las dictaduras. Y todo siempre con la sombra de la Guerra Fría, planeando por encima. Así que vamos a ver cómo se desarrolló esta historia tan compleja. Es que para entender de verdad este periodo, hay que tener clara una cosa. Esto fue un pulso constante, una lucha, un choque de trenes entre dos ideas opuestas. Por un lado, el anhelo, el sueño de construir sociedades democráticas y, por otro, la pesadilla del autoritarismo, de los militares tomando el poder. Esta tensión, este tira y afloja, es la clave para entender casi todo lo que pasó. A ver, para ponernos en situación, después de la Segunda Guerra Mundial, América Latina no era ni mucho menos un bloque a uniforme. Era un mosaico de países, sí, pero con problemas de fondo muy muy parecidos, una dependencia económica brutas del exterior, una desigualdad social que a veces parecía casi feudal y una inestabilidad política que era el pan de cada día. Y claro, con este panorama, ¿qué pasó? Pues que la región se convirtió en el campo de batalla perfecto en el tablero de ajedrez, donde las grandes potencias movían sus fichas durante la Guerra Fría. Entonces, ante esta situación de dependencia y de injusticia, surgió un intento, uno muy grande, de darle la vuelta a la tortilla. Apareció un nuevo modelo político y económico que prometía por fin una independencia de verdad y algo de justicia social. La base de todo esto era una idea económica que suera complicada, pero que en el fondo es sencilla, la industrialización por sustitución de importaciones. La lógica era simple. Oye, en lugar de vender materias primas baratas y comprar productos manufacturados caros, ¿por qué no fabricamos esas cosas aquí mismo? Se trataba de levantar una industria nacional fuerte, protegerla de la competencia de fuera con aranceles y así dejar de depender de otros. La meta, el gran sueño, era la autosuficiencia. Y claro, esta idea no era solo teoría, necesitaba líderes, figuras carismáticas que la pusieran en marcha. Y ahí aparecen nombres como Juan Perón en Argentina o Getulio Vargas en Brasil. eran líderes que conectaban de una forma increíble con las masas, sobre todo con los trabajadores, a los que les prometían derechos, dignidad y orgullo nacional. El problema es que a menudo su estilo de liderazgo, tan personalista chocaba un poco con las reglas y las instituciones de la democracia. Sonaba bien sobre el papel, ¿verdad? Pues la realidad fue otra historia y el sueño empezó a hacer aguas. Esas nuevas industrias al estar tan protegidas se volvieron poco eficientes. La inflación se descontroló, los precios se fueron por las nubes y en lugar de traer paz social, lo que creció fue la tensión en la calle. Así que llegamos a los años 60 con el modelo populista en plena crisis, dejando un vacío de poder y una sensación de fracaso muy peligrosos. Y justo en ese momento de crisis, de desilusión con las promesas incumplidas, ocurre algo, un solo evento que va a provocar una onda expansiva por todo el continente y va a cambiar las reglas del juego para siempre. Estamos hablando, claro, de 1959. Fidel Castro y sus guerrilleros entran en La Habana. La revolución cubana ha triunfado. A partir de aquí hay un antes y un después. Para toda la izquierda latinoamericana y por supuesto para Washington, el tablero de juego acababa de saltar por los aires. El impacto ideológico fue buah, tremendo. Cuba se convirtió en un símbolo en la prueba viviente de que se podía, de que era posible hacer una revolución socialista a apenas unos kilómetros de la costa de Estados Unidos. Esto inspiró a muchísimos grupos por todo el continente que, viendo que el populismo había fallado, empezaron a pensar que la única vía que quedaba para cambiar las cosas era la lucha armada. Washington lógicamente se puso muy muy nervioso y su respuesta fue por dos vías, la del palo y la zanahoria. La zanahoria fue la llamada alianza para el progreso, un gran programa de ayuda económica para mejorar las condiciones de vida y evitar que la gente se sintiera traída por el comunismo. Pero el palo, el palo fue mucho más duro, la doctrina de seguridad nacional, que en la práctica significaba dar luz verde, entrenamiento y todo el apoyo necesario a los ejércitos de la región para que aplastaran sin contemplaciones cualquier amenaza revolucionaria. Y esa estrategia, la del palo, nos lleva directamente a la etapa más terrible, más oscura de este periodo. La reacción contra la amenaza revolucionaria real o imaginada va a asumir a Gran Cate de la región en una espiral de violencia brutal. Se acabó la política, se acabaron los debates en los parlamentos, llegó la hora de las botas. El poder pasó de las manos de los civiles a los cuarteles militares y fue un efecto dominó una auténtica plaga de golpes de estado. Empezó en Brasil en el 64. El siguiente y quizá el más impactante fue en Sile en el 73 con el violento derrocamiento de Salvador Allende y en el 76 le tocó Argentina. Una tras otra, las democracias del Conosur fueron cayendo. Ojo, y esto es muy importante entenderlo, no hablamos del típico dictador personalista del pasado, ¿no? Aquí eran las fuerzas armadas como institución las que tomaban el control y tenían un proyecto muy claro, refundar el país. Su excusa era la guerra contra la subversión y sus métodos fueron el terrorismo de estado. La tortura sistemática y las desapariciones forzadas se convirtieron en las herramientas para eliminar a cualquier tipo de posición. y el horror llegó a coordinarse a nivel internacional. La máxima expresión de esto fue el plan Condor. ¿Qué era? Pues básicamente un acuerdo entre las dictaduras de Chile, Argentina, Brasil, Uruguay y otros países para colaborar. Se ayudaban mutuamente a perseguir, secuestrar y asesinar a sus opositores políticos sin importar en qué país estuvieran. Crearon una especie de interpol del terror para que nadie pudiera escapar. fue sin duda, la cara más siniestra de la Guerra Fría en América Latina, pero ninguna noche es eterna y al final estas dictaduras terminaron cayendo por su propio peso. Su desastrosa gestión económica, la violación masiva de derechos humanos y la presión internacional las fueron debilitando y así poco a poco se empezó a abrir la puerta a un regreso muy muy complicado a la democracia. El primer país grande en volver a la democracia fue Argentina en 1983, justo después de la humillación de la derrota en la guerra de las Malvinas. Después le siguió Brasil en el 85 y finalmente Chile, que tuvo que esperar hasta 1990 después de que el dictador Pinochet perdiera un plebiscito que él mismo había convocado. Parecía que la larga noche por fin estaba terminando. Pero, ¿qué se encontraron los nuevos gobiernos democráticos al llegar al poder? Pues no se encontraron un país en marcha. se encontraron las ruinas, un desastre económico de tal calibre que a la década de los 80 se la conocen toda la región como la década perdida. La herencia de las dictaduras fue terrible, una deuda externa impagable que ahogaba las economías y una pobreza que se había disparado. Y esto fue una trampa mortal para las nuevas y frágiles democracias. Tenían la legitimidad de las urnas, pero no tenían dinero ni margen de maniobra para hacer las reformas sociales que la gente pedía gritos. Nacieron, por así decirlo, atadas de pies y manos. Y con esto llegamos ya al final del siglo XX. Y si hacemos balance, el panorama es de todo menos sencillo. Es un cuadro lleno de luces y de sombras, de logros anormes y de deudas todavía pendientes. Por un lado, la parte positiva, que es muy importante. Se recuperó la democracia formal. Volvieron las elecciones, la libertad de prensa y la mayoría de los conflictos armados internos habían terminado. Pero por otro, las heridas de toda esa violencia seguían muy muy abiertas. Y sobre todo el problema de fondo, el que de alguna manera lo empezó todo, la brutal desigualdad económica y social seguía ahí intacto, como una bomba de relojería bajo el nuevo sistema democrático. Así que todo esto nos deja una pregunta final, una que conecta directamente esa historia con nuestro presente. Sí, se recuperaron las elecciones, se recuperó la democracia, pero significó eso el fin de la lucha por una sociedad más justa e igualitaria. Viendo todo lo que ha pasado en América Latina en lo que llevamos del siglo XXI, parece bastante caro que esa batalla está muy lejos de haber terminado. No.