← Volver al buscador
HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA (Contemporánea)
17 │ El final del tercer mundo los procesos de descolonización
HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA
(Sección Contemporánea)
Basado en el libro: El mundo contemporáneo: Del siglo XIX al XXI
Libro de Ramón Villares y Ángel Bahamonde
Creado con NotebookLM -
Lista de reproducción de :HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA (Moderna)
https://www.youtube.com/playlist?list=PLwC-RDH8ScOHtrkm9OjAfhKZfj83e_y2L
Lista de reproducción de :HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA (Contemporánea)
https://www.youtube.com/playlist?list=PLwC-RDH8ScOHNJ4YdIsgtQ8sUSdANUo8L
Transcripción
Si miramos un mapa de principios del siglo XX, el mundo parecía pertenecer casi por completo a un puñado de imperios europeos. Su poder parecía eterno, grabado a fuego en los mapas y en la vida de cientos de millones de personas. Pero en lo que históricamente es una abrir y cerrar de ojos, todo ese orden se vino abajo. Hoy vamos a analizar precisamente eso, cómo se desmoronó el mundo colonial en apenas unas décadas. Y aquí viene la gran pregunta, que es casi increíble si nos paramos a pensarla. ¿Cómo es posible que un sistema mundial que tardó siglos en construirse se desvaneciera en el tiempo que dura una vida? Entender este cambio tan radical es en el fondo entender el mundo en el que vivimos hoy. A ver cómo lo vamos a desgranar. Pues mira, primero vamos a ver cómo era ese mundo imperial. Después nos meteremos de lleno en las fuerzas que provocaron su caída y los dos caminos a veces pacíficos, a veces brutalmente violentos que llevaron a la libertad. De ahí saltaremos al nacimiento del concepto tercer mundo. Y para terminar analizaremos por qué su legado sigue siendo tan tan relevante. Bien, situémonos a principios del siglo XX. Si miramos un globo terráqueo, vemos que enormes trozos de África y Asia están pintados con los colores de un puñado de países europeos. Era un sistema de dominación total que muchos en la época veían como el orden natural de las cosas, pero claro, esa calma era solo aparente. Por debajo las tensiones estaban a punto de estallar. Entonces, ¿qué pasó? que hizo que esos cimientos que parecían de acero se vinieran abajo con esa rapidez. Pues no fue una sola cosa, fue la confluencia de varias fuerzas históricas que juntas eran imparables. Fue literalmente una tormenta perfecta. Por un lado, la Segunda Guerra Mundial dejó a las potencias europeas no solo exhaustas económicamente, sino también muy tocadas moralmente. De repente, el mito del europeo invencible se hizo añicos. Al mismo tiempo, en las colonias empiezan a surgir líderes carismáticos como Gandhi en la India o Naser en Egipto, que consiguen movilizar a millones de personas con un potentísimo sentimiento nacionalista. Y para rematar, el nuevo escenario mundial, la Guerra Fría. Tanto Estados Unidos como la Unión Soviética vieron en estos movimientos una oportunidad de oro para sumar nuevos aliados a su bloque. El cóctel era explosivo. Vale, el destino final para todos era la independencia, eso está claro. Pero el camino para llegar, uf, no pudo ser más diferente. Algunos se consiguieron en despachos con negociaciones y tratados. Otros, en cambio, se tuvieron que abrir a sangre y fuego. Y aquí vemos dos maneras de hacer las cosas totalmente opuestas. Los británicos, siempre más pragmáticos, se dieron cuenta de que era mejor una retirada controlada que arriesgarse a perderlo todo. Su idea era soltar el control político, pero mantener la influencia económica a través de la Commonwealth. Para Francia, en cambio, la cosa era distinta. Su imperio era una cuestión de prestigio, casi de identidad nacional, y se aferraron a él con uñas y dientes, lo que provocó algunas de las guerras más crueles del siglo. Pensemos en la India, el ejemplo clarísimo de ese pragmatismo británico. En 1947, después de décadas de lucha no violenta liderada por Gandhi, consiguieron lo que parecía imposible, pero la alegría de la independencia se tiñó de hambre casi al instante. La partición del subcontinente para crear la India y Pakistán fue una catástrofe humanitaria brutal, una herida que a día de hoy sigue sincerrarse del todo. Y si la India fue una cosa, lo de Argelia, bueno, fue todo lo contrario. Francia no consideraba Argelia una colonia, la veía como parte de Francia y la guerra por mantenerla fue de una violencia salvaje total. No solo devastó la sociedad argina, es que estuvo a punto de provocar una guerra civil en la propia Francia y casi se lleva por delante su democracia. La pregunta es terrible, ¿a qué precio se mantiene un imperio? Y luego está el caso de África, que es otra historia completamente distinta. La descolonización llegó de golpe, sobre todo en los años 60, pero los países que nacieron llevaban un veneno dentro. Sus fronteras no tenían ningún sentido cultural o étnico. Eran líneas rectas trazadas con regla en un mapa de Berlín un siglo antes. Imaginad que alguien redibuje Europa mezclando a alemanes con polacos y separando a los franceses por la mitad. Pues eso fue lo que pasó. se plantó la semilla de décadas de inestabilidad y conflictos. Pero ojo, porque de todo este caos no solo nacieron países nuevos con sus banderas y sus himnos, nació también una idea, una idea muy ambiciosa, que todas estas nuevas naciones juntas podían ser una nueva fuerza en el mundo al margen de los dos grandes bloques que se lo repartían todo. Y esto nos lleva a un concepto que a todo el mundo le suena, tercer mundo, pero su significado original se ha perdido por completo. Hoy lo asociamos a pobreza, a problemas, pero en su origen en 1955 en la conferencia de Bandung era un término revolucionario. Significaba una tercera vía, un grupo de países que se negaban a ser peones en el ajedrez de la Guerra Fría, ni con Estados Unidos ni con la Unión Soviética. Un camino propio. Claro, la idea era potentísima, pero ese sueño se fue al traste muy rápido. Las presiones de la Guerra Fría eran enormes y los problemas internos de cada país gigantescos. Al final, mantener esa unidad y esa neutralidad fue imposible. Sin un proyecto político que los uniera, lo único que les quedaba en común a muchos eran sus problemas. Y así, poco a poco, la palabra tercer mundo se vació de política y se llenó de economía. Subdesarrollo, deuda, dependencia. Pero claro, la historia no termina aquí. No es tan fácil como bajar una bandera y subir otra para borrar siglos de historia. La sombra del imperio es muy muy larga y sus consecuencias siguen definiendo muchísimas de las tensiones que vemos en el mundo actual. Entonces, la independencia política significó una libertad real y total. Pues no, exactamente. Y aquí entra en juego un concepto clave, una especie de letra pequeña del contrato, el neocolonialismo. Las cadenas ya no eran militares, eran económicas. Muchos de estos nuevos países se vieron atrapados en un sistema donde tenían que vender sus materias primas baratísimas a las antiguas metrópolis y comprarles a ellas los productos manufacturados carísimos. un círculo vicioso de dependencia casi imposible de romper. Por eso mismo, seamos claros, hoy hablar del tercer mundo como si fuera una sola cosa es que no tiene ningún sentido. Aquel proyecto de unidad se hizo pedazos. ¿Qué tiene que ver hoy Corea del Sur, que es una superpotencia tecnológica con la República Democrática del Congo, un país destrozado por conflictos que son herencia directa del colonialismo? La descolonización no tuvo un único final, tuvo docenas de ellos, algunos de éxito y otros terriblemente trágicos. Al final, la descolonización fue una victoria enorme para la idea de la autodeterminación. Se impuso a escala planetaria la idea de que cada pueblo tiene derecho a gobernarse a sí mismo. Pero, y esta es la gran pregunta que queda en el aire, ¿esa libertad formal, la de la bandera y el himno, ¿fue de verdad el final de la historia para estos pueblos o fue solo el comienzo de otra lucha? una lucha distinta, más sutil y quizás incluso más larga.