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HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA (Contemporánea)

18 │ El triunfo de las democracias en el siglo XX

HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA (Sección Contemporánea) Basado en el libro: El mundo contemporáneo: Del siglo XIX al XXI Libro de Ramón Villares y Ángel Bahamonde Creado con NotebookLM - Lista de reproducción de :HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA (Moderna) https://www.youtube.com/playlist?list=PLwC-RDH8ScOHtrkm9OjAfhKZfj83e_y2L Lista de reproducción de :HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA (Contemporánea) https://www.youtube.com/playlist?list=PLwC-RDH8ScOHNJ4YdIsgtQ8sUSdANUo8L

Transcripción

Si echamos la vista atrás, al final del siglo XX, parece que solo una idea política salió victoriosa sobre todas las demás. Pero este desenlace, que hoy casi damos por hecho, no fue para nada inevitable. Fue más bien la culminación de un siglo de luchas ideológicas feroces. Para entender este fenómeno, hay un concepto clave, la tercera ola. Y ojo, no hablamos de pequeños cambios aquí y allá, no. Hablamos de un auténtico tsunami político que redibujó el mapa del mundo en apenas un par de décadas. Y esto nos lleva a la pregunta del millón. ¿Estaba esto escrito en las estrellas? Era inevitable que la democracia ganara. Pues la verdad es que no, ni mucho menos. No fue cosa del destino, sino el resultado de luchas sociales muy profundas y sobre todo del fracaso estrepitoso de los otros sistemas que competían con ella. Muy bien, pues vamos a sumergirnos en esta historia. Este es el recorrido que haremos para entender cómo se fue extendiendo esta ola por todo el planeta paso a paso. Empezamos justo después de 1945. La democracia que había quedado hecha cenizas en buena parte de Europa renace. Pero cuidado, no es la misma de antes. Es una versión 2.0, por así decirlo, una fundamentalmente distinta y mucho más fuerte. Y aquí viene la gran idea, la innovación que lo cambió absolutamente todo, el estado del bienestar. Pensemos un momento. Las democracias de antes de la guerra habían fracasado, en parte porque no protegían a la gente de la miseria económica. Este nuevo pacto social era diferente. Juntaba libertad política con seguridad económica. De repente, la democracia no era solo meter un papel en una urna, era tener una sanidad, una educación, una red de seguridad. El cambio es brutal. Pasamos de un estado que era como un árbitro que solo se aseguraba de que se cumplieran las reglas a uno que se arremanga y se convierte en garante del bienestar. Y por eso triunfó, porque por primera vez la gente sentía que tenía algo real en juego, algo tangible en su día a día. mucho más allá de votar cada 4 años. Vale, pues con esta nueva democracia reforzada damos un salto a los años 70 y aquí es donde la ola empieza a una fuerza tremenda y se estrella para bien contra el sur de Europa. Y fíjate qué rápido pasó todo. En 1974, Portugal con la revolución de los clavelés se quita de encima una dictadura larguísima. Ese mismo año en Grecia cae el régimen de los coroneles y poco después, entre el 75 y el 78, España inicia su transición que se convirtió en un modelo para medio mundo. Esto mandó un mensaje clarísimo. Para ser europeo, en el sentido moderno, tenías que ser una democracia. La próspera comunidad económica europea era como un imán y el billete de entrada era precisamente la libertad. Y claro, esta energía que nació en Europa pues se volvió imparable en los 80 y los 90. La ola democrática se hace verdaderamente global, saltando de continente en continente. Si miramos a América Latina, ¿qué pasó? Pues que los régimmenes militares que habían prometido orden y progreso, al final solo trajeron crisis económicas y una represión brutal. La gente se dio cuenta de que la dictadura no era la solución, sino la raíz del problema y exigieron un cambio radical. Mientras tanto, en Asia pasaba algo superinesante. El propio crecimiento económico creó una fuerza nueva y muy potente. Una clase media con estudios conectada con el mundo, que ya no estaba dispuesta a que la trataran como si fuera menor de edad. querían que sus derechos políticos estuvieran a la altura de su nuevo estatus económico. Lógico, ¿no? Pero si hay un momento que simboliza toda esta era, un momento realmente poderoso, es el fin de la parte en Sudáfrica, aquel sistema terrible de segregación racial. La victoria de Nelson Mandela y de su pueblo no fue solo para Sudáfrica, fue una victoria para la humanidad entera. La prueba de que sí la lucha por la igualdad podía derribar hasta los muros más altos. Y con todo esto llegamos al que muchos consideraron el clímax de la historia, el momento en que la otra gran alternativa ideológica, el comunismo, se vino abajo. El año es 1989, la caída del muro de Berlín. Esto fue mucho más que un cambio en el mapa. Fue por encima de todo una victoria de la gente, de los ciudadanos que pedían libertad y derechos frente a un sistema que se los había legado durante décadas. El optimismo era desbordante, tanto que el politólogo Francis Fukuyama lanzó una idea que dio la vuelta al mundo. Habló del fin de la historia. Ojo, no quería decir que no fueran a pasar más cosas, sino que el gran debate de las ideas del siglo XX había acabado y la democracia liberal no solo había ganado, sino que era, en cierto modo, la estación final del viaje político de la humanidad. Pero claro, la historia tiene la mala costumbre de no terminarse nunca. Y aquí viene el punto clave de todo esto. Ese triunfo tan espectacular fue y sigue siendo increíblemente frágil. De hecho, el siglo XXI no tardó nada en presentar nuevos desafíos. Por un lado, la apatía, el desinterés por la política en las sociedades más ricas. Por otro, una desigualdad económica que no para de crecer y, por supuesto, el auge de nuevos populismos que directamente desafían las reglas del juego democrático. Así que si hay una lección que podemos sacar del siglo XX, quizás sea esta, la democracia no es el estado por defecto del ser humano, no es un destino al que se llega y ya está a descansar. Es más bien proyecto, un proyecto político, cultural, que hay que defender, que hay que cuidar y sobre todo que hay que renovar con cada nueva generación. Aí.