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ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA I - PREGUNTAS DE EXAMEN

19 | Goethe | El descubrimiento del hueso intermaxilar

Goethe | El descubrimiento del hueso intermaxilar Relata el hallazgo de Goethe, quien demostró que el ser humano posee el hueso intermaxilar (visible en el embrión), refutando la idea de una separación anatómica radical con los animales y confirmando la unidad y continuidad del plan biológico de la naturaleza.

Transcripción

A ver, ¿qué pasaría si os dijera que uno de los poetas más grandes de la historia hizo un descubrimiento científico que, bueno, lo cambió absolutamente todo sobre cómo nos vemos a nosotros mismos? Y no, no estamos hablando de un poema, sino de un hueso. Vamos a meternos de lleno en esta historia increíble que mezcla anatomía, filosofía y al final la eterna pregunta de cuál es nuestro sitio en la naturaleza. Fijaos en la pregunta, ¿podría un solo hueso separarnos de los animales? Porque esa era ni más ni menos la gran obsesión de los pensadores del siglo XVII. La idea de que una una pequeña diferencia anatómica un huesito era la prueba definitiva de que éramos especiales. Pero a ver, era verdad y ojo que esto no era una tontería, es que trazaba la mismísima frontera entre nosotros y el resto del reino animal. La creencia de la época, el dogma, era ser simple, pero muy potente. A ver, por un lado estaba el ser humano. Se suponía que éramos únicos, que no teníamos el hueso intermaxilar y por lo tanto pues que veníamos de un origen especial casi divino. Y luego, por otro lado, el resto de animales. Todos ellos sí tenían ese hueso y por eso, pues nada, eran parte de la naturaleza. Esta diferencia, que parece una simple curiosidad, en realidad era la base, la justificación anatómica para toda la idea de la superioridad humana. Y ojo que esto no era una creencia popular sin más, ¿eh? Hablamos de científicos de mucho renombre, gente como Johan Friedrich Blumenbach, que es uno de los padres de la antropología física. Él y otros defendían esta idea a capa y espada. La ausencia de ese hueso se presentaba como un hecho científico. Vamos, la prueba clave que dejaba bien clara esa separación. Pero bueno, ¿de qué hueso estamos hablando todo el rato? Pues es el hueso intermaxilar. es esa pequeña pieza que tenemos en el cráneo, justo en la parte de delante de la mandíbula de arriba, donde van los cuatro dientes incisivos. Como veis, anatómicamente es algo muy pequeño, pero su peso filosófico era absolutamente enorme. Y aquí es cuando entra en escena nuestro protagonista Johan Wolfhang Thongats. Sí, sí, el escritor, el de Fausto. Lo que pasa es que Goete, además de poeta, era un naturalista apasionado que tenía una idea que le rondaba la cabeza sin parar, la unidad de la naturaleza. Él estaba convencido de que toda la vida estaba conectada, que tenía que haber una especie de de plan maestro, un tipo común para todos los animales. Así que, claro, la supuesta ausencia de ese hueso en los humanos para él era una pieza que no encajaba, una espina clavada en toda su visión del mundo. Podríamos resumir toda esta historia como una obra en tres actos. Primero, el dogma que dominaba el siglo XVII, el ser humano como la gran excepción anatómica. Después el giro de guion en 1784, el descubrimiento de Gete. Y por último, la consecuencia que fue un cambio de paradigma total. La humanidad volvía a formar parte de la naturaleza. Porque Gete no solo encontró un hueso, lo que encontró fue la pieza del puzle que nos devolvía a nuestro sitio, a nuestra rama en el gran árbol de la vida. Pero la pregunta es, ¿cómo lo hizo? ¿Cómo es posible que un poeta desmontara la teoría de los grandes anatomistas de su época? Bueno, pues aquí empieza la parte de investigación, el trabajo de detective. Aquí es donde se ve lo brillante que era su método, que fue pura deducción, como un detective. Paso uno, se puso a observar cráneos humanos adultos con muchísima atención y se dio cuenta de que había unas líneas muy finas, unas suturas, justo donde se suponía que debía estar el hueso. Eran como cicatrices de algo que se había unido. Paso dos, y aquí viene lo bueno, fue más allá. se puso a estudiar embriones humanos y bingo, ahí estaba la prueba definitiva. El hueso intermaxilar era perfectamente visible, estaba ahí separado antes de fusionarse con el resto de la mandíbula. Así que la conclusión era clara, no es que el hueso estuviera ausente, es que simplemente se fusiona mucho antes de nacer y por eso pasaba desapercibido. Y claro, con esta conclusión en la mano, Goete no solo estaba corrigiendo un pequeño error en un libro de anatomía, estaba abriendo la puerta a una auténtica revolución del pensamiento, porque el impacto real de este descubrimiento no estaba en el hueso, estaba en la filosofía. Vamos a ver ahora las consecuencias filosóficas, cómo este pequeño hueso fue capaz de derribar ideas gigantescas sobre lo que significa ser humano. A ver, lo primero y más importante, este descubrimiento era la prueba física que su filosofía necesitaba. Era la confirmación. demostraba que los seres humanos compartimos el mismo plano corporal, la misma estructura básica que todos los demás animales. Esa idea de la homogeneidad de la naturaleza que él tanto defendía de repente dejó de ser una idea abstracta y se convirtió en una realidad anatómica. Esto, por cierto, seentó las bases para ideas que décadas más tarde gente como Darwin llevaría mucho más lejos. Y como consecuencia directa, el principal argumento anatómico para defender un origen especial o divino para nosotros, pues se derrumbó por completo. La lógica era aplastante. Si nuestro cráneo está hecho con las mismas piezas que el de un simio, ¿con qué cara se podía seguir defendiendo que éramos una creación separada y superior? De repente, ese pequeño hueso nos anclaba sin escapatoria al resto del mundo natural. Las implicaciones de todo esto fueron, bueno, un auténtico terremoto. Para empezar, confirmó esa unidad estructural de la naturaleza. Además, nos integró de una vez por todas en el orden natural. Por supuesto, refutó de un plumazo la idea de un origen especial basado en la anatomía y lo que es fundamental, consolidó el estudio biológico del ser humano, lo que hoy llamamos antropología biológica, como una ciencia seria. Ya no éramos un misterio que iba por libre, éramos una especie más que podía y debía ser estudiada. Así que, como vemos, el legado de Gut nos lleva a una forma completamente nueva de entender nuestro lugar en el mundo. Y es que a partir de ese momento ya no había marcha atrás. Este descubrimiento es, sin duda, uno de los pilares sobre los que se construye toda la antropología biológica moderna. La tarea de estudiarnos a nosotros mismos como seres biológicos, de entender de dónde venimos evolutivamente, qué conexiones tenemos con otras especies, todo eso se convirtió en una parte esencial del conocimiento humano. Entender qué ha hecho la naturaleza de nosotros se volvió sencillamente ineludible. Y todo esto nos deja con una reflexión final, ¿no? La historia de este hueso demuestra de una forma increíble cómo un único dato, un solo descubrimiento científico, puede poner patas arriba toda nuestra filosofía, toda nuestra identidad y nos obliga a preguntarnos, si un hueso lo cambió todo en el siglo XVII, ¿qué descubrimientos? Quizá en genética, en neurociencia, vete a saber, están ahí a la vuelta de la esquina esperando para volver a cambiarlo todo mañana.