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HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA (Moderna)

2 │ Revolución científica

Basado en el libro: Introducción a la historia de la Edad Moderna Escrito por Ernst Hinrichs Creado con NotebookLM 2º AÑO DE FILOSOFÍA UNED - Lista de reproducción de :HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA (Moderna) https://www.youtube.com/playlist?list=PLwC-RDH8ScOHtrkm9OjAfhKZfj83e_y2L Lista de reproducción de :HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA (Contemporánea) https://www.youtube.com/playlist?list=PLwC-RDH8ScOHNJ4YdIsgtQ8sUSdANUo8L Chuela de estudio: https://drive.google.com/file/d/11fDcEYL-Ma4jtCNJ3N0TFSx0yqrmu4V4/view?usp=sharing

Transcripción

Vamos a sumergirnos en uno de los momentos más decisivos de la historia de la humanidad, la revolución científica. Y ojo, no hablamos solo de una época de grandes inventos, hablamos de un cambio total en las reglas del juego, una transformación radical de cómo entendíamos el universo y nuestro propio lugar en él. Es que en el siglo XV no es que se descubriera un nuevo mundo, es que se descubrió un universo completamente nuevo. La realidad misma, tal y como se conocía, estaba siendo reescrita desde cero. Para entender la magnitud de esto, hay un concepto clave. El cambio de paradigma. Fijaos, la revolución científica no fue simplemente añadir nuevos datos a las viejas teorías, fue mucho más. Fue como desinstalar por completo el sistema operativo del conocimiento que llevaba siglos funcionando e instalar uno nuevo, radicalmente diferente. Así que empecemos por el principio de todo, la ruptura de ese viejo cosmos. Vamos a ver cómo se hizo añicos una visión del universo que había durado nada menos que más de 1000 años. Durante siglos, pero siglos, eh, la visión del cosmos era esta, la tierra quieta en el centro de todo, un universo con un tamaño conocido, limitado y ordenado por principios divinos. Aquí el conocimiento no venía de experimentar, sino de la autoridad de textos antiguos. Lo que decía Aristóteles, Tolomeo o la Biblia iba a misa. Era un cosmos estable, sí, pero que estaba fundamentalmente equivocado. El cambio fue bueno, fue total. Se pasó de un universo con la Tierra en el centro a uno con el Sol. como protagonista, de un espacio finito y jerárquico a uno infinito, regido por leyes universales para todos. Y de esas órbitas circulares perfectas, que se consideraban divinas, se pasó a las elipses, que eran las que de verdad encajaban con lo que se veía ahí fuera. Claro, esto no pasó de la noche a la mañana. Las primeras grietas en el viejo edificio aparecieron por allá por 1543 con la propuesta teórica de Copérnico. Luego, a principios del 1600, Kepler, usando datos increíblemente precisos, demostró que los planetas se movían en elipses. Y ya el golpe de gracia lo dio Galileo en 1610, cuando se le ocurrió apuntar su telescopio al cielo. Galileo fue la pieza clave. El protagonista no era solo un teórico, era un observador. Al mirar por su telescopio, ¿qué vio? vio lunas girando alrededor de Júpiter, lo que probaba que no todo giraba en torno a la Tierra. Vio las fases de Venus, algo que era imposible en el modelo antiguo. O sea, lo que hizo fue aportar pruebas visuales, directas, irrefutables, que demolieron la física de Aristóteles. Pero claro, una cosa es derribar el viejo modelo y otra, muy distinta, construir uno nuevo. Y esto nos lleva a las nuevas reglas del juego, a la creación de un método para encontrar la verdad. Y aquí está la esencia de todo, el verdadero corazón de la revolución. El mayor cambio no fue un descubrimiento concreto, sino un método. La idea, que hoy nos parece obvia, pero que en su momento fue radical, era combinar la observación sistemática del mundo con el lenguaje universal de las matemáticas para poder describirlo. Por un lado, teníamos a Francis Bacon, que era, digamos, el gran apóstol del experimento. Su método era empezar desde abajo. Primero observar la naturaleza, después hacer experimentos sistemáticos. Y a partir de esos datos y solo a partir de ahí construir leyes generales. Se acabó eso de partir de grandes teorías abstractas. Su famoso lema Saber es poder lo resume todo a la perfección. El conocimiento ya no era algo para la contemplación pasiva. Se convirtió en una herramienta activa para entender, para predecir y, en última instancia, para transformar la naturaleza en beneficio de la humanidad. Y frente al método experimental de Bacon teníamos la visión racionalista de René Descartes. Para él universo era como una gran máquina, un mecanismo de relojería gigante, complejo, sí, pero totalmente comprensible, porque se regía por leyes matemáticas universales. La materia ya no tenía propiedades mágicas ni divinas, era simplemente materia en movimiento y su comportamiento se podía calcular. Bien, pues la combinación de estas dos corrientes nos lleva directamente al clímax de nuestra historia. La gran síntesis de Newton, el momento en el que un universo que hasta entonces estaba dividido en dos, el cielo y la tierra, se unificó bajo una sola ley. La pregunta que lo cambió todo era en aparencia muy simple. ¿Es posible que la fuerza que hace que una manzana caiga de un árbol sea la misma fuerza que mantiene a la Luna girando en su órbita? Una pregunta que por primera vez unía lo más terrenal con lo más celestial. La respuesta llegó en 1687. Isaac Newton publicó sus principias matemática, la obra que de un plumazo unificó los cielos y la tierra bajo las mismas leyes físicas, un antes y un después. Era la ley de la gravitación universal, una única y elegantísima fórmula matemática que explicaba el movimiento de todos los objetos del universo, desde la caída de esa manzana hasta la órbita de los planetas. era sencillamente la unificación definitiva. El resultado fue una imagen del universo completamente nueva, un universo ordenado, racional y, lo más importante de todo, predecible. Un cosmos que ya no se regía por caprichos divinos, sino por leyes matemáticas inmutables que se podían conocer y utilizar. Y para terminar vamos a ver el legado de esta revolución, cómo este nuevo pensamiento echó raíces en la sociedad y transformó la ciencia, que pasó de ser una cosa de genios aislados a una empresa colectiva y global. Y este es un cambio que a veces se nos olvida, pero es fundamental. La ciencia dejó de ser la obra de individuos solitarios para convertirse en una empresa colectiva, pública y a menudo patrocinada por los estados. El conocimiento ahora se compartía, se debatía y se construía en comunidad. Y esto no fue solo una idea, eh, tomó forma con la creación de las academias científicas. En 1660 se funda la Royal Society en Londres y muy poquito después, en 166, la Academy de S en París. Y no eran simples clubes de debate, eran auténticos motores diseñados para colaborar, publicar descubrimientos y estandarizar este nuevo método científico. Ahora bien, seamos realistas. Al principio, esta revolución intelectual afectó a una élite muy muy pequeña. Su impacto en la tecnología del día a día fue bastante limitado, salvo en campos muy concretos como la navegación o la óptica. La vida de un campesino del siglo X no cambió por esto de la noche a la mañana. Pero, y aquí está el punto crucial, aunque su impacto inmediato fuera limitado, sentó las bases culturales para todo lo que vendría después. preparó el terreno para dos revoluciones que sí que iban a cambiar el mundo por completo, la ilustración en el siglo XVII y más tarde, por supuesto, la revolución industrial. Y todo esto nos deja con una pregunta final, una idea que fue la mecha que encendió el siguiente gran capítulo de la historia. Si la razón y el método científico habían conseguido desvelar las leyes secretas de la naturaleza, ¿no podrían hacer lo mismo con las leyes que gobiernan la sociedad humana? Esa pregunta iba a definir todo el siglo siguiente.