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ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA I - PREGUNTAS DE EXAMEN

26 | Heidegger y Ortega | Problemática del animal y el animal humano

Heidegger y Ortega | Problemática del animal y el animal humano Compara las visiones ontológicas. Heidegger: el animal es "pobre de mundo" (aturdido por instintos), el hombre es "configurador de mundo" (apertura al ser). Ortega: el animal vive en "alteración" (fuera de sí), el hombre tiene "ensimismamiento" (mundo interior) y técnica.

Transcripción

Hay una pregunta que a primera vista parece sencilla, pero que en realidad quitó el sueño a dos gigantes del pensamiento, Martin Heidegger y José Ortega y Gasette. La pregunta es, ¿qué nos hace humanos? Y, creedme, sus respuestas no son nada obvias y nos obligan a darle una vuelta a cómo entendemos nuestra propia existencia. Vamos al grano. ¿Qué es lo que realmente nos separa de los animales? Y ojo que no estamos hablando de si usamos herramientas o vivimos en ciudades. Para estos filósofos la diferencia es muchísimo más profunda, está en el nivel mismo del ser. ¿Somos simplemente un animal más evolucionado o somos algo radicalmente distinto? Pues bien, lo primero que hacen tanto Heidegger como Ortega es básicamente cargarse esa idea tan popular de la escalera evolutiva, esa en la que el ser humano está en el peldaño de arriba. Para ellos nada de eso, no hay una línea continua. Lo que hay es una ruptura, un abismo que separa nuestra forma de existir de la de cualquier otro ser vivo. Y aquí entra el concepto clave, la brecha ontológica. ¿Qué significa esto? Pues que la diferencia no es de grado. No es que seamos un animal un poco más listo, no. La ruptura es total, fundamental. Es una cuestión de cómo existimos en el mundo. Venga, vamos a meternos de lleno en esto. Empezando por Heidegger. Heidegger ataca el problema desde la idea de mundo y cuidado, no se refiere al planeta Tierra, sino a, digamos, el horizonte de significados en el que vivimos, en el que las cosas nos aparecen y cobran sentido. Su propuesta es fascinante y la podemos resumir en tres puntos. Él lo plantea con tres tesis muy claras. La primera, la piedra simplemente está ahí, es no tiene mundo. La segunda, el animal es pobre de mundo. Y la tercera, la que nos define el ser humano es el único ser que configura mundo, que lo crea, que lo llena de significado. Pero, ¿qué demonios significa eso de ser pobre de mundo? La palabra alemana que usa Heidegger es fenomen. Es complicada de traducir, pero la idea es algo así como estar embargado, aturdido. Imaginemos un estado de cautiverio total. El animal está completamente atrapado en un círculo de instintos, de estímulos y respuestas y de ahí no puede salir. O sea, el animal no puede dar un paso atrás y mirar las cosas con distancia. Para él todos son estímulos. Esto es comida, aquello es peligro, eso es una posible pareja, pero es incapaz de ver una roca como roca o un árbol como árbol en su existencia independiente. Vive, por así decirlo, pegado a la utilidad inmediata de lo que la rodea. Nosotros, en cambio, sí podemos hacer eso. Rompemos ese círculo, vemos las cosas en cuanto tales, en su esencia, y esto lo cambia absolutamente todo, porque nos permite no solo reaccionar al mundo, sino darle forma, interpretarlo, crear relaciones, tejer significados. Somos, como dice Heidegger, configuradores de mundo. Y aquí viene una idea que a mí me parece brutal, una paradoja. Heidegger nos dice que nuestra libertad no nace de no tener límites, sino justo de lo contrario, de la capacidad de vincularnos, de dejarnos atar por la verdad de las cosas. Al ver un objeto tal y como es y no solo por su utilidad, nos liberamos del automatismo del instinto. Esa es la verdadera libertad, actuar desde la realidad. Muy bien, dejemos a Heidegger aparcado un momento y vayamos con Ortega y Gaset, que llega a una conclusión muy parecida, pero vamos por un camino que no tiene nada que ver. Para Ortega, todo el meollo del asunto está en nuestra capacidad de mirar hacia nuestro interior. Ortega plantea un contraste que es una maravilla. Por un lado, el animal que vive en alteración, ¿qué es esto? pues que está totalmente volcado hacia fuera a merced de lo que pasa. Y por otro ser humano, que posee la increíble capacidad del ensimismamiento, es decir, la habilidad de poner la pausa, de darle la espalda al ruido exterior y retirarse a su propio mundo interior. Para explicar de dónde sale esta capacidad tan rara, Ortega nos cuenta una especie de mito, una historia genial. Él plantea que el ser humano es en su origen una especie de animal enfermo, un raro, biológicamente defectuoso, que no terminaba de encajar en la naturaleza. Esta enfermedad, que él especula que podría ser algo así como un cerebro hiperactivo, le provoca una explosión de fantasía. De repente, este tiene un mundo interior tan potente, tan vivo, que empieza a hacerle la competencia al mundo real. ya no vive solo en la realidad, sino también en sus ideas, en sus sueños, en sus planes. Y aquí viene el giro final. Este animal desadaptado que vive a caballo entre su instinto y su desbordante fantasía, sencillamente no puede sobrevivir en la naturaleza tal cual. ¿Y qué hace? Pues se ve obligado a inventarse una sobrenaturaleza, una segunda naturaleza artificial que sí se ajuste a sus ideas y a eso lo llamamos técnica. La tecnología para Ortega no es un capricho, es nuestra forma de sobrevivir a nosotros mismos. Bueno, hemos visto dos caminos que parecen ir cada uno por su lado. El del ser, que se vincula a la verdad de las cosas de Heidegger, y el del animal enfermo, que se retira su fantasía de Ortega. Pues bien, lo más alucinante es que ambos filósofos llegan sorprendentemente al mismo lugar. La conexión es increíble. Para Heidegger escapamos del instinto a través de la vinculación con la realidad, en una huida hacia la verdad. Para Ortega lo hacemos mediante la fijación en nuestras ideas en una huida hacia la técnica. Son dos caras de la misma moneda, dos versiones del mismo escape. Y aquí tenemos la gran conclusión. A pesar de sus diferencias, tanto Heidegger como Ortega definen la esencia de lo humano como una fuga. Somos los seres que escapamos del piloto automático de la biología. Nuestra humanidad no es algo que tenemos, sino ese acto constante de romper con el automatismo para entrar en un plano diferente, un plano de verdad, de proyectos y de creación. Y todo esto nos deja con una pregunta final que yo creo que es muy de nuestro tiempo. Si ser humano es, en esencia escapar del automatismo, ¿qué significa entonces vivir en una era donde la automatización no para de crecer? Con cada tarea que le cedemos a un algoritmo, con cada decisión que dejamos en manos de una máquina, estamos reforzando lo que nos hace humanos o quizás sin darnos cuenta nos estamos acercando poco a poco a ese estado animal, a ese estar embargado del que tanto nos costó salir. Ahí queda la reflexión.