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ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA I - PREGUNTAS DE EXAMEN
27 | Cuestión feminista y cultura | Los dos conceptos de cultura
Cuestión feminista y cultura | Los dos conceptos de cultura Aborda el debate entre naturaleza y género (Amorós/Butler). Distingue dos sentidos de cultura: cultura como "ética/deber ser" (donde no cabe la naturaleza) y cultura como "técnica/funcionalidad" (estrategias de supervivencia). Permite entender el patriarcado como una estrategia funcional antigua, no una norma ética actual.
Transcripción
Es una de esas cuestiones que en el fondo nos obliga a replantearnos cómo vemos el mundo y cuál es nuestro papel en él. A ver, empecemos por aquí. Seguro que esto suena familiar. Cuántas veces hemos oído argumentos que justifican ciertos roles sociales diciendo que son simplemente naturales. Ya se sabe la idea de que las mujeres son cuidadoras por instinto o que los hombres son competitivos por naturaleza. Se da por hecho que siempre ha sido así y que por tanto debe estar escrito en nuestra biología. Bueno, pues justo ahí nos encontramos con un error de lógica de manual, un clásico de la filosofía. Es la falacia naturalista. Consiste básicamente en dar un salto mortal desde cómo son las cosas a cómo deberían ser. Es como mirar a la naturaleza, ver leones luchando y concluir que nuestra sociedad debe organizarse así, con jerarquías y competencia. O sea, se proyecta un orden social sobre la naturaleza para luego usar esa misma imagen como si fuera una ley universal que justifica nuestras costumbres. Es un truco argumental muy muy potente. Y claro, frente a esta falacia, la filosofía feminista no se quedó de brazos cruzados. Lanzó un desafío que le dio la vuelta por completo a la tortilla, proponiendo una perspectiva totalmente nueva. Y aquí tenemos una idea clave de la pensadora Celia Amoró. Lo que viene a decir es que la cultura no es una capa de pintura sobre una naturaleza ya terminada. No, no. La cultura lo redefine todo desde el principio, así que esa supuesta naturaleza original a la que se apela constantemente en realidad ya no nos sirve como una especie de guía moral fija. Es una ilusión. Y si pensábamos que eso era todo, llega la filósofa Judith Butler y sube la apesta. Para ella, el género ya no es solo algo que nos viene dado, sino que es un artificio, algo que hacemos, una especie de performance que representamos una y otra vez, o sea, una construcción cultural que es completamente independiente de nuestra biología. ¿Vale? Entonces, el punto crucial al que llegamos es este. Si la naturaleza ya no nos da respuestas, si está en silencio, parece que solo nos queda la cultura. Es una conclusión potentísima, pero que también abre una nueva caja de Pandora. Y aquí es donde la cosa se complica, porque si borramos la naturaleza de la ecuación, si decimos que absolutamente todo es cultura, nos metemos en una especie de callejón sin salida intelectual. La pregunta es inevitable. Si no hay una naturaleza humana a la que podamos acudir como punto de referencia, ¿cómo analizamos nuestros orígenes? ¿Cómo entendemos la historia de la humanidad? Parece que el análisis antropológico se queda sin un punto de partida, ¿no? Pues bien, para salir de este aprieto, la solución viene de la mano de una distinción, una distinción conceptual clave que nos va a permitir pensar con mucha más claridad. Esta es la clave de todo el asunto. Lo que se propone aquí es, digamos, separar el concepto de cultura en dos ideas distintas. Por un lado, tenemos la cultura como ética. Aquí meteríamos las normas morales, los valores, todo lo que tiene que ver con el deber ser, con cómo pensamos que debería funcionar el mundo. Y por otro lado está la cultura como función. Y esto es otra cosa. Aquí hablamos de las herramientas, de las estrategias prácticas que los grupos humanos han desarrollado a lo largo del tiempo simplemente para sobrevivir. Son las soluciones técnicas a problemas concretos. Para que se entienda perfectamente, pensemos en algo como el tabú del incesto. Visto desde esta nueva perspectiva, quizás en su origen no fue tanto un mandato moral sobre lo que está bien y lo que está mal. A lo mejor fue más bien una herramienta estratégica, una técnica de supervivencia para organizar los grupos, para crear alianzas y asegurar la viabilidad de la comunidad, tan funcional y práctica como podía serlo una lanza para cazar. Muy bien. Y entonces, ¿para qué sirve todo esto? ¿Qué ganamos al separar la cultura en estas dos categorías? ¿Por qué es tan importante esta distinción? Pues resulta que es una herramienta de análisis increíblemente potente. Para empezar, nos permite mirar al pasado y analizar prácticas como el patriarcado, no como una ley moral eterna, sino como una estrategia funcional que tuvo sentido en su momento para organizar la supervivencia. Y lo más importante es que entenderlo así como un hecho histórico no nos obliga en absoluto a aceptarlo como una regla moral válida. hoy nos permite entender el pasado sin quedar atrapados en él y de paso nos saca de esa falsa pelea entre el determinismo biológico y la idea de que todo vale. En resumen, nos da un método muy claro, casi una hoja de ruta en tres pasos. Primero, analizamos el pasado como lo que fue, un conjunto de estrategias para sobrevivir. Segundo, una vez entendido eso, usamos nuestros estándares éticos actuales para criticar y construir el presente. Y tercero, al hacer esto, superamos por fin ese debate agotador y un poco tramposo entre naturaleza y contra cultura. M.