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HISTORIA DE LA FILOSOFÍA MEDIEVAL Y RENACENTISTA II

3 5 │ Neoplatonismo │ León Hebreo

🎓 León Hebreo Basado en el libro de Rafael Herrera, LA PRIMERA FILOSOFÍA MODERNA - EL RENACIMIENTO. Creado por Borja Brun, usando NoteBookLM. Judah Abravanel, conocido como León Hebreo (ca. 1460-1530), es el representante del neoplatonismo judío. Hijo del célebre Isaac Abravanel, llegó a Italia tras la expulsión de los judíos de España (1492). Su condición de exiliado y su fe judía le permitieron desarrollar una visión original del amor que sorteaba las dificultades teológicas del cristianismo. Lista de reproducción del curso: https://www.youtube.com/playlist?list=PLwC-RDH8ScOGo4QrWAL_wgcbmWpJvvcsU

Transcripción

Hoy nos vamos a meter de lleno en un crompecabezas filosófico de los buenos, uno que ha traído de cabeza a muchísimos pensadores durante siglos. Y lo vamos a hacer con un guía de lujo, León Hebreo, un filósofo del Renacimiento que nos dejó una solución elegantísima a una pregunta que parecía imposible de responder. Así que vamos a ello. A ver, todo arranca de una idea muy potente, muy clásica que nos viene desde la antigua Grecia, la idea de que amar es en esencia anhelar, es ese deseo, esa fuerza que nos mueve hacia algo que nos falta, algo que necesitamos para sentirnos completos. Y claro, aquí es donde la cosa se complica, porque si partimos de esa base, si amar es necesitar, ¿cómo encaja eso con un ser como Dios, que por definición es perfecto, es completo, se basta a sí mismo? O sea, ¿qué le puede faltar a un ser que ya lo es todo? Pues esta contradicción es ni más ni menos la famosa paradoja del amor divino. Y en la Edad Media y el Renacimiento, esto era un auténtico quebradero de cabeza. Vamos a ver por qué este nudo era tan difícil de deshacer. El origen de todo el embrollo está en Platón. Para él, el amor Eros nace de la carencia de la pobreza. Es una fuerza que nos impulsa a buscar la belleza y la perfección que por naturaleza no tenemos. En resumen, para los griegos el amor es una forma de necesidad. Así que el panorama es este. La filosofía nos dice que amar es carecer de algo. La teología nos dice que Dios es la plenitud absoluta y la fe nos asegura que Dios ama. A primera vista, las tres cosas a la vez parecen imposibles, o quizás no. Para resolver este lío hacía falta una mente capaz de pensar fuera de los esquemas habituales. Y esa mente fue la de Yuda Abrabanel, más conocido como león hebreo. Y es que su propia vida fue en gran parte la clave de su idea revolucionaria. Hay que situarse en la época. León hebreo vivió en un tiempo de una agitación cultural brutal. Nació en Portugal, pero la expulsión de los judíos de España en 1492 lo convirtió a él y a su familia en exiliados. acabaron en Italia justo en el epicentro del Renacimiento y fue en ese caldo de cultivo donde se forjó su pensamiento. Y aquí viene lo interesante. Su condición de pensador judío le dio una ventaja intelectual enorme. A diferencia de sus colegas cristianos, él no tenía que hacer malabares para que la filosofía neoplatónica encajara con el dogma de la trinidad. Para él, el uno absoluto de los neoplatónicos y el Dios único del judaísmo eran básicamente lo mismo. Esa libertad le permitió ir directo al grano, a la esencia del problema del amor. Y lo que descubrió va mucho más allá de una simple solución teológica. Para León hebreo, el amor no es solo una emoción humana o divina, no es la fuerza fundamental que pone en marcha y mantiene unido todo el cosmos. En su gran obra, Los Diálogos de Amor nos invita a una conversación entre dos personajes, Filón, que es el amor, y Sofía, la sabiduría. Y a través de su charla nos presenta un universo que no es una máquina fría, sino un organismo vivo que late al ritmo del amor. Su misión del cosmos es genial, la podemos imaginar como un gran circuito de energía. Por un lado, hay un amor que baja, que desciende de Dios al mundo en forma de creación, de bondad, pero a la vez hay otro amor que sube, que asciende desde el mundo hacia Dios en forma de deseo de belleza. es una corriente de ida y vuelta y es justo ahí, en esa visión de un circuito de doble sentido donde se esconde la clave, la solución tan sencilla como profunda, a la paradoja que nos trajo hasta aquí. La genialidad del león hebreo fue darse cuenta de que el problema no era de lógica, era de vocabulario. Estábamos usando una única palabra, amor, para hablar de dos fenómenos que son en realidad muy diferentes. Y aquí está la joya de su pensamiento. Por un lado está lo que él llama amor hambre. Ese es el nuestro, el de las criaturas imperfectas. Nace de la necesidad, de la carencia. Amamos porque nos falta algo y deseamos recibirlo. Somos como una planta que se estira para alcanzar la luz del sol. Pero por otro lado está el amor abundancia. Y este es el amor de Dios. No nace de la falta, sino de todo lo contrario, del exceso, del desbordamiento de su propia perfección. Dios no ama para recibir, sino para dar. Es como el sol que no puede evitar irradiar luz y calor. Y así de repente zas, la paradoja desaparece. Simplemente no había tal contradicción. Pero ojo, que la cosa no acaba aquí. Para hebreo, este circuito cósmico de amor no es un simple mecanismo, tiene un propósito, un destino final para toda la creación. El fin último de estos dos tipos de amor es el mismo, la unión con el ser amado. Y el resultado de esa unión es lo que él llama delectación, una palabra que significa un gozo profundo, una alegría total y transformadora. Y ese camino hacia la unión final empieza aquí, en el mundo que nos rodea. El universo es bello porque es un reflejo de la belleza de Dios. Por eso, cuando amamos la belleza en la naturaleza, en el arte o en otra persona, estamos sin saberlo amando a Dios. La tarea del filósofo, del buscador, es simplemente darse cuenta de esa conexión, hacerla consciente. Y la culminación de este viaje la describe con una de las metáforas más bonitas de toda la filosofía. La unión final con lo divino no es una idea abstracta, no es algo que se entiende y ya. Es una experiencia directa, íntima, que el obreo llama bebiendo de la cábala y del Cantar de los Cantares, un beso intelectual. Y esto nos deja con una última reflexión. La visión de león hebreo lo cambia todo. Cada momento de belleza, cada gesto de amor deja de ser algo aislado. Se convierte en parte de ese gran circuito cósmico, un eco de ese amor abundancia que nos creó y un anhelo de ese amor hambre que nos impulsa a volver. Y nos invita a preguntarnos, ¿y si toda la belleza que vemos es solo un pequeño atisbo de un amor al que todos de alguna manera estamos destinados a regresar?