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HISTORIA DE LA FILOSOFÍA MEDIEVAL Y RENACENTISTA II
4 1 │ Neoaristotelismo │ Aristotelismos
🏛 Aristotelismos
Basado en el libro de Rafael Herrera, LA PRIMERA FILOSOFÍA MODERNA - EL RENACIMIENTO.
Creado por Borja Brun, usando NoteBookLM.
Contra la visión simplificada de que el Renacimiento fue solo platónico, existió un vigoroso Neoaristotelismo que luchó por depurar la filosofía del Estagirita de las interpretaciones escolásticas medievales. Lista de reproducción del curso:
https://www.youtube.com/playlist?list=PLwC-RDH8ScOGo4QrWAL_wgcbmWpJvvcsU
Transcripción
A ver, cuando pensamos en la filosofía del Renacimiento, casi siempre nos viene un nombre a la cabeza, uno que lo eclipsa todo, Platón. Parece que su redescurrimiento define la época entera, pero ¿y si esa fuera solo la mitad de la historia? Porque mientras Platón era la estrella en Florencia, se estaba librando una batalla feroz, casi secreta, por el alma del otro gigante de la filosofía griega. Hoy nos metemos de lleno en la increíble y a menudo olvidada historia del Aristóteles renacentista. Vamos a ver. Es posible imaginar un Renacimiento sin la Academia de Florencia, sin todas esas ideas de Platón sobre la belleza, el amor, el alma inmortal. La respuesta parece clara, imposible, ¿verdad? Pero la historia de Aristóteles en esta época es muchísimo más enrevesada y la verdad mucho más peligrosa. No fue un simple redescubrimiento, no. fue una lucha muerte por su verdadera identidad contra siglos y siglos de interpretaciones. Vale, para entender esta batalla, lo primero es desmontar un poco el mito platónico, porque detrás de todo el brillo de Florencia había otro movimiento filosófico potentísimo, muy influyente, que a menudo se nos queda en la sombra. Y esta es la clave de todo. No era para nada una simple continuación de las ideas medievales que va. Fue una lucha en toda regla, una rebelión intelectual para limpiar a Aristóteles de lo que ellos veían como La Roña de la Edad Media y así redefinirlo para un mundo nuevo y mucho más atrevido. Y esta renovación empezó, como no, con un choque de trenas. Por un lado, los nuevos humanistas que estaban obsesionados con la elegancia y la pureza de los textos clásicos, y por el otro la tradición escolástica que llevaba siglos dominando el cotarro en Europa. Ojo que en contra de lo que podríamos pensar, los humanistas no querían cargarse a Aristóteles, todo lo contrario, querían salvarlo. Tipos como Lorenzo Vaya o Leonardo Bruni se lanzaron al yugular del latín bárbaro y de la lógica que para ellos era estéril de los filósofos medievales. Su objetivo era rescatar al Aristóteles auténtico de debajo de todas esas capas de comentarios. Y esto de verdad fue un antes y un después. Se pasó de un Aristóteles que llegaba filtrado por traducciones árabes y comentarios como los de Santo Tomás, escrito en un latín que consideraban tosco, a un esfuerzo titánico por leerlo directamente en griego. Se buscaba la fidelidad al texto original, un Aristóteles limpio, elegante, una auténtica revolución filológica. Vamos. Pero es que ahora es cuando la cosa se pone de verdad interesante y peligrosa, porque una vez limpiado el pensamiento de Aristóteles estalló en dos direcciones totalmente opuestas, sobre todo en las universidades del norte de Italia con la famosa Padua a la cabeza. Y esto no era una simple discusión académica, no. Era una batalla por la naturaleza misma del alma humana. La primera facción, los aberroístas seguían al comentarista árabe Aberroes. Su idea era, bueno, era una bomba. Decían que solo existía un único intelecto universal para toda la humanidad. Y la consecuencia de esto, pues que la inmortalidad no era personal. El yo, la conciencia de cada uno, simplemente, puf, se disolvía al morir. Solo sobrevivía esa especie de mente colectiva. Y si eso ya parecía radical, los alejandristas, que seguían al comentarista griego Alejandro de Afrodicias iban todavía más lejos. Para ellos, el alma era simplemente la forma del cuerpo, inseparable de él. La implicación era demoledora. Si el cuerpo muere, el alma muere con él. Punto. Se acabó. Ni inmortalidad personal, ni colectiva, nada de nada. A ver, hay que ponerse en situación. El impacto de estas ideas en una sociedad profundamente religiosa fue brutal. Una te decía que tu yo no sobrevivía y la otra te decía que no sobrevivía absolutamente nada. Ambas eran dinamita pura para los cimientos de la fe cristiana. Así que el duelo estaba claro. Por un lado, los aberroístas partiendo de aberroes que proponían una inmortalidad impersonal. Por otro, los alejandristas desde Alejandro de Afrodicias que la negan por completo. Pero en algo estaban de acuerdo y esto era lo gordo, lo verdaderamente subversivo. Para las dos escuelas, el yo, la identidad personal, no sobrevive a la muerte. Como era de esperar, semejantes ideas provocaron un choque monumental. Y el principal adversario de estos aristotélicos tan radicales fue ni más ni menos que el gran campeón del platonismo renacentista, Marsilio Fichino. Para Fichino esto no era una discusión de salón, era un ataque directo al corazón del cristianismo. Porque a ver, si no hay alma inmortal personal, ¿qué sentido tienen el cielo y el infierno? ¿Qué pasa con los premios y los castigos eternos que son la base de toda la moral religiosa? Fichino veía en estas ideas la aniquilación total de la fe. Entonces, la pregunta es, ¿cómo sobrevivieron estos pensadores a la Inquisición? Pues con una estrategia brillante y a la vez muy polémica, la doctrina de la doble verdad. Su postura venía a ser algo así como, "Mira, como filósofo, usando solo la razón, concluyo que el alma es mortal, pero como buen cristiano por fe acepto que es inmortal." Separaban por completo lo que decía la razón y lo que decía la fe. Dos mundos aparte. Pero no se tragó ese cuento. Para él y para muchos otros doble verdad no era una solución filosófica sofisticada, sino una excusa, un escudo hipócrita para poder enseñar ateísmo puro y duro sin acabar en la hoguera. La batalla estaba servida y a pesar de toda esta movida, o quizá precisamente gracias a ella, el legado de este movimiento fue profundísimo y duradero. Marcó un antes y un después en la historia del pensamiento occidental. El camino hacia racionalismo se fue construyendo paso a paso. Primero se atrevieron a cuestionar algo tan sagrado como la inmortalidad personal. Con eso ya estaban desafiando el dogma de frente y al protegerse con la doble verdad crearon una especie de espacio seguro, un refugio, donde la razón podía funcionar por su cuenta sin tener que pedirle permiso a la teología. Y este es su gran legado. Mientras el platonismo de Fichino intentaba fusionar filosofía y religión, este aristotelismo radical trazó una línea en la arena. Se convirtió en el hogar del racionalismo naturalista. la idea de que el mundo se puede y se debe explicar con la razón y la observación sin tener que recurrir a la revelación divina. Y así cerramos con una pregunta que la verdad sigue landando que pensar. La doble verdad de los aristotélicos fue una cobardía, una mentira para salvar el pellejo, como decía Ficino, o fue en realidad una estrategia necesaria, una forma de hipocresía que permitió que ideas revolucionarias sobrevivieran y florecieran en un ambiente hostil, abriendo así la puerta al pensamiento moderno? Una cuestión que nos deja pensando en lo complicado y a veces turbio que es el camino del progreso intelectual.