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HISTORIA DE LA FILOSOFÍA MEDIEVAL Y RENACENTISTA II

4 2 │ Neoaristotelismo │ Pietro Pomponazzi

🖋 Pietro Pomponazzi Basado en el libro de Rafael Herrera, LA PRIMERA FILOSOFÍA MODERNA - EL RENACIMIENTO. Creado por Borja Brun, usando NoteBookLM. Pietro Pomponazzi (1462-1525), apodado "Peretto", fue el máximo exponente del aristotelismo paduano. Su obra Tratado sobre la inmortalidad del alma (1516) causó un escándalo mayúsculo y fue quemada públicamente en Venecia. Representa la autonomía de la razón frente a la fe. Lista de reproducción del curso: https://www.youtube.com/playlist?list=PLwC-RDH8ScOGo4QrWAL_wgcbmWpJvvcsU

Transcripción

A ver, hay ideas que que iluminan el mundo, pero ojo, hay otras que son tan incendiarias que la única respuesta que se les da es el fuego. Pues bien, hoy nos metimos de lleno en la historia de una de esas ideas, una que nació en pleno renacimiento. Vamos a situarnos. Estamos en Venecia en 1516, en pleno corazón de una de las ciudades pues más vibrantes del mundo, un hervidero de comercio, de arte, de conocimiento. Pero de repente en medio de toda esa efervescencia cultural ocurre algo, un acto de censura brutal. Un libro es condenado a las llamas, a una pira pública. La pregunta es obvia, ¿qué podía contener ese libro para merecer un destino así? Venga, vamos al lío. La historia arranca con un hombre y la verdad, un escándalo de los gordos. Y aquí lo tenemos, el protagonista de esta historia, Pietro Pomponazi, un profesor, un filósofo que tuvo la osadía de publicar un tratado que, bueno, que sacudió los cimientos del pensamiento de su época. Su objetivo era muy claro, pero también muy polémico, separar por completo lo que se puede saber usando la razón de lo que se debe creer por fe. Y esta es la pregunta que lo desató todo. Una pregunta que a primera vista parece simple, pero que tenía unas consecuencias explosivas. Pomponazi se lanzó a responderla usando solo la lógica y los textos de Aristópeles. O sea, dejó deliberadamente a un lado la Biblia y cualquier tipo de revelación divina. Vale, vamos a ver ahora el núcleo de su argumento, porque es aquí donde Pomponazi construye un razonamiento lógico que le va a llevar a una conclusión, bueno, devastadora para la doctrina de la época. Y aquí lo interesante es que Pomponazi se va directo al ayugular del argumento de Santo Tomás de Aquino, que era ni más ni menos la máxima autoridad teológica. A ver, Aquíino decía, si el alma puede pensar por sí misma, entonces es independiente del cuerpo y por tanto inmortal. Pero Pomponazi le da la vuelta con una observación muy de Aristóteles. Un momento. El alma nunca piensa en abstracto. Siempre siempre necesita imágenes, representaciones que vienen de los sentidos, lo que Aristóteles llamaba fantasmas. La cadena lógica es es que es implacable. A ver, paso uno, para pensar necesitamos imágenes, esos fantasmas. Paso dos, esas imágenes vienen de los sentidos que son parte del cuerpo. Conclusión. Paso tres, la función más elevada del alma, que es pensar depende sí o sí del cuerpo, o sea, no es una sustancia independiente. Y aquí está el bombazo, la conclusión. Siguiendo la pura razón era innegable. El alma es mortal, nace y muere con el cuerpo. No puede existir sin él. Hay que imaginarse lo que supuso esto para la Europa de 1516. Fue un auténtico terremoto, tanto intelectual como espiritual. Claro, esta conclusión habría un melón gigantesco, un problema inmediato. Si no hay vida después de la muerte, ¿qué sentido tiene ser bueno? ¿Para qué la moralidad? Esa es la pregunta que, claro, se hizo todo el mundo en ese momento. A ver, si quitas la promesa del cielo y el miedo al infierno, ¿no se viene abajo todo el chiringuito moral que sostiene a la sociedad? Pues la respuesta de Pomponazi fue tan elegante como radical. La recuperó del estoicismo y dice así: Premium virtutis esipsa Virtus. o lo que es lo mismo, el premio de la virtud es la propia virtud, no hace falta un premio externo. Y aquí es donde desarrolla toda su idea. Primero, ser virtuoso es en sí mismo la mayor felicidad a la que puede aspirar un ser humano. Segundo, si actúas bien solo para ir al cielo o por miedo al infierno, eso no es moralidad, eso es un negocio, un interés. Tercero, el vicio ya es su propio castigo porque te degrada como persona. Y lo más importante, la mayor dignidad humana está en elegir ser bueno, a pesar de saber que somos mortales, sin esperar absolutamente nada a cambio. Pero es que Pompoonazi no se quedó ahí en la ética individual. No, no. Llevó su análisis mucho más allá, hasta el papel que juega la religión en la sociedad. Y con esto se anticipó a lo que hoy llamaríamos sociología. La verdad es que fue un observador muy agudo de la naturaleza humana. Se dio cuenta de que su ética de la virtud estaba muy bien, pero era para una élite, para unos pocos filósofos. La gran mayoría de la gente, decía él, se mueve por pasiones mucho más básicas, por deseos y por miedos. Y aquí es donde suelta otra de sus ideas más peligrosas. Sostenía que las doctrinas sobre el cielo y el infierno no eran verdades reveladas por Dios, no, eran fábulas políticas. O sea, herramientas, herramientas superefectivas diseñadas por legisladores y profetas, por líderes inteligentes, para mantener a raya las pasiones de la gente y garantizar el orden social. La implicación de esto es brutal. La religión es necesaria para la sociedad, sí, pero sus dogmas no están respaldados por la razón. Dicho de otro modo, es una mentira útil. Es una verdad a nivel político esencial para que todo funcione, aunque desde un punto de vista filosófico y racional sea falso. Todo esto nos lleva a la pregunta del millón. A ver, si Pomponazi había desmantelado la inmortalidad del alma, la moral de toda la vida y hasta el origen divino de la religión, ¿cómo es posible que no acabase él mismo en la hoguera? Es que pensándolo bien, es casi un milagro que sobreviviera. Había atacado los pilares fundamentales sobre los que se asentaba toda la cristiandad. La respuesta a cómo lo consiguió, bueno, es una auténtica lección magistral de estrategia intelectual. Básicamente encontró una escapatoria, una rendija intelectual conocida como la doctrina de la doble verdad. Esto en esencia le permitió separar por completo lo que concluía como filósofo de lo que creía como cristiano. Su postura pública era, para que nos entendamos, esta. Miren, como filósofo, siguiendo la razón y Aristóteles, tengo que concluir que el alma es mortal. Pero como buen cristiano, siguiendo la fe y a la Iglesia, creo firmemente que el alma es inmortal. Era una declaración de su misión. Claro. Decía que la fe estaba por encima de la razón y esta jugada en la práctica fue la que le salvó la vida. Y aunque seguramente fue una estrategia para sobrevivir, esta jugada tuvo unas consecuencias monumentales porque sin quererlo creó un espacio seguro para la investigación racional. Al decir que la filosofía y la ciencia, bueno, que operan con sus propias reglas al margen de la teología, Pomponazi ayudó a abrir de par en par la puerta a la revolución científica que vendría después. Y así llegamos al final con una pregunta que 500 años más tarde sigue siendo increíblemente relevante. ¿Dónde debería la sociedad trazar la línea entre una verdad digamos racional y una creencia que es socialmente útil? Esa tensión que Pomponazi exploró sigue definiendo muchísimos de nuestros debates actuales. Ahí queda eso, una cuestión para darle vueltas.