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HISTORIA GENERAL DE LA CIENCIA II

4 | Capítulo 22 LA HISTORIA NATURAL Y EL ESTUDIO DE LA VIDA

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Transcripción

A ver, cuando pensamos en la revolución científica, enseguida nos vienen a la cabeza nombres como Newton, claro, o Darwin. Pero, ¿y si uno de los cambios más profundos de los que de verdad remueven los cimientos de cómo vemos el mundo ocurriera justo en medio? Pues eso pasó en el siglo XVII. Es que la ciencia no solo descubrió nuevas leyes, sino que se hizo una pregunta fundamental, una que lo cambió todo. ¿Es la naturaleza a un plan estático divino o es una historia dinámica en constante cambio? Vale, para entender bien esta revolución tenemos que rebobinar un poquito, irnos para atrás. El siglo XV nos había dejado una idea potentísima, la del universo como un gran reloj, ¿verdad? Y los animales pues como si fueran autómatas, máquinas supercplejas. Era una visión muy elegante, muy mecanicista, todo encajaba, pero tenía un problema, un gran problema. Estaba empezando a hacer aguas por todas partes. Venga, vamos a meternos en el meollo del asunto. Esta era la pregunta del millón, la que traía de cabeza a los filósofos naturales de la época. A ver, si un animal es solo una máquina, ¿cómo narices digier la comida? ¿Y el sistema nervioso? ¿Cómo funciona? O sea, el mecanicismo te podía explicar, ¿vale? El movimiento de una pata, genial, pero se quedaba cortísimo para explicar los procesos de verdad complejos de la vida. Y ojo a esta cita de Bernard de Fontenel, que es de 1742 porque da en el clavo de una forma brutal, con una agudeza increíble. Viene a decir que, vale, tú dices que los animales son máquinas, como los relojes, pero si pones una perra máquina junto a un perro máquina, pues puede que te salga una tercera maquinita. En cambio, dos relojes pueden estar uno al lado del otro toda la vida, que de ahí no sale un tercer reloj. Boom. Ahí estaba el mayor fallo de la idea del animal máquina, la reproducción. Las máquinas no se reproducen, la vida sí. Y ese ese fue el punto de ruptura total. Y aquí, en medio de todo este lío, de este debate, es donde aparecen nuestros dos protagonistas. Dos titanes con dos formas de ver el mundo que chocaban frontalmente. El primero, el sueco Carl Neo. Para él la cosa estaba clara. Si la naturaleza parecía un caos de información, él iba a ser su bibliotecario, pero no un bibliotecario cualquiera, no, el bibliotecario divino, el que iba a crear el sistema perfecto para catalogar una por una todas las obras de la creación. Y la genialidad Lineo, que es justo lo que estamos viendo aquí, fue fijarse en algo que todas las plantas tenían y que era fácil de ver. El qué, pues sus órganos reproductivos. Lo llamó su sistema sexual. Y al basar toda su clasificación en el número de estambres y pistilos, de repente zas, todo ese mundo caótico de la botánica, de repente tenía un orden, un orden racional, claro, sistemático. A ver, el sistema de Elineo se basaba en unas ideas supercaras. Primero, su objetivo no era solo científico, era casi teológico. Quería desvelar el plan divino de la creación. Segundo, su método, pues es la famosa nomenclatura binomial que usamos hoy en día, lo de Homo Sapiens, por ejemplo. Pero, y esto es lo más importante de todo, su visión del mundo era que la naturaleza es algo estático, fijo. Para el INE, las especies no habían cambiado ni un pelo desde que el mundo es mundo. O sea, su sistema de clasificación lo que hacía era revelar un orden eterno que no cambia, que siempre ha estado ahí. Y esta idea de un mundo fijo encajaba perfectamente con un concepto que era superpotente en la época, la gran cadena del ser. Hay que imaginárselo como una escalera gigante, una escalera que va desde lo más bajo, los minerales y va subiendo pasando por las plantas, los animales, luego el ser humano y de ahí para arriba hasta los ángeles y Dios. Cada dicho, cada planta, cada cosa tenía su peldaño, su lugar fijo asignado en esa jerarquía divina, un universo, en definitiva, perfectamente ordenado y, sobre todo quieto, sin movimiento. Pero claro, entonces llega nuestro segundo titán, el francés George Leclerk, el conde de Buffón. Y aquí es donde la cosa se pone interesante, porque si Lineo era el bibliotecario de la naturaleza, Buffón era su historiador. A él no le interesaban nada los catálogos estáticos, las listas, no. Él quería escribir la biografía de la naturaleza, entender su historia, sus procesos y, sobre todo, sus cambios. El contraste entre los dos es que no puede ser más bestia. Por un lado, tenemos al INneo, que se centra en la clasificación, ve la naturaleza como algo estático y busca un plan divino. Por el otro lado está Bufón. Su foco es la historia, ve la naturaleza como algo dinámico y busca causas naturales. O sea, uno describe un sistema perfectamente ordenado y el otro describe un proceso que se desarrolla. En el fondo, la batalla es esa, el orden contra el tiempo. Y las ideas de Buffón, para que nos hagamos una idea, eran, bueno, eran radicales, una auténtica locura para su época. Primero, mandó a paseo los sistemas de clasificación del INE, le parecían demasiado abstractos. Segundo, propuso que las especies podían cambiar, cambiar o degenerar, como decía él, por la influencia del clima del entorno. Luego introdujo el concepto de familias de animales que venían de un ancestro común. Su ejemplo más famoso y que fue una bomba fue decir que el asno podría ser un caballo degenerado. Y en resumen, lo que defendía era que había que estudiar la historia completa de una especie, su biografía, no solo hacerle una foto fija. Y todo esto, Buffón lo resumió en una frase que es bueno, es perfecta. El gran obrero de la naturaleza es el tiempo. Ya está. Para él, la fuerza que moldeaba, que esculpía, que transformaba el mundo natural, no era un plan divino ni nada por el estilo, ¿no? Era el tiempo. El tiempo actuando poco a poco a través de causas naturales. Y claro, esta obsesión por la historia no se podía quedar solo en los animales y las plantas. Buffón se dio cuenta de algo fundamental. Para que la vida tuviera una historia larga, el escenario, o sea, el propio planeta Tierra tenía que tener también una historia larguísima y esto le llevó a cambiar por completo cómo se entendía la historia de nuestro planeta. Aquí la tenemos, su cronología de las épocas de la naturaleza, que fue revolucionaria es poco decir. Lo que hizo fue una pasada. Se basó en experimentos calentando y enfriando esferas de metal para calcular cuánto tardaría en enfriarse un planeta como el nuestro. Y mientras todo el mundo aceptaba la cronología de la Biblia, que daba unos 6,000 años de edad a la Tierra, Buffón llega y propone una historia de decenes de miles de años. Y no solo eso, sino que la divide en épocas, la formación de los planetas, cuando aparece la vida y hasta se atreve a predecir cuándo terminará. 75,000 años. Quedémonos con esa cifra. Ese fue el número que él propuso para la edad que tenía la Tierra hasta su momento. Hoy, claro, nos parece poquísimo, pero en el siglo XVII esa cifra era un escándalo absoluto. Era más de 10 veces la edad que todo el mundo aceptaba. Y aunque se quedó corto, muy corto, lo que hizo fue abrir una puerta, una puerta crucial para la ciencia, la puerta al tiempo profundo. Y Bufón, ojo, no estaba solo en esto. Toda la geología, toda la ciencia de la Tierra estaba metida en este fregado de la historia del planeta. Había dos bandos básicamente. Por un lado, los neptunistas que decían que la gente principal era el agua. Creían que las rocas se habían formado al precipitar desde un océano gigantesco que cubría todo. Y por el otro lado estaban los vulcanistas como James Hatton, que apostaban por el calor, por el fuego interno de la tierra como la fuerza principal en un ciclo sin fin de creación y destrucción de rocas. El debate estaba servido. Así que llegamos al final del siglo. ¿Y qué tenemos? Pues un cambio de perspectiva monumental, brutal. La ciencia había cambiado la pregunta. Ya no se preguntaba cuál es el plan divino. Ahora la pregunta era, ¿cuál es la historia natural? Se pasó de ver la naturaleza como si fuera un producto ya terminado, una foto fija, a entenderla como un proceso, algo que no está quieto, que está en constante desarrollo. Y esta evolución del pensamiento se ve de maravilla en las propias imágenes que usaba la ciencia para representar la naturaleza. Es que es clarísimo. Se empezó con una escala lineal y fija, la famosa gran cadena del ser, una escalera. Luego se pasó a la idea de un mapa geográfico que sí muestra relaciones más complejas, pero sigue siendo algo estático. Y finalmente se llegó a la imagen de un árbol, una idea que empezó a asomar la cabeza a finales de siglo. Y un árbol, claro, es mucho más. No solo muestra relaciones, muestra ramificaciones, un origen común y sobre todo, lo más importante, un árbol tiene una dimensión temporal, tiene una historia. Y esta es la conclusión clave de todo este viaje. A ver, que quede claro. El siglo XVII no nos dio la teoría de la evolución. Eso vendría después con Darwin, pero le dio a la ciencia el ingrediente que era absolutamente indispensable, el que lo hacía todo posible, el tiempo profundo. Sin esa idea de una inmensidad de tiempo esa que empezaron a imaginar pensadores como Buffón, la evolución por selección natural de Darwin es que simplemente no habría tenido tiempo para ocurrir. Fue el regalo del siglo XVII a todo lo que vino después. Y todo esto al final nos deja con una pregunta que es muy actual, porque si nos paramos a pensar, ese debate entre el orden del INEO y la historia de Buffón sigue muy vivo. ¿De qué manera nuestros sistemas modernos de clasificación, desde los algoritmos que ordenan el contenido en redes sociales hasta la secuenciación genética que cataloga la vida dan forma a lo que vemos y, más importante aún, a lo que no vemos, a todo aquello que se nos escapa del mundo que nos rodea. Ahí queda la reflexión.