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HISTORIA DE LA FILOSOFÍA MEDIEVAL Y RENACENTISTA II

5 4 │ Filosofía Política │ Erasmo

📖 Erasmo Basado en el libro de Rafael Herrera, LA PRIMERA FILOSOFÍA MODERNA - EL RENACIMIENTO. Creado por Borja Brun, usando NoteBookLM. La filosofía política de Erasmo es inseparable de su humanismo cristiano y se resume en un concepto: Irenismo (búsqueda de la paz). Erasmo escribe desde la angustia de ver una Europa cristiana desgarrada por guerras fratricidas fomentadas por príncipes ambiciosos y papas guerreros (como Julio II). Lista de reproducción del curso: https://www.youtube.com/playlist?list=PLwC-RDH8ScOGo4QrWAL_wgcbmWpJvvcsU

Transcripción

A ver, si pensamos en un manual sobre cómo funciona el poder en el siglo XV, ¿qué libro se nos viene a la cabeza? Pues casi seguro que El Príncipe de Maquiabelo, ese famoso tratado sobre cómo gobernar con astucia y si hace falta con bastante crueldad. Pero y sí resulta que casi al mismo tiempo se escribió otro manual para otro príncipe con un mensaje radicalmente opuesto, un mensaje de paz, de virtud y de servicio que, bueno, ha quedado un poco en la sombra. Hoy vamos a sacar a la luz a ese rival olvidado, Erasmo de Rotterdam. Para entender bien a fondo esta figura y su pensamiento, vamos a seguir un camino muy claro. Primero, ese duelo filosófico, la historia de los dos príncipes. A partir de ahí, nos meteremos de lleno en la filosofía de la paz que define a Erasmo. Luego veremos cómo desmontó los argumentos a favor de la guerra, qué proponía él para un gobernante ideal y, finalmente, qué papel creía que debían jugar los intelectuales en todo esto. Empezamos con el que fue, sin duda, el gran duelo de ideas del Renacimiento. En una esquina el pragmatismo más cínico y en la otra el humanismo cristiano. Y aquí es donde vemos dos universos que chocan de verdad. Por un lado tenemos a Maquiabelo. Para él el fin justifica los medios. El príncipe debe ser temido. Tiene que usar la guerra como una herramienta más y su único objetivo es acumular y mantener el poder. Erasmo, en cambio, le da la vuelta por completo a la tortilla. Su príncipe gobierna con amor y con el consentimiento de su gente, porque su poder, de hecho, emana del pueblo. La meta no es la gloria en el campo de batalla, sino la paz. Y no busca el poder por el poder, sino la virtud y la sabiduría para gobernar bien. Son dos mundos, dos visiones que no podrían ser más opuestas. ¿Vale? Entonces, ¿de dónde sale esta visión tan tan radicalmente pacífica? Pues bueno, todo el pensamiento político de Erasmo gira en torno a un único concepto, pero uno muy potente. Y ese concepto es el irenismo, ojo con la palabra, que viene del griego aené, que significa paz. Y este es el pilar de toda su filosofía. No es simplemente bueno desear que no haya guerra, no. Es una búsqueda activa, tanto filosófica como teológica, de la paz y la reconciliación como el bien supremo, sobre todo en una cristiandad que en teoría debería estar unida. Y esto no era una idea abstracta, ¿eh? No era un académico en su torre de marfil. Erasmo escribía desde la pura angustia. Veía una Europa que se llamaba a sí misma cristiana, pero que estaba constantemente en guerra consigo misma. Príncipes que luchaban por vanidad y por un trozo de tierra. e incluso papas como el famoso Julio Segund que se ponían una armadura y lideraban ejércitos, un papa guerrero. Así que su pacifismo era una respuesta desesperada, casi un grito ante la brutalidad que le rodeaba. Partiendo de esta base, Erasmo no se limitó a desear la paz. No, no. construyó un caso sistemático, casi demoledor, contra la guerra, atacando una por una todas sus justificaciones. Y esta cita, esta cita lo resume todo. Dulce Vum in Expertis. La guerra es dulce para quienes no la han vivido. Es que es brutal. Solo parece algo glorioso, heroico para quienes no conocen su verdadera cara. La suciedad, la destrucción, el sufrimiento. Es una crítica directa a esa fascinación por la violencia que promovían quienes nunca habían pisado un campo de batalla. Su ataque fue por tres frentes, fue implacable. Primero desmontó la idea de la guerra justa. Decía que, vamos, casi siempre es una excusa, una máscara retórica para la ambición del tirano de turno. Luego consideraba que la guerra entre cristianos era peor aún, un sinsentido, una monstruosidad, una guerra civil entre hermanos. Pero lo más radical para su época fue su rechazo a las cruzadas contra los turcos. Su lógica era impecable. La violencia no convence a nadie. Al revés, genera más odio y endurece las posturas. La mejor forma de vencer al adversario era ser mejor cristiano, no imitar su violencia. Y esto nos lleva a un punto que es clave. Para Erasmo, la guerra es literalmente antinatural. Su argumento es casi antropológico. A ver, pensemos. Los seres humanos nacemos pues desnudos, sin garras, sin colmillos, totalmente indefensos y en lugar de armas físicas se nos dieron dos herramientas mucho más potentes, la razón y la palabra. ¿Para qué? Pues para entendernos, para persuadir. Por tanto, recurrir a la violencia es una degeneración, es rebajarse al nivel de las bestias o incluso peor, porque como él decía, los animales luchan para sobrevivir, pero los hombres lo hacen por pura vanidad. Muy bien, ya hemos visto de qué estaba en contra Erasmo, pero claro, no se quedó solo en la crítica, propuso una alternativa muy clara, un modelo de cómo debería ser y actuar un buen gobernante. Y de nuevo, esto no era un juego intelectual ni mucho menos. Su libro La educación del príncipe cristiano lo escribió en 1516 como un manual de gobierno. ¿Y para quién? Pues para el joven que estaba a punto de convertirse en el hombre más poderoso de Europa, el futuro emperador Carlos V. Era un intento real, directo, de influir en el curso de la historia. Casi nada. Entonces, ¿cómo es este príncipe ideal? A ver, su poder para Erasmo no viene del linaje, de la sangre, sino de la virtud y la sabiduría. De hecho, tiene una frase genial. Un príncipe sin filosofía es solo un tonto con corona y su relación con el pueblo no es de dueño esclavo, para nada. Es la de un padre, un servidor. El rey existe para el pueblo y no al revés. Su prioridad no es la conquista, sino garantizar la justicia y la prosperidad en casa. Y lo más importante, su responsabilidad final es ante Dios, quien le pedirá cuentas por cada vida sacrificada en el altar de su ambición personal. Y ya para terminar, Erasmo amplía el foco, porque no solo se trata del príncipe, sino también de quienes le hablan al oído, los intelectuales, los eruditos, los consejeros. Aquí Erasmo traza una línea muy clara. Por un lado está lo que él llama el intelectual aulico, el adulador de la corte. Este es el que, según Erasmo, prostituye el lenguaje. ¿Para qué? para justificar las guerras de su señor, para embellecer la violencia y enmascarar la ambición. Y frente a él sitúa al verdadero intelectual cristiano. Su misión es justo la contraria. Usar la retórica no para ocultar, sino para revelar, para exponer el horror de la guerra, para deslegitimar la propaganda velicista y para educar a todo el mundo en la belleza y la necesidad de la paz. Y esto nos deja con una pregunta final que es tan relevante hoy como lo era en el siglo X. Este dilema de Erasmo sobre el papel del conocimiento y de la elocuencia frente al poder sigue totalmente vigente. Deben servir para justificar las decisiones de los que mandan o para desafiarlas. En cualquier época, ¿cuál es la verdadera responsabilidad del intelectual? Es una pregunta que, sin duda, da para reflexionar.