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HISTORIA DE LA FILOSOFÍA MEDIEVAL Y RENACENTISTA II
6 1 │ Filosofía de la Religión │ Política y reforma religiosa
🏛 Política y reforma religiosa
Basado en el libro de Rafael Herrera, LA PRIMERA FILOSOFÍA MODERNA - EL RENACIMIENTO.
Creado por Borja Brun, usando NoteBookLM.
INTRODUCCIÓN: LA QUIEBRA DE LA RESPUBLICA CHRISTIANA Lista de reproducción del curso:
https://www.youtube.com/playlist?list=PLwC-RDH8ScOGo4QrWAL_wgcbmWpJvvcsU
Transcripción
A ver, hagamos un ejercicio de imaginación. Pensemos por un momento en un mundo con una única verdad, un orden que parecía, bueno, que parecía eterno. Vamos a explorar juntos cómo se vino abajo de una forma increíblemente violenta y cómo deentre sus ruinas nació nuestro presente. Esta pregunta es que esta pregunta es la clave de todo, porque lo que se desmoronó no fue simplemente un sistema político o de gobierno, no fue la idea misma de que existía una realidad compartida por todos. Para entender de verdad la magnitud de lo que pasó, de ese estallido, primero tenemos que visualizar cómo era ese mundo que se rompió. Un orden que durante siglos se había considerado inamovible, casi casi sagrado. Y ese orden tenía un nombre, la República Cristiana. Imaginemos una Europa, pero no una Europa de países y fronteras como la de hoy, sino una unida por una idea común, una cristiandad gobernada por dos poderes que se repartían, por así decirlo, el ciel y la tierra, el Papa y el emperador. Lo más importante aquí es la idea de certeza. Había una sola fe y por lo tanto una sola verdad. Esto creaba un tejido que lo unía todo y a todos, desde el campesino más humilde hasta el rey más poderoso, todos bajo la misma visión del mundo. La vida, en cierto modo, tenía un sentido que venía garantizado de fábrica por la institución. Claro, el mundo estaba cambiando, se descubrían nuevos continentes, avanzaba la ciencia, pero la mecha que de verdad hizo estallar todo el polvorín fue la religión. Ojo, la reforma protestante no fue una simple discusión entre teólogos, no, no fue un desafío directo a la totalidad del orden occidental. Y claro, al romperse esa unidad, Europa se hundió en el caos más absoluto, una violencia que no se libraba solo en los campos de batalla, sino también en el alma, en la conciencia de cada persona. Y este es un punto que a mí me parece fascinante. Al quebrarse la unidad de la fe, se perdieron todas las referencias comunes. De repente, ya no había una única verdad que venía dada desde arriba, sino que había varias verdades, todas compitiendo a muerte entre sí. El resultado fue ni más ni menos que una guerra civil a escala continental. Protestantes y católicos, cada uno convencido de que tenían la única verdad, lucharon a muerte para imponérsela a los demás. Todos querían restaurar la unidad, sí, pero siempre y cuando fuera la suya. Ante un caos tan absoluto, era obvio que había que encontrar una solución. Y de las cenizas de ese viejo mundo empezaron a surgir las estructuras que, de hecho, definen el nuestro. Y de ese caos surgieron dos nuevos gigantes, por así decirlo, el estado y el individuo. Y no son conceptos opuestos para nada, son dos pilares que nacieron de la misma necesidad. La de encontrar un nuevo orden en un mundo que lo había perdido por completo. Fijaos bien en esta dualidad. Por un lado, una solución hacia fuera, una solución política, el estado, y por otro solución hacia dentro, más personal, el individuo. Son como las dos caras de la misma moneda, dos maneras diferentes de crear fronteras para contener el caos. Vamos a empezar por la solución política. A ver, si ya no era posible unirse bajo una misma fe, la única opción que quedaba era unirse bajo un mismo gobernante en un territorio bien delimitado. La solución, literalmente fue levantar muros. Este principio en latín lo resume todo a la perfección. Cuyus reyó eus religió, o sea, la religión del rey es la religión del reino. Para poder detener la guerra civil se le dio al monarca un poder absoluto, pero absoluto, incluso sobre la conciencia de sus súbditos. La paz se consiguió, sí, pero a un precio altísimo, la libertad religiosa. Todo el poder se concentró en el nuevo estado soberano. Vale, el estado trajo orden por la fuerza, pero ¿qué pasaba dentro de cada persona en su conciencia? Pues ahí es donde nace la segunda gran creación de esta época. Antes de la reforma, la iglesia era la que daba todas las respuestas, la que daba sentido a la vida, a la muerte, al universo entero. Pero con la iglesia rota en mil pedazos, ese digamos suministro de sentido se cortó de raíz. De repente cada persona estaba sola. Y a esto es a lo que llamamos subjetividad moderna. Es la condición del ser humano que ya no puede confiar en una institución externa para que le diga cuál es la verdad. Ahora tiene que buscarla en su interior, en su propia conciencia, en su relación directa con Dios. Aquí nace el individuo tal y como lo entendemos hoy en día. Esta nueva soledad provocó una crisis intelectual tremenda. Si la verdad ya no estaba en la iglesia de Roma, entonces, ¿dónde demonios estaba? Los grandes pensadores de la época buscaron la respuesta mirando hacia atrás, hacia los orígenes. La pregunta era abrumadora y la respuesta, por paradójico que suene, no la buscaron en el futuro, sino en el pasado. Para construir lo nuevo, sentían que tenían que volver a los cimientos originales. Y de esa búsqueda surgieron dos grandes caminos. Por un lado, los humanistas, que buscaron respuestas en la razón de la antigua Grecia y Roma, y por otro, los reformadores, que las buscaron en la fe del cristianismo más primitivo. Dos pasados muy distintos para intentar solucionar un mismo presente en crisis. El camino humanista fue toda una revolución. Se trataba nada más y nada menos que de restaurar la dignidad de la razón humana. La filosofía, que durante la Edad Media había sido una simple sierva de la teología, ahora debía ser libre para buscar la verdad por sí misma, tal y como habían hecho los grandes pensadores, griegos y romanos. La vía reformista, en cambio, partía de otra idea. La Iglesia se había corrompido con el paso del tiempo. Así que la solución era, bueno, era saltarse 1000 años de historia medieval, ignorar todas las leyes y los ritos que había añadido Roma y volver directamente a la fuente original, al evangelio puro, al cristianismo de los primeros siglos. Lo que es paradójico y brillante de todo esto es que ambos movimientos, aunque estaban obsesionados con mirar al pasado, terminaron forjando el futuro. La vía humanista las bases de la ciencia y la filosofía moderna, mientras que la vía reformista de origen a nuestra idea del individuo y a una nueva forma de entender la política. Y así llegamos a nuestro presente, porque hemos heredado el estado y la idea de individuo como si fueran los muros construidos para contener el caos de verdades enfrentadas. La pregunta, claro, 500 años después sigue abierta. ¿Son esos muros todavía lo bastante fuertes?