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HISTORIA DE LA FILOSOFÍA MEDIEVAL Y RENACENTISTA II

7 4 │ Filosofía de la Naturaleza │Francis Bacon

📜 Bacon Basado en el libro de Rafael Herrera, LA PRIMERA FILOSOFÍA MODERNA - EL RENACIMIENTO. Creado por Borja Brun, usando NoteBookLM. Francis Bacon (1561-1626), Lord Canciller de Inglaterra, es el profeta de la Tecnociencia. Si Galileo puso las bases matemáticas, Bacon puso las bases ideológicas y sociales de la ciencia moderna. Su objetivo no es la mera contemplación de la verdad, sino el Dominio de la Naturaleza para mejorar la vida humana. Lista de reproducción del curso: https://www.youtube.com/playlist?list=PLwC-RDH8ScOGo4QrWAL_wgcbmWpJvvcsU

Transcripción

Hay figuras que no solo viven en la historia, sino que la cambian por completo, ¿no? Y una de esas figuras fue, sin duda, Francis Bacon. Se atrevió a declararle la guerra a 2000 años de filosofía. ¿Para qué? Pues para darle a la ciencia un propósito totalmente nuevo y de paso sentar las bases del mundo en que vivimos hoy. Vamos a arrancar con su frase más mítica, una que todo el mundo ha oído. Saber es poder. Claro, hoy nos puede sonar atópico a frase de taza de café, pero en su momento, uf, fue una auténtica bomba. Porque Bacon no se refería a saber por el simpleo de acumular datos. No, no. hablaba de saber para hacer, para actuar, para transformar y, en última instancia, para dominar el mundo que nos rodea. Así que para entender bien esta revolución, vamos a seguir una especie de hoja de ruta. Primero veremos por qué se le considera el profeta de una nueva ciencia y qué le molestaba tanto de los filósofos anteriores. Después analizaremos a fondo qué significaba eso de saber es poder. Nos meteremos con su método para limpiar la mente de prejuicios. Veremos su genial analogía del científico ideal y al final conectaremos todo para ver cómo su visión sí hoy en día muy presente. A ver, es importante entender que Francis Bacon no era el típico científico de Bata Blanca encerrado en un laboratorio. Para nada. De hecho, era una de las personas más influyentes y poderosas de su época, nada menos que el lord canciller de Inglaterra. Y fue desde ese puesto de poder, desde donde lanzó su gran profecía, la de lo que hoy conocemos como tecnociencia. Y bueno, ¿qué es exactamente eso de la tecnociencia? Pues es una idea que para su tiempo era rompedora. La ciencia no podía ser simplemente sentarse a contemplar el universo y pensar en grandes verdades, ¿no? Su objetivo real, su verdadera meta tenía que ser algo práctico. Tenía que ser el poder. El poder para controlar la naturaleza y con ello mejorar la vida de la gente. Claro, para levantar este edificio nuevo, Bacon sabía que primero tenía que derribar el viejo y eso significaba ni más ni menos que enfrentarse a los titanes del pensamiento, a los filósofos griegos, a los sabios medievales, a todos los que habían marcado el ritmo intelectual durante siglos y siglos. Y para atacar a toda esa filosofía antigua, Bacon usó una imagen, una metáfora que es brutal. La describió como una virgen consagrada. Pura, sí, admirable también, pero en el fondo estéril. No daba frutos, no producía nada tangible, nada que sirviera en la vida real. El contraste entre lo que había y lo que él proponía es bueno, es abismal. Fijaos, la filosofía de antes se dedicaba a la contemplación, a buscar verdades abstractas por amor al arte. En cambio, la visión de Bacon era radicalmente distinta. El conocimiento tenía que ser útil, tenía que generar inventos, crear recursos, una ciencia que diera frutos, no que se quedara en meras discusiones. ¿Vale? Entonces, si el sistema antiguo nos servía, ¿cuál era la alternativa que proponía Bacon? Porque no era suficiente con cambiar el objetivo, ¿verdad? Hacía falta también una herramienta nueva, un método distinto para poder llegar a esa nueva meta. Y aquí está la clave de todo, la utilidad. Para Bacon, el objetivo último de la ciencia era equipar a la humanidad, darle herramientas, darle nuevas capacidades, nuevas tecnologías para poder por fin dominar un entorno que muchas veces es hostil. Y aquí viene una de sus ideas más geniales y profundas. ¿Cómo se consigue ese dominio? Ojo, no se trata de fuerza bruta, se trata de comprensión. La idea es que para poder controlar la naturaleza, primero tienes que entender sus reglas, tienes que obedecer sus leyes. Y es justo aquí donde Bacon une para siempre la ciencia, la teoría con la tecnología, la práctica. La herramienta que se usaba hasta entonces era el Organon de Aristóteles, un sistema de lógica que se basaba en la deducción. Pero Bacon decía, "A ver, esto no sirve para descubrir nada nuevo, solo sirve para ordenar lo que ya sabemos." Por eso, en 1620 publica su Novum Morganum, que significa literalmente el nuevo instrumento y que se basaba en la inducción. ¿Y en qué consistía este nuevo método? Pues su método inductivo era superiguroso, muy sistemático. No valía eso de ver dos o tres cosas y saltar una conclusión gigante, ¿no? No, el proceso era lento, gradual. Había que empezar por hechos concretos, luego recopilar más y más datos con experimentos e ir subiendo, como él decía, peldaño a peldaño, con muchísimo cuidado hasta poder formular por fin una ley general. Pero ojo, que antes de poder usar bien esta nueva herramienta, había un paso previo que era crucial. Bacon se di cuenta de algo fundamental. Nuestra mente no es un espejo perfecto que refleja la realidad tal cual es, al contrario, está llena de distorsiones, de bugs, diríamos hoy, errores sistemáticos que él llamó los ídolos. La idea es muy potente. Para poder hacer ciencia de verdad, lo primero es hacer una limpieza a fondo de nuestra propia mente. Hay que pulir ese espejo interior, quitarle todas esas manchas, todos esos prejuicios que nos impiden ver las cosas como son realmente. Y Bacon fue muy metódico. Identificó cuatro tipos de estos ídolos. Primero, los ídolos de la tribu, que son los errores típicos de la especie humana, como esa manía que tenemos de ver patrones donde no existen. Luego los de la caverna, que son más personales, nuestros propios sesgos y prejuicios. Después los del foro, que vienen del propio lenguaje, de lo imprecisas que pueden ser las palabras. Y por último, los del teatro, que para él eran los grandes sistemas filosóficos antiguos, auténticas obras de teatro, ficciones que nos creemos. Y de estos cuatro, Bacon nos avisó de que los más peligrosos, los más tramposos, eran los ídolos del foro, porque las palabras que usamos para hablar entre nosotros pueden ser muy vagas, muy confusas y nos llevan a malentendidos y a discusiones que no van a ninguna parte. Un problema que si lo pensamos sigue totalmente vigente. Vale, tenemos la mente limpia y el método claro. ¿Y ahora qué? ¿Cómo tiene que ser el científico ideal? Para explicar esto, Bacon usó una analogía que es sencillamente genial, una de las más famosas de la historia de la ciencia. Primero nos presenta dos modelos que para él no funcionan. Por un lado tenemos a la hormiga. La hormiga representa al empirista puro, el que solo recoge y acumula datos sin hacer nada con ellos. Y por el otro lado tenemos a la araña. La araña es el racionalista, el que se encierra en su cabeza y teje teorías complicadísimas a partir de sí mismo, pero sin mirar nunca la realidad. Pues bien, para Bacon, el científico ideal no es ni hormiga ni araña, es una abeja. Fijaos qué maravilla. La abeja sale al mundo, va las flores y recoge el néctar. Esos serían los datos. Pero no se limita a guardarlo. Vuelve a la colmena y lo transforma con su propio trabajo en algo nuevo y mucho más valioso, la miel, que sería la teoría científica. Es la combinación perfecta, ¿no? La unión entre la observación del mundo y el trabajo de la razón. Y con esto llegamos ya a la parte final, donde vamos a ver que todo esto que pensó Bacon hace 400 años no es una simple anécdota de la historia, es mucho más que eso. Son literalmente los cimientos sobre los que hemos construido todo nuestro mundo tecnológico. Si lo pensamos fríamente, la visión de Bacon es el mundo en el que vivimos hoy. esa idea de que la ciencia es un proyecto colectivo público, la investigación que pagan los estados, esa búsqueda constante, casi obsesiva del progreso material y tecnológico, todo, absolutamente todo, tiene su origen en las ideas de Francis Bacon. Se podría decir que él escribió el guion de la modernidad y nosotros seguimos siendo los actores. Y todo esto nos deja con una última reflexión. Una pregunta para hoy. Bacon tenía claro que el progreso era dominar la naturaleza para mejorar nuestra vida material, pero claro, hoy en día con retos como la inteligencia artificial o el cambio climático, que son en parte hijos de ese mismo dominio, la pregunta es inevitable. ¿Nos sigue valiendo esa definición de progreso? ¿O quizá ha llegado el momento de buscar un nuevo bacon? agen que nos ayude a pensar qué significa de verdad progresar en pleno siglo XXI.