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HISTORIA GENERAL DE LA CIENCIA II
8 | Capítulo 27 MORFOLOGÍA Y EVOLUCIÓN
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Lista de reproducción de la asignatura:
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Transcripción
Hola a todos. Hoy vamos a meternos de lleno en la historia de una de las ideas más, bueno, más revolucionarias de toda la ciencia, la evolución. Pero ojo, porque la historia que casi todos conocemos, esa que pone a Charles Darwin como el único genio protagonista, pues resulta que se queda un poco corta. El relato real es muchísimo más rico y francamente más complejo. De hecho, vamos a empezar con una pregunta que va directa al grano. ¿Fue Darwin el primero, el inventor solitario de la idea de que las especies evolucionan? Es que a menudo nos lo imaginamos así, ¿verdad? Como una figura aislada que tuvo una revelación, pero en la realidad es muy muy distinta y mucho más fascinante. Para encontrar la respuesta de la verdad, no podemos empezar en 1859 con Darwin. No, no. tenemos que retroceder bastante en el tiempo a una época en la que toda Europa, científicamente hablando, era un nervidero de debates que, bueno, que prepararon el terreno para todo lo que vino después. Y es que es eso, mucho antes de que el mundo empezara a hablar de evolución, los científicos ya manejaban otro término para una idea que poquito a poco iba ganando fuerza. Ese concepto era el transformismo. La idea, en esencia, era que las especies podían cambiar, que no eran algo fijo creado de una vez y para siempre. La palabra evolución, de hecho, todavía no se usaba como la entendemos hoy. El término que estaba en boca de todos era este, transformismo. Y que nadie piense que era una idea de cuatro locos, para nada. Estamos hablando de pesos pesados de la Ilustración, gente como Buffón o de Dollback. Ellos ya andaban especulando con la posibilidad de que toda la increíble diversidad de vida que vemos no viniera de miles de creaciones separadas, sino de la modificación de unas pocas familias de organismos originales. Pero si hubo alguien que de verdad le dio forma de teoría a esta idea, ese fue Jean Baptist la Mark. Y fijaos en este diagrama porque es superinesante. En contra de la caricatura que a veces se hace de él, la Markinaba una simple escalera de progreso. Como vemos en su propio dibujo, ella estaba pensando en ramificaciones, en linajes que se desviaban unos de otros, ¿vale? Y cómo pensaba la Mark que ocurrían estos cambios. Su mecanismo, que es el que tenemos aquí, era la verdad muy intuitivo. A ver, lo primero, el entorno cambia. Esto, claro, crea nuevas necesidades para el animal. ¿Qué hace el animal? pues responde con nuevos hábitos, empieza a usar más unos órganos y a dejar de usar otros. Y aquí, ojo, aquí viene el punto clave de toda su teoría. Esas modificaciones que el animal adquiere en vida se heredan. O sea, que el motor de todo este cambio era básicamente la necesidad y el propio esfuerzo del organismo para adaptarse. Y mientras los naturalistas estaban con este debate sobre la idea del cambio, había otro grupo de científicos que buscaba pruebas en la propia estructura de los animales, lo que hoy llamamos morfología comparada. Anatomistas como Joffrey de Siller se hicieron una pregunta que era fascinante. A ver, si miramos más allá de las diferencias obvias de la forma externa, ¿será que podemos encontrar un plano estructural común, una especie de arquetipo que conecte a todos los vertebrados desde un pez? Y esta búsqueda les llevó a un concepto que es absolutamente fundamental. Hoy en día también, la homología. La idea es simple. Dos estructuras son homólogas y comparten un origen y digamos una arquitectura básica, aunque al final se usen para cosas completamente distintas. Y este ejemplo lo ilustra a la perfección. Mirad, la aleta de un dugongo para nadar y el ala de un murciélago para volar. Son funciones totalmente opuestas, pero si te fijas en los huesos es la misma estructura. Un hueso grande, dos más pequeños, los huesos de los dedos. La conclusión era casi inevitable. Los dos tenían que haber heredado ese plano de un antepasado común. Y es justo en este caldo de cultivo con estas ideas transformistas ya en el ambiente y con las pistas que daba la morfología, donde por fin entra en escena Charles Darwin. Su genialidad no fue, como decíamos, inventar la evolución, sino proponer un mecanismo que la explicara de forma convincente, uno que de repente hacía que todas las piezas del puzzle encajaran. Como podemos ver aquí, su teoría no fue cosa de un día, fue un proceso larguísimo. Empezó en su famoso viaje en el Beagle, donde las cosas que vio le hicieron dudar de que las especies fueran algo fijo. Años más tarde, leyendo al economista Malzus sobre la lucha por la existencia, se le encendió la bombilla y aún así se pasó más de 20 años dándole vueltas, puliendo sus ideas, hasta que por fin se atrevió a publicar su gran obra. ¿Y qué fue lo que vio en aquel viaje que le marcó tanto? Pues patrones, patrones que no cuadraban nada con la idea de creaciones separadas. Por ejemplo, en Sudamérica veía como una especie de ñandú era reemplazada por otra muy muy parecida, un poco más al sur, o encontraba fósiles de armadillos gigantes justo en los mismos sitios donde vivían los armadillos actuales, pero más pequeños. Y claro, el caso más famoso, el de las Galápagos, donde cada isla tenía su propia versión de pinzones y sinsontes, todos parecidos, pero cada uno diferente. Y todo esto al final cristalizó en su gran idea, la selección natural. Lo genial de esto es lo simple que es en el fondo. A ver, punto uno, en cualquier población hay variación al azar, no todos los individuos son clones. Y punto dos, el entorno actúa como una especie de filtro. No es que elija a nadie, es más simple. Las variaciones, que por casualidad dan una pequeña ventaja, pues permiten a sus dueños sobrevivir y reproducirse un poco más. La diferencia con la idea de la marca aquí es brutal y el ejemplo de la jirafa lo deja clarísimo. Para la Mark, la jirafa se esfuerza por llegar a las hojas altas. Su cuello se estira y esa longitud que ha adquirido se la pasa a sus hijos. Para Darwin, el proceso es otro. De entrada ya hay jirafas con cuellos un poquito más largos que otras por puro azar. Esas simplemente tienen una ventaja. Comen más, sobreviven mejor y tienen más crías que a su vez heredan ese cuello largo. El motor del cambio es totalmente distinto. El impacto de esta nueva idea fue bueno, inmenso. No solo explicaba cómo cambiaban las especies, sino que cambió por completo la forma en que nos imaginamos la historia de la vida. Y muy pronto empezaron a aparecer pruebas espectaculares en el registro fosil. Este es uno de los ejemplos más famosos de la historia, la evolución del caballo. Los paleontólogos fueron desenterrando una secuencia casi perfecta que mostraba como un pequeño del tamaño de un perro y con varios dedos se fue transformando durante millones de años en el caballo que conocemos hoy, grande y con una sola pezuña. Una pasada. Con todo esto, la vieja idea de una escala natural, esa especie de escalera de progreso con el ser humano en lo más alto, pues se vino abajo. Darwin nos dio una imagen mucho más humilde y científicamente mucho más certera, un enorme árbol con miles de ramas, donde la humanidad es solo una ramita más en un entramano de vida gigantesco y todo interconectado. Y esta metáfora del árbol fue increíblemente poderosa. Científicos como Earth Hackel se dedicaron a crear estas ilustraciones que se volvieron icónicas y que grabaron la idea en la mente de todo el mundo. Hoy en día, claro, con la genética, sabemos que las relaciones son más bien como un arbusto enmarañado, pero esta imagen transmitió a la perfección la idea revolucionaria de que toda la vida tiene un origen común. Lo que fue realmente potente de la teoría de Darwin es que de repente un montón de hechos que parecían no tener conexión en biología cobraron sentido. De pronto se entendía por qué las especies de las Galápagos se parecían a las de Sudamérica. ¿Por qué podemos clasificar a los seres vivos en grupos dentro de otros grupos? ¿Porque el ala del murciélago y la aleta del dugongo tiene los mismos huesos? ¿Okayas ballenas tienen por ahí escondidos unos huesecillos de patas traseras? Todo apuntaba a una historia compartida. Y todo esto nos deja con una reflexión final. La historia de la evolución nos enseña algo muy importante, que las grandes ideas científicas casi nunca aparecen de la nada de un solo genio. Son construcciones colectivas que se van puliendo durante generaciones. Y eso, claro, nos lleva a preguntarnos, ¿qué ideas que hoy damos por sentadas serán vistas en el futuro como un simple paso más en un camino de descubrimiento que nunca termina?