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HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA (Moderna)

8 │ Sublevaciones y guerras campesinas en Europa desde el siglo XVI hasta finales del siglo XVIII

Basado en el libro: Introducción a la historia de la Edad Moderna Escrito por Ernst Hinrichs Creado con NotebookLM 2º AÑO DE FILOSOFÍA UNED - Lista de reproducción de :HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA (Moderna) https://www.youtube.com/playlist?list=PLwC-RDH8ScOHtrkm9OjAfhKZfj83e_y2L Lista de reproducción de :HISTORIA MODERNA Y CONTEMPORÁNEA (Contemporánea) https://www.youtube.com/playlist?list=PLwC-RDH8ScOHNJ4YdIsgtQ8sUSdANUo8L Chuela de estudio: https://drive.google.com/file/d/11fDcEYL-Ma4jtCNJ3N0TFSx0yqrmu4V4/view?usp=sharing

Transcripción

A ver si pensamos en un campesino de la Europa premoderna, ¿qué imagen se nos viene a la cabeza? Pues a menudo es la de una figura pasiva, ¿verdad? Alguien que sufría en silencio los caprichos de Reyes y Señores. Pero, ¿y si esa imagen estuviera fundamentalmente equivocada? Hoy vamos a ver como 300 años de revueltas nos cuentan una historia, la verdad, completamente diferente. La pregunta clave entonces es esta: ¿De verdad aceptaron su destino sin más? ¿O fueron en realidad agentes de su propia historia? gente con ideas, con objetivos y sobre todo con la voluntad de luchar por ellos. La respuesta, como veremos, puede cambiar bastante nuestra forma de entender cómo nació la Europa moderna. Bueno, pues vamos a meternos de lleno en el tema. El historiador Ernst Hinrich lo dice bien claro. Esa imagen de pasividad es falsa. Lejos de eso, el campo europeo era un auténtico herbidero, un estado de ebullición constante. Y lo que es realmente fascinante es que estos levantamientos no eran simples explosiones de rabia sin más. Y aquí está la clave de todo. Estas revueltas no eran un caos sin ton ni son. Tenían una lógica interna muy muy clara. Eran movimientos organizados con objetivos políticos bien definidos y una idea muy profunda de lo que era la justicia. Ojo, no luchaban por una utopía futura, sino por restaurar un orden que ellos consideraban justo, la ley antigua, que sentían que los señores y los nuevos estados estaban pisoteando. Y esto nos lleva directamente a nuestro primer gran periodo, el siglo XV, una época, claro, marcada por la reforma protestante que no solo partió en dos a la cristiandad, sino que también prendió la mecha de la revolución social en el mismísimo corazón de Europa. Es que a ver, fijaos en esto. En Alemania la gente empezó a tomarse la idea de la libertad del cristiano de forma muy literal, pero también social. Los campesinos llegaron a redactar documentos como los 12 artículos de Memingen, que eran en esencia un manifieste político en toda regla. Exigían cosas como elegir a sus propios sacerdotes, abolir la servidumbre. Son demandas increíblemente modernas para la época. Pero claro, esa visión de una sociedad más justa se topó con una respuesta de una brutalidad terrible. La coalición de príncipes, que además tuvo la bendición final de Lutero, quien se horrorizó al ver el carriz que tomaba la revuelta, la aplastó sin ninguna piedad. El coste fue aterrador, se habla de más de 100,000 vidas, una masacre que silenció al campesinado alemán durante siglos. Un siglo después de esa carnicería, la lucha resurgió con muchísima fuerza, pero el enemigo, el objetivo de la ira, había cambiado. Ya no era principalmente el señor feudal de toda la vida, ahora era el nuevo estado absolutista. una máquina burocrática y militar con un hambre de impuestos insaciable, sobre todo para financiar sus guerras constantes. Este grito que se escuchó por toda Francia resume a la perfección la mentalidad de la época. No es un grito contra el rey, ojo, es un grito contra una de sus políticas más odiadas, la gavela, que era el impuesto sobre la sal. Y aquí es donde encontramos una paradoja de lo más interesante. Y aquí está la gran paradoja. Los campesinos eran leales a la figura del rey, que era alguien distante, casi sagrado. La creencia general era que el rey era bueno, pero que estaba mal aconsejado por sus ministros corruptos. Por eso, toda su rabia, toda su furia se dirigía a los agentes locales del Estado, a los recaudadores de impuestos, a quienes veían como los verdaderos culpables de todas sus miserias. Y no hablamos de pequeños motines, eh, estos movimientos eran masivos. En Francia, los crocants o los nupies llegaron a formar verdaderos ejércitos. En Rusia, líderes como Esten Carracín unieron a campesinos y cosacos en una guerra abierta contra la burocracia del zar. Y no estaban solos. Muchas veces tenían el apoyo de los curas de sus pueblos o incluso de pequeños nobles que también veían como el poder central les iba comiendo terreno. ¿Vale? Si la lucha contra el estado fiscal marcó el siglo XV, el XVI trajo un nuevo adversario. El enemigo ya no era solo una persona como el señor o el recaudador. Ahora era una fuerza mucho más abstracta, más impersonal, el mercado. Para entender esta nueva fase de revueltas es vital que entendamos este concepto, la economía moral de la multitud. A ver, ¿qué es esto? Pues es una idea muy arraigada de que el bienestar de la comunidad está por encima del beneficio de un individuo. El PAN, por ejemplo, no era una simple mercancía, era un derecho y, por tanto, debía tener un precio justo que todo el mundo pudiera pagar. Y esto nos muestra perfectamente cómo funcionaba la cosa en la práctica. Cuando el Estado, ya influido por las nuevas ideas económicas liberales, quitaba los controles de precios, el coste del grano se ponía por las nubes. La reacción era casi como un ritual. La gente no robaba el grano, sino que lo confiscaba, lo llevaba a la plaza del mercado y lo vendía al precio que consideraban justo. Luego le daban el dinero recaudado a su propietario. Era una acción para restaurar el orden moral, no para robar. Ahora la escala de estos conflictos era muy distinta según el lugar. En Europa occidental, como en la famosa guerra de las harinas en Francia, eran motines muy frecuentes, pero bastante localizados. En cambio, en el este, donde la servidumbre era mucho más dura, las revueltas eran auténticas guerras a gran escala. La rebelión de Pugachev en Rusia, por ejemplo, llegó a ser una amenaza muy seria para el propio estado zarista, casi llega a las puertas de Moscú. Y toda esta tensión acumulada durante siglos, toda esta larga historia de resistencia contra señores, recaudadores y mercados nos lleva al punto de ruptura, a 1789, el año que lo cambió absolutamente todo, cuando el campesinado francés le dio el golpe de gracia al viejo orden. En el verano de 1789, un pánico colectivo que se conoce como el Gran Mieda se extendió como la pólvora por el campo francés. Los campesinos se armaron y asaltaron los castillos de los nobles, pero su objetivo era muy específico. No iban tanto a por la sangre como a por los papeles. Quemaron los archivos señoriales, esos documentos que durante siglos habían justificado su servidumbre y sus deudas. Fue un acto simbólico y práctico de una fuerza tremenda que obligó a los políticos de París a mover ficha. La noche del 4 de agosto, la Asamblea Nacional, para intentar calmar la insurrección, decretó la abolición de todo el sistema feudal. Y ese fue el momento, el punto de inflexión. Después de siglos de ser considerados simplemente súbditos de un señor, los campesinos se convirtieron, al menos en teoría, en ciudadanos de una nación. Fue una ruptura total con un pasado de 1000 años y fue una ruptura impulsada desde abajo por la acción directa y contundente de los propios campesiños. Así que al final toda esta historia de revueltas nos deja con una pregunta bastante potente. ¿Qué nos enseña el violento final del feudalismo? sobre cómo pueden llegar a romperse las estructuras sociales más profundas, esas que parecen inamovibles. Es una lección que, desde luego, resuena a lo largo de la historia. Gracias por habernos acompañado.