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Material Complementario
DIALÉCTICA Vs RETÓRICA
Contenido extra: DIALÉCTICA Vs RETÓRICA
Transcripción
Es la idea de la mano abierta y el puño cerrado. Parece simple, ¿verdad? Pues es una metáfora que tiene muchísima amiga. Ya veréis. A ver, ¿qué tienen que ver una mano y un puño con argumentar? Suena un poco raro, lo sé, pero es que esta imagen es de verdad la clave para entender dos maneras totalmente distintas de usar el lenguaje y la razón. Vamos a ver de qué va todo esto. Pues resulta que esta idea no es nueva ni mucho menos. Nos tenemos que ir hasta la antigua Grecia. La cosa empezó con un filósofo llamado Cenón y luego la pulió nada menos que Aristóteles y la usaban para explicar la diferencia entre dos palabrejas que a lo mejor son un poco densas, dialéctica y retórica. Pero tranquilos que vamos a ver qué son en realidad. Venga, vamos con la primera parte. La mano abierta, ¿qué representa? Pues para estos pensadores, la mano abierta es la dialéctica, ¿vale? ¿Y qué es la dialéctica? Pues es básicamente el arte de buscar la verdad, pero juntos en equipo. Pensemos en la mano abierta. No aprieta, no fuerza. Lo que hace es exponer una idea, mostrarla, darle la vuelta para que se pueda mirar por todos lados sin presiones, sin miedo a que se desmonte. Y es que esta mano abierta se ve muy clara en cómo funciona. La dialéctica va de preguntar y responder, de charlar. Y ojo, no pasa nada por equivocarse y tener que rectificar. Su fuerza no está en soltar una frase lapidaria, un zasca, no, no. Su fuerza está en ser claro. Aquí el objetivo no es ganar la discusión, es entender. Es un viaje de descubrimiento. Muy bien, ya tenemos la mano abierta. ¿Qué es la dialéctica? Y si ahora cerramos esa mano, pues ahí con el puño cerrado entramos en el terreno de la retórica. Claro, si la dialéctica era para examinar, la retórica es para convencer. La mano se cierra, aprieta el argumento, lo hace compacto. Una piedra. ¿Para qué? Para lanzarlo y que impacte. Aquí ya no se trata de explorar. Se trata de ganar, de persuadir. El argumento es como una flecha directa a la diana. Y la forma de operar del puño cerrado, claro, es totalmente diferente. La retórica elige lo que le conviene, selecciona datos, los enfatiza, omite lo que no interesa y, por supuesto, tira de emoción, de imágenes, de ritmo. Su única vara de medir el éxito. Si convence, funciona. Punto. No enseña el cómo se hizo como la mano abierta. Te da el producto final ya empaquetado para causar el mayor efecto posible. Vale, ya hemos visto las dos caras, ¿no? La mano abierta y el puño cerrado. Pero la diferencia más gorda, la de verdad, no está en cómo se hace, sino en cómo se ve a la otra persona. Y aquí está el meollo de la cuestión. Con la dialéctica, con la mano abierta, la otra persona es un compañero, alguien con quien se piensa, es un copartícipe, pero con la retórica, con el puño cerrado, el otro es un público, un objetivo, un destinatario. No se piensa con él, se le intenta convencer. El cambio es brutal y esto se nota hasta en el contexto que necesita cada una. La dialéctica, la mano abierta, necesita calma, necesita tiempo. Tiempo para preguntar, para dudar, para dar rodeos, para pensar. En cambio, la retórica, el puño cerrado, lo que busca es la ocasión, el momento justo. Los griegos lo llamaban cairó para soltar el argumento y boom, conseguir el efecto deseado. Entonces, ¿qué? La dialéctica es la buena y la retórica la mala. Pues no es tan simple. Para Aristóteles el tema no era elegir una y descartar la otra. La clave para él estaba en el orden, en la jerarquía. Y esto es superimportante. Aristóteles no vivía en las nubes. Era un tipo muy práctico. Sabía perfectamente que en la vida real hay que saber convencer. Así que no, no condenaba la retórica. La veía como una herramienta útil. El problema, según él, venía cuando se usaba destiempo, cuando no tocaba. Así que, ¿cuál es el orden correcto? Pues este, primero la mano abierta. Se usa la dialéctica para darle vueltas a un tema, para buscar la verdad de forma honesta, sin ideas preconcebidas. Y solo entonces, una vez que se ha examinado y se tiene algo claro, solo entonces se cierra el puño, se usa la retórica para comunicar esa verdad de la mejor manera posible. La idea es simple, primero se piensa y luego se intenta convencer. Pero aquí viene el gran pero. ¿Qué pasa si le damos la vuelta a la tortilla? ¿Qué pasa si cerramos el puño antes de haber abierto la mano para examinar? Pues según Aristóteles, ahí es cuando la cosa se tuerce y caemos en lo que él llamaba la sofística, que no es otra cosa que el arte de convencer por convencer, sin que importe si lo que se dice es verdad o no. Es pura técnica, puro efecto, sin sustancia detrás. Bueno, y ya para ir terminando, todo esto se puede resumir en una idea final muy muy potente, una idea que deja clarísimas las prioridades de cada una. Fijaos en esta frase que lo clava. Dialéctica es pensar antes de ganar. Retórica es ganar aunque ya no se piense. Es brutal. La dialéctica pone el pensamiento primero. La retórica si se usa mal, puede poner la victoria por encima de todo, incluso si para ello hay que dejar de pensar. M.