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ÚLTIMAS TENDENCIAS DEL ARTE
El autor como productor | Walter Benjamin | 1934
Últimas tendencias del arte - Grado de Filosofía - 2º año UNED
Basado en el libro:
Arte desde los setenta. Prácticas en lo político
Autor: Aznar, Yayo; López, Jesús
Creado con Notebook LM
Transcripción
¿Puede un tweet derrocar un gobierno o una canción puede de verdad cambiar el mundo? Pues fijaos, estas preguntas que nos suenan tan de ahora, en realidad no son nada nuevas. Allá por 1934, un pensador, Walter Benjamin, se hizo una pregunta muy muy parecida en su ensayo El autor como productor. Y lo increíble es que su respuesta sigue siendo superrelevante hoy en día, así que vamos a meternos de lleno a desgranarla. Bueno, para entender a Benjamin, primero hay que ver el problema que él detectó en los debates sobre arte de su tiempo. Es que parecía que todo se reducía a una especie de elección imposible, ¿no? O tu obra tenía el mensaje político correcto o tenía calidad artística, como si fuesen dos cosas que no pudieran ir de la mano. Pero a ver, ¿de verdad es así? ¿Hay que elegir? Pues precisamente por ahí va el tema. Benjamin sostenía que este enfoque tan tradicional, esta pelea constante entre el mensaje, la tendencia y la calidad era un debate que no llevaba ninguna parte. Un callejón sin salida, vamos. Y justo aquí es donde arranca toda su crítica. Claro, es que tenías dos bandos. Por un lado estaban los que decían, "No, no. Lo importante es que la obra tenga la tendencia política correcta, el mensaje adecuado, y por el otro los puristas, que solo se fijaban en la calidad, en si era una obra de arte con mayúsculas. Y según Benjamin, estos dos bandos estaban enfrascados en una discusión que, en el fondo no iba a ningún sitio. Y es que a Benjamin todo esto le parecía, como él decía, estéril. Un debate inútil, un callejón sin salida. Para él, el simple hecho de tratar el mensaje y la calidad como dos cosas separadas que encima a menudo chocaban era un error de base, un error que nos impedía ver el verdadero poder, el verdadero potencial que tiene el arte. Y aquí es cuando llega el momento clave, porque Benjamin, en lugar de intentar solucionar este debate, hace algo mucho más radical. Le da una patada y lo aparta. propone una pregunta completamente distinta, una que de repente lo cambia todo. A ver, la pregunta de siempre era bastante sencilla, ¿verdad? Se centraba solo en el contenido. Básicamente era, "Oye, ¿esta obra está a favor o en contra del sistema? ¿Su mensaje es reaccionario o es revolucionario?" Y ya está, no había mucho más. Pero aquí viene el giro genial de Benjamin. En lugar de preguntar por la actitud de la obra, él pregunta por su posición. Y esto es un cambio brutal. Ya no es qué dice la obra, sino qué hace, qué función cumple dentro del propio sistema que la produce, cómo opera, cómo funciona en la práctica. Entonces, ¿qué es lo que conecta a esas dos cosas que parecían separadas? El mensaje y la calidad. Pues para Benjamin la respuesta es clara. La técnica, o sea, el cómo está hecha una obra es la clave de todo. Él decía que una obra que quiere ser políticamente revolucionaria no puede, simplemente no puede usar las mismas técnicas de siempre. La innovación técnica no es un añadido, es parte de su política. Son la misma cosa, inseparables. ¿Vale? Y esta idea tan potente nos lleva lógicamente a un modelo de autor totalmente nuevo. Ya no hablamos de alguien que se limita a informar, sino de alguien que opera, que actúa, lo que Benjamin llama un escritor operante. El contraste que pinta Benjamín es clarísimo. Por un lado, tienes al escritor, que es un mero espectador, ¿no? Alguien que se limita a describir el mundo, a contar lo que ve de forma pasiva. Pero por otro lado está el nuevo modelo, el autor que se remanga, que interviene, que participa y se convierte en un verdadero combatiente, en un agente del cambio. Y para que esto no se queden en teoría, pone un ejemplo muy potente, el del escritor soviético Sergei Tertiakov. A Tetiakov lo mandan a una granja colectiva. ¿Y qué hace? Se sienta a un lado a tomar notas para su libro. ¿Qué va? se metió hasta el fondo, organizó reuniones, recaudó dinero para comprar tractores, se puso a editar el periódico de la granja, hasta llevó el cine y la radio. O sea, que borró por completo la frontera entre ser escritor y ser un productor, un activista. Todo esto nos lleva a otra de las grandes preguntas de Benjamin. ¿Cuál es la relación del artista con lo que él llama el aparato cultural? Y con aparatos se refiere a todo, los teatros, los periódicos, las editoriales, toda la maquinaria cultural. Aquí es donde distingue entre dos formas de actuar. Una es simplemente abastecer el aparato, o sea, darle contenido, aunque sea contenido revolucionario, a los periódicos, teatros y editoriales que ya existen. La otra, que es la que a él le interesa, es transformar ese aparato, cambiar cómo funcionan esas instituciones desde dentro para que sirvan a fines completamente nuevos. La diferencia es abismal, porque claro, aquí está la gran trampa del sistema. No vale solo con meterle contenido revolucionario. ¿Por qué? Porque el aparato de producción burgués, como lo llama él, es un experto en absorberlo todo. Puede la idea más radical, la crítica más feroz y ZAS la convierte en un producto de consumo más, en entretenimiento inofensivo. La rebeldía se convierte en una moda, en una mercancía. ¿Vale? Entonces, si abastecer no es suficiente, ¿cómo se transforma el aparato? Para explicar esto, Benjamin recurre a un ejemplo que para él era magistral. La obra de su amigo, el dramaturgo Bertol Brech. Es que el objetivo de Brecht no era para nada escribir obras de teatro con un mensaje nuevo y ponerlase de los teatros de siempre, ¿no? Su meta era mucho más ambiciosa, era refuncionalizar, es una palabra un poco rara, un funcionum en alemán, pero significa cambiar la función de algo. Quería transformar la experiencia teatral desde la raíz, cambiar su propósito. Y la diferencia es brutal. Pensemos en el drama de toda la vida. busca que el público se sumerja en la historia, que se olvide de que está en un teatro, que sienta emociones, que llore, que ría. El teatro épico de Brecht hace justo lo contrario. Rompe esa ilusión a propósito. ¿Para qué? Para que el espectador no solo sienta, sino que piense, que se distancie y adopte una postura crítica ante lo que está viendo. ¿Y cómo lo hacía? Pues con un montón de técnicas que hoy nos pueden sonar familiares, pero que en su día fueron una bomba. Por ejemplo, interrumpía la trama de repente con una canción que no venía cuento o ponía carteles con texto en el escenario o los actores de pronto dejaban de actuar y le hablaban directamente al público. Todo esto servía para romper el hechizo, para recordarle a la gente que estaba en un teatro y obligarla a analizar, a preguntarse, "Un momento, ¿por qué pasa esto en el escenario y en mi vida?" Y todo este camino, desde la crítica al debate inicial hasta el ejemplo de Brecht, nos lleva a la gran conclusión de Benjamin, a su propuesta final sobre cuál debe ser el rol del autor en la era moderna. Y la imagen que usa es muy potente, el escritor como ingeniero. La idea es es potentísima. El autor debe dejar de ser un simple abastecedor del aparato de producción, alguien que solo le echa carbón a la máquina. tiene que convertirse en un ingeniero. Alguien que mira esa máquina y en lugar de alimentarla se pregunta, "Vale, ¿y cómo rediseño yo esto? ¿Cómo puedo adaptar este aparato para que sirva a los fines de la revolución?" Y el objetivo final de esta transformación es muy muy claro. Se trata de empoderar a la gente, de romper esa barrera entre el que crea y el que consume. El objetivo es convertir a los espectadores en colaboradores, a los consumidores pasivos en productores activos. tanto en el ámbito cultural como en el social.