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ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA II
EL DESAFÍO A LA FILOSOFÍA Y A LA TEOLOGÍA PAUL RICOEUR
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Lista de reproducción ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA II
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Transcripción
Vamos a meternos de lleno en uno de los laberintos más complejos y antiguos del pensamiento humano, el problema del mal. Y es que esto no es un simple ejercicio intelectual, eh, es una pregunta que nos golpea directamente, que nos obliga a replantearnos casi todo. Aquí está la pregunta del millón, la que resuena a lo largo de los siglos. Si partimos de la idea de un Dios que lo puede todo y que es la bondad personificada, entonces, ¿cómo es posible que el mundo esté lleno de maldad y sufrimiento? Es un nudo lógico, una contradicción que ha traído de cabeza a filósofos y teólogos desde siempre. Pues bien, a este intento de cuadrar el círculo, de resolver el rompecabezas, se le puso un nombre, Teodisea. El objetivo es, en el fondo, puramente lógico. Se trata de demostrar que estas tres ideas, uno, Dios es bueno, dos, Dios es todopoderoso. Y tres, el mal existe, pueden ser ciertas a la vez sin que el universo implosione por la contradicción. Pero un momento, antes de lanzarnos a buscar respuestas, tenemos que pararnos a pensar, porque de qué hablamos exactamente cuando decimos el mal, resulta que no es una sola cosa ni mucho menos. Hay una distinción clave que la verdad lo cambia todo. Y aquí es donde el filósofo Paul Ricord nos da una herramienta fundamental. nos dice, "Ojo, que no es lo mismo." Por un lado, tenemos el mal que uno hace, el mal que se comete, el pecado. Vaya, esto implica ser activo, tener una responsabilidad, sentir culpa. Pero por otro lado está el mal que se padece, el mal sufrido. Y aquí el papel es el contrario, es pasividad, es ser víctima, es el dolor y el lamento. Y claro, aunque son dos cosas distintes, a menudo son las dos caras de la misma moneda. Están totalmente conectadas. piénsalo, es evidente. El mal cometido por una persona, un acto de violencia, por ejemplo, se transforma inmediatamente en el mal sufrido por otra. Es una conexión terrible, pero real. Venga, viajemos un poco hacia atrás en el tiempo. ¿Cómo intentaron nuestros antepasados darle algún sentido a todo este sufrimiento? Las primeras grandes respuestas no vinieron de tratados de filosofía, sino de algo mucho más viceral, más antiguo. Las primeras explicaciones vinieron del mito. Los mitos eran esos grandes relatos que lo ponían todo en su sitio. Te contaban cómo se había creado el mundo, cómo surgieron los dioses y los humanos. Y de paso, claro, te explicaban por qué nuestra existencia está tan marcada por el sufrimiento. Le daban un marco, un sentido global. Y de estos mitos y de la literatura sapiencial surge una idea potentísima, una que ha calado hasta los huesos en muchas culturas, la doctrina de la retribución. La lógica parece aplastante, ¿no? Si sufr, por algo será. Todo sufrimiento es en el fondo, un castigo merecido por algo que has hecho, aunque ni siquiera te acuerdes. El sistema parece perfecto, ¿verdad? causa y efecto. Pero esta lógica tan ordenada se hace a Nicos cuando choca con una realidad incómoda. La pregunta que lo dinamita todo. ¿Y qué pasa con el inocente que sufre? ¿Qué pasa cuando alguien que es manifiestamente bueno lo pasa fatal? Y esa pregunta tiene un nombre propio en nuestra tradición, Job. La historia de Job es ni más ni menos que el test de estrés definitivo para la idea de la retribución. Un hombre bueno, justo, que de la noche a la mañana lo pierde absolutamente todo. Su historia no es una explicación, es un grito, un lamento que se revela contra la idea de que su dolor sea un castigo justo. El lamento de Job dejó un hueco enorme, una pregunta sin respuesta. Hacía falta un enfoque nuevo, un giro de guion y vaya si lo hubo. Llegó de la mano de una figura monumental que cambió las reglas del juego en Occidente, San Agustín. El movimiento de Agustín fue sencillamente genial. Le dio la vuelta a la tortilla. Dijo, "Miren, estamos haciendo la pregunta equivocada. La cuestión no es un de malum, ¿de dónde viene el mal?" Como si fuera una cosa que flota por ahí. La pregunta clave es un de malum fachaamus. Es decir, ¿desde dónde? ¿Desde qué parte de nosotros hacemos el mal? De repente el foco ya no está en el cosmos, está en la voluntad humana. Para dar respuesta a su propia pregunta, Agustín lanza una idea radical. sostiene que el mal no es nada en sí mismo, no tiene sustencia, no es una cosa. El mal es simplemente una ausencia, una carencia de bien. Es como la oscuridad. La oscuridad no existe por sí misma, es solo la falta de luz o el frío, que es la falta de calor. Ahora bien, si aceptamos que todo mal es en origen un mal moral, una mala elección de la voluntad, esto tiene una consecuencia lógica inevitable. ¿Qué hacemos con el sufrimiento? con el mal sufrido. Pues para que todo el sistema sea coherente, Agustín tiene que afirmar que todo sufrimiento es, en última instancia, un castigo justo, una poena, por un pecado. Pero claro, esto nos devuelve de cabeza al problema de Job. ¿Por qué sufren los que parecen inocentes como un bebé? Para que el sistema no se venga abajo, hace falta una pieza más en el puzzle, una pieza teológica clave, la doctrina del pecado original, la idea de que toda la humanidad hereda una especie de culpa primordial y por tanto nadie es completamente inocente. Así el círculo lógico se cierra. Damos otro gran salto en la historia y aterrizamos en la ilustración. La edad de la razón con mayúsculas. Aquí la ambición de los filósofos es enorme, construir sistemas de pensamiento totales, perfectos, irracionales que puedan explicarlo absolutamente todo. Y por supuesto, el problema del mal estaba en el punto de mira. Y aquí el canteón del optimismo sistemático es sin duda, Livnith. Su argumento es muy ingenioso. Dice, "Bueno, un poco de mal es inevitable porque cualquier cosa creada es por definición imperfecta. Pero como Dios es infinitamente sabio y todo lo hace por una razón, ha elegido crear de entre todas las opciones el mejor de los mundos posibles, es decir, aquel en el que el balance entre bien y mal es el más favorable. Y si lo de Lightnith ya parecía optimista, lo de Hegel es otro nivel, porque Hegel va más allá. Para él mal, la negatividad, el conflicto no es un fallo a tolerar. Qué va, es una pieza funcional del sistema. Es el motor mismo de la historia. Es a través de la lucha y la contradicción como el espíritu, la razón avanza y progresa. El mal en su sistema casi se convierte en algo bueno. Estos sistemas son intelectualmente deslumbrantes. Todo encaja la perfección, pero tienen un problema de base, un punto ciego tremendo. Y esta frase de Paul Record lo resume de manera magistral. ¿Qué es lo que se queda fuera de estos esquemas tan perfectos? El sufrimiento concreto, el lamento de la víctima. Para que la lógica del sistema funcione, el dolor individual tiene que ser ignorado, disuelto en la gran narrativa de la historia. Y este fallo nos lleva directamente al pensamiento más contemporáneo, a una conclusión un poco desoladora, pero quizá más honesta. Y si el problema no estaba en las respuestas, sino en la propia ambición de crear una respuesta total. Y si el intento de construir un sistema que lo explicara todo estaba condenado al fracaso desde el principio. Vamos a insistir en esto porque es la clave de todo. La razón por la que estos proyectos tan grandiosos nos dejan un sabor amargo es esta. Para que sus cuentas salgan tienen que hacer oídos sordos al grito del que sufre. La reconciliación que proponen es a costa de silenciar a la víctima. Llegados a este punto, la pregunta es inevitable. Si los grandes sistemas han fracasado, si no pueden dar una respuesta satisfactoria al lamento de Job, ¿qué nos queda? ¿Significa eso que hay que tirar la toalla, que la única opción es dejar de pensar en el problema y simplemente aguantar? Pues no, no necesariamente. De nuevo, Ricker nos abre una puerta, nos propone una vía alternativa, quizá más humile. En lugar de obsesionarnos con encontrar la respuesta final, el sistema perfecto, quizá lo que toca es aprender a pensar de otra manera, de una forma quebrada, fragmentaria, una forma de pensar que asuma, que no lo puede explicar todo, que respete el misterio y lo irreductible del sufrimiento. Y así llegamos al final, no con una respuesta, sino con un nuevo punto de partida. Si aceptamos que ninguna teoría, por brillante que sea, puede contener y justificar por completo la realidad del mal, entonces el foco de la pregunta cambia radicalmente. Ya no es, ¿cómo lo explicamos? Sino que se convierte en, ¿y ahora qué hacemos? ¿Cómo respondemos en la práctica ante el mal? Y esa esa ya no es una pregunta solo para filósofos, nos interpela a todos.