← Volver al buscador
ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA I
FENOMENOLOGÍA Y HERMENÉUTICA
ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA I - Grado de Filosofía - 2º año UNED
Creado con Notebook LM
Transcripción
Vamos a desentrañar la fenomenología y la hermenéutica. Suenan a conceptos muy complicados, ¿verdad? Pero resulta que están en el mismísimo corazón de cómo experimentamos la vida. Para que nadie se pierda, esta es nuestra hoja de ruta. Empezaremos viendo el panorama general, las dos grandes corrientes. Luego iremos al meollo, a la idea que lo inició todo. Veremos cómo se aplica y cómo nos lleva casi sin querer a la siguiente gran idea. Vamos, un paso a paso para que todo quede clarísimo. Bueno, lo primero es lo primero. Hay que quitarse de la cabeza esa imagen del filósofo aburrido en su despacho. Porque la fenomenología y la hermenéutica no son ideas polvorientas, no, no fueron una auténtica revolución en el siglo XX y sus efectos, sus ondas expansivas todavía hoy definen cómo pensamos y discutimos sobre casi todo. Y para hacernos una idea de la escala de este de este terremoto intelectual, basta con echar un vistazo a esta lista. Ojo que no hablamos de dos o tres pensadores aislados, estamos hablando de una constelación de mentes increíbles, desde el fundador Huserl hasta figuras como Hann Arent o nuestro Ortega y Gasette. Esto fue un movimiento global que de verdad cambió las reglas del juego. Vale, pero ¿por qué hizo falta una revolución? ¿Qué problema había? Pues imaginemos la filosofía de la época como un debate interminable sobre conceptos que hablaban de otros conceptos, una especie de torre de marfil hecha de palabras que se había desconectado por completo de la realidad, de la vida, de la experiencia de estar aquí y ahora. Y en medio de todo eso surge un grito de guerra, una misión que lo resume todo. Basta ya de discutir en el aire. El objetivo era tan simple como radical. Había que volver a la fuente, a la experiencia pura y dura. O como decía su famosa máxima, había que volver a las cosas mismas. Muy bien, vamos al núcleo de la cuestión. ¿Por qué todo este movimiento filosófico se sostiene sobre un único pilar, una sola regla de oro? La formuló el padre de la fenomenología, Edmund Hushell, y él mismo la llamó casi nada el principio de todos los principios. Esta idea, claro, no salió de la nada. Como vemos aquí, se fue gestando hasta que cristalizó en un año clave, 1913. Huser publica su obra Ideas y ahí, negro sobre blanco, deja por escrito ese principio que lo iba a cambiar todo. Y lo más curioso es que casi al mismo tiempo aquí en España, Htera y Gaset estaba llegando a una idea muy muy parecida por su cuenta. Aquí está. La frase original con todo su rigor académico, toda intuición originariamente dadora. Suena denso, ¿verdad? Pero vamos a traducirlo. Lo que Husel está diciendo es algo absolutamente revolucionario. La única fuente válida de conocimiento es la experiencia directa, lo que él llama intuición. Es decir, si algo se nos presenta en nuestra propia experiencia, eso es esa es la verdad. No hay que ir a buscarla en teorías, solo hay que aceptarla tal cual se nos da. Y en esta comparación se ve de maravilla. A la izquierda la versión académica de Huser. A la derecha la genialidad de Ortega que usa una metáfora increíble. En la experiencia la cosa no nos manda un representante, aparece en persona. Son dos formas de decir lo mismo, una técnica y otra poética, pero la idea de fondo es radical. El conocimiento de verdad es un cara a cara con la realidad. Sin intermediarios. Vale, genial, ya tenemos el principio. Pero, ¿y esto para qué sirve? Una idea, por muy buena que sea, tiene que poder usarse. Así que, ¿cómo se lleva esto a la práctica? ¿Cómo se convierte este principio en un método para pensar con más claridad? Pues el método es, en el fondo, un camino de vuelta. Se coge un concepto abstracto, una de esas palabras grandilocuentes como justicia, belleza, amor. Y en lugar de perderse en definiciones, se hace la pregunta clave. Vale, pero ¿a qué experiencia real y concreta apunta esta palabra? Se trata de anclar los conceptos a la vida para que no se los lleve el viento. Pero justo cuando parecía que ya teníamos la solución a todo, basta con volver a la experiencia y punto. La propia filosofía nos pone un pequeño obstáculo. Surge un pero, una pregunta bastante incómoda que bueno que lo complica todo un poco. Y esa pregunta es esta, la pregunta del millón. De hecho, ¿de verdad es posible tener una experiencia pura? ¿Podemos acceder al mundo así, sin filtros? Lo más irónico es que fue el propio intento de volver a la experiencia lo que obligó a los filósofos a enfrentarse a esta duda. Y la respuesta a la que llegaron los sucesores de Huser fue un no bastante claro. Nuestra experiencia nunca es como una página en blanco, siempre está, por así decirlo, teñida. Teñida por el idioma que hablamos, moldeada por nuestra cultura, filtrada por la historia que cargamos a las espaldas. Así que la conclusión es inevitable. No solo tenemos experiencias, las estamos interpretando sin parar. Y el darnos cuenta de esto es lo que da nombre a la segunda gran corriente de la que hablamos hoy, la hermenéutica, que no es otra cosa que el arte y la ciencia de la interpretación. Y lo más fascinante es que fue el propio alumno de Husel, Martin Heidegger, quien vio que este era el siguiente paso lógico. El camino que había abierto su maestro llevaba directamente aquí. Por eso es superimportante entender que esto no es una pelea entre dos ideas. No es fenomenología contra hermenéutica. Al revés, la hermenéutica no viene a tumbar a la fenomenología, viene más bien a completarla. Son como dos partes de la misma gran historia. Se podría ver así. La fenomenología es como la llamada a la aventura, el vayamos a la experiencia. Y la hermenéutica es esa voz sabia que nos recuerda, ojo, que ese viaje que haces siempre será una interpretación. No se contradicen. Son dos caras de la misma búsqueda de la verdad. Yeah.