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ÚLTIMAS TENDENCIAS DEL ARTE
La invisibilización urbana de las clases populares | Jean Pierre Garnier
Últimas tendencias del arte - Grado de Filosofía - 2º año UNED
Basado en el texto de Jean Pierre Garnier: La invisibilización urbana de las clases populares.
Creado con Notebook LM
Transcripción
¿Alguna vez al pasear por el centro de una gran ciudad hemos tenido la sensación de que falta gente, la gente de toda la vida? Parece que las clases populares sencillamente se han esfumado de nuestros barrios y también de la conversación pública. Hoy vamos a analizar a fondo por qué pasa esto de la mano del sociólogo Jeanpier Ganier. Es una historia que va de ideología, de política y sobre todo de cómo se diseñan nuestras ciudades. Y esta es la gran pregunta, la pregunta del millón que plantea Garnier y que va a ser nuestra guía. ¿Dónde se ha metido el pueblo? Es una pregunta con Migaga, eh, porque hoy en día oímos hablar de ciudadanos, de consumidores, incluso de excluidos, pero la palabra pueblo o clase trabajadora es como si se la hubiera tragado la tierra. Vamos a ver qué se esconde detrás de este silencio. Bueno, para empezar hay que entender una cosa que es clave. No es que la gente haya desaparecido físicamente, claro, la cosa es mucho más sutil. Se trata de un borrado, un borrado progresivo del discurso político, de los medios de comunicación, incluso de la universidad. Es como si una parte gigantesca de la sociedad se hubiera vuelto invisible para quienes toman las decisiones y marcan la agenda. Fíjense, por ejemplo, en cómo ha cambiado el lenguaje que usamos. Antes se hablaba de proletariado, de explotación. Palabras que nos gusten o no, señalaban un conflicto muy claro. Ahora el vocabulario es mucho más sua: ciudadano, exclusión, cuestión social. Este cambio, claro, no es ninguna casualidad. lo que hace es desactivar por completo la idea de un conflicto entre clases. Convierte los problemas sociales en algo parecido a fallos individuales, como si el sistema fuera perfecto y el problema fuera de que no consigue integrarse. Para ir a la raíz de todo esto, Garnier nos recuerda una distinción clásica del marxismo. Primero tenemos lo que se llama la clase en sí. Pensemos en esto como una foto de la realidad, algo objetivo. Es el grupo de personas que comparten una misma posición económica. Por ejemplo, todos aquellos que viven de vender su fuerza de trabajo, se hable de ellos o no, esa condición material está ahí, existe. Pero aquí, aquí viene el salto crucial, el que según Garnier hemos perdido por el camino, la clase para sí. Esto es lo que pasa cuando ese grupo de gente se da cuenta de que tiene intereses comunes y decide organizarse para luchar por ellos. Es el momento exacto en que un grupo se convierte en un actor político con voz propia y es precisamente esa consciencia, esa unidad colectiva la que se ha ido debilitando hasta casi casi desaparecer. Y mirad, esta cita de Warren Buffett es que lo resume de una forma brutal. Mientras la conciencia de la clase popular se desvanece, Garnier nos dice que la clase dominante tiene clarísimos cuáles son sus intereses y la batalla que está librando. Como dijo el propio Buffett, la lucha de clases existe y es la suya, la de los ricos, la que va ganando por goleada. Y para que quede claro que invisibilidad no significa ni de lejos desaparición, aquí va un dato que es demoledor. En Francia, si sumamos a los obreros y a los empleados con baja cualificación, que viven realidades muy parecidas, tenemos atentos un 58% de la población. Son la mayoría social, una mayoría, eso sí, completamente silenciada. Claro, todo esto nos lleva de cabeza a la política porque si las clases populares han perdido esa conciencia de grupo, entonces, ¿quién habla por ellas? La respuesta, según este análisis, es bastante desoladora, prácticamente nadie. Pues resulta que los partidos que históricamente eran la voz de la clase trabajadora han cambiado de bando, por así decirlo. Ahora su base electoral son las clases medias con estudios superiores y su agenda, pues ya no gira tanto en torno al empleo o a los salarios, sino a otras cuestiones que llaman societales. Y si a esto le sumamos que los sindicatos, que eran la gran herramienta de organización obrera, han perdido una fuerza inmensa, el panorama se complica. Y aquí está lo más grave. Esta falta de representación tiene consecuencias muy serias. La primera, la más obvia, es la desafección, una abstención masiva, sobre todo en los barrios populares. El sistema se convierte en lo que algunos llaman una democracia sin el pueblo. Y cuando votan, muchos lo hacen por opciones de extrema derecha y no tanto por convicción, sino como un grito desesperado, como una forma de protesta contra un sistema que sienten que les ha dado completamente la espalda. Pero a ver, ¿cómo es posible que una mayoría social acepte esta situación? Aquí Garnier utiliza un concepto clave, la violencia simbólica. No, no es una violencia física con golpes, es una dominación mental. Ocurre cuando la visión del mundo de la clase dominante se impone de tal manera que parece la única lógica, la única natural. Al final, los dominados acaban viendo el mundo con los ojos de los dominantes, aceptando las jerarquías como algo normal. Y eso, claro, lleva a la resignación. Y ahora sí llegamos al corazón del análisis urbano de Garnier, porque toda esta invisibilidad ideológica y política no es algo abstracto que se queda en el aire, no. Se materializa, se construye con ladrillos y cemento en el espacio físico de nuestras ciudades. Según este análisis, la política urbanística de las últimas décadas no ha sido para nada casual. Ha seguido una estrategia con dos pasos muy muy claros. Primero, expulsar a las clases populares de los centros, que son las zonas más valiosas, y segundo, y esto es importantísimo, organizar su disresión en la periferia, de tal forma que no puedan volver a formar comunidades fuertes, con capacidad de protesta, como eran los antiguos barrios obreros. A este proceso se le suele llamar con palabras muy amables como revitalización o renovación urbano, pero Garnier es un término mucho más directo y crudo, reconquista urbana. La gentrificación al final lo que hace es subir los precios de la vivienda para atraer a clases más ricas, desplazando a los residentes de siempre. En el fondo se trata de revalorizar el suelo para el capital. Entonces, ¿a dónde ha ido a parar toda esta gente? Garnier identifica tres tipos principales de barreos donde viven ahora las clases populares. Y vamos a ver cómo cada uno de estos lugares contribuye a su manera a esta invisibilidad. En primer lugar, los polígonos de vivienda social, las famosas sit francesas. Aquí viven 4,2 millones de personas. La gran paradoja es que son muy visibles en los medios de comunicación, sí, pero siempre para mal. como focos de delincuencia, de problemas. Sus habitantes están segregados y estigmatizados y cuando protestan sus luchas se califican de violencia urbana, nunca de lucha o de clase. El segundo destino es ese sueño de la casita con jardín en las afueras. Aquí las familias trabajadoras que consiguen ser propietarias acaban muchas veces aisladas cada una en su parcela. Este modelo de vida fomenta el individualismo, el consumo, valores más propios de la clase media y poco a poco la identidad y la solidaridad de clase se van diluyendo en el día a día. Y por último están los antiguos barrios populares que todavía resisten en los centros de las ciudades. Estos espacios, a menudo poblados por inmigrantes y sus descendientes, dejan de ser percibidos como barrios obreros para pasar a ser vistos como barrios étnicos. Ojo con este cambio de etiqueta porque es fundamental. De nuevo, el eje del debate se desplaza. Ya no hablamos de clase, sino de identidad cultural o étnica, ocultando los problemas socioeconómicos que son comunes. Y después de todo este recorrido, ¿qué nos queda? Pues Garnier nos devuelve a una idea muy poderosa, a una lucha que sigue pendiente, la lucha por el derecho a la ciudad. Pero cuidado, porque para Garnier el derecho a la ciudad no es solo tener un techo o acceso a servicios básicos, no. Es algo mucho más radical. Es el derecho de la gente a decidir cómo se construye su barrio, a tener voz y voto en el diseño del espacio que habitan, a dejar de ser simples espectadores en una ciudad que ha sido diseñada por y para otros. Y todo esto nos deja con una pregunta final, una pregunta para reflexionar. Si nuestras ciudades son el espejo de las relaciones de poder de nuestra sociedad, ¿qué aspecto deberían tener para que pudiéramos llamarnos de verdad una democracia real? ¿Qué tipo de visibilidad, qué presencia deberían tener todas las clases sociales en el espacio urbano? La respuesta, sin duda, es la que va a diseñar las ciudades del futuro.