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HISTORIA ANTIGUA Y MEDIEVAL | Libro: Manual de iniciación a la historia antigua | Raúl Gonzalez Salinero
Los Idus de Marzo
Et tu, Bruto
Transcripción
Hay momentos que marcan el fin de una era y luego, bueno, luego están los sidus de marzo. Esto no es solo una fecha en el calendario, eh, es el clímax, el clímax sangriento en la historia de Julio César y el día en que el destino de Roma literalmente cambió para siempre. Venga, vamos a meternos en el ajo. Pero a ver qué tiene de especial este día. Porque con la de momentos épicos que tuvo Roma es el 15 de marzo el que resuena con tanta fuerza miles de años después. Pues eso es justo lo que vamos a desgranar. Primero, lo más básico. La palabra idus puede que suene a algo muy siniestro, ¿verdad? Pero para un romano de la época era de lo más normal. Su calendario se basaba en la luna y los sidus eran simplemente el día de luna llena, el día que partía el mes en dos. Y en marzo, pues eso cae el día 15. Así que, en resumen, los idus de marzo es solo una forma un poco más poética de decir el 15 de marzo. Bien, con esto claro, ahora sí viajemos en el tiempo. Nos plantamos en Roma en el año 44 anes de Cristo y el ambiente, uf, el ambiente está cargadísimo. La tensión política se podía cortar con un cuchillo de verdad. La República llevaba años de crisis y había un hombre que lo estaba cambiando absolutamente todo. Y en el centro de todo este huracán, claro, un nombre, Callo Julio César. Hacía ya 5 años que había aplastado a todos sus rivales en una guerra civil terrible. El Senado, que ya no sabía qué hacer para mantener la paz, le dio un título que no se había visto nunca, dictator perpetuo, o sea, dictador para toda la vida. Pero lo que se suponía que iba a ser la solución resultó ser la gasolina para el fuego. Y aquí está la clave de todo. La palabra rey en Roma era, uf, era veneno puro. Representaba la tiranía, todo aquello contra lo que habían luchado para fundar su queridísima república. Así que la simple idea de que César, por muy popular que fuera, se plantase una corona en la cabeza, era algo absolutamente intolerable para un grupito de senadores que se llamaban a sí mismos los liberatores. Así que claro, con este miedo como motor se pone en marcha una conspiración y no una cualquiera. Eh, el plan era increíblemente audaz, muy arriesgado y pensaban ejecutarlo a plena luz del día, en el mismísimo corazón del poder romano. Y aquí las piezas del puzle encajan de una forma casi cinematográfica. En lugar, El teatro de Pompeello. Los líderes, por un lado, Casio, el cerebro de la operación y por otra, Bruto, que para César era casi como un hijo. Imaginaos el nivel de traición personal. Y su objetivo, al menos en teoría, era noble. Matar a un hombre para salvar a la República. Y la ejecución del plan fue buah, una obra de teatro dentro de otra. No fue una lucha, no, qué va. Fue una emboscada en toda regla. Los senadores lo rodearon con la excusa de entregarle una petición, algo supernmal, y de repente, zas, salen las dagas que llevaban escondidas en las togas. Fue un ataque rapidísimo, brutal y que terminó con una ironía poética terrible. César murió de sangrado a los pies de la estatua de Pompeello. De Pompeo, el gran rival al que había vencido para conseguir todo su poder. 23. Ese es el número de puñaladas que le dieron. Una barbaridad. Refleja perfectamente cuántos eran y la furia que llevaban dentro. Pero lo más curioso es que, según los análisis de la época, de esas 23 puñaladas, solo una, una fue realmente la mortal. Y ahora pasemos a uno de los detalles más famosos de todo este asunto. Uno que ha inmortalizado la literatura, pero que a lo mejor no ocurrió exactamente como nos lo han contado. Todos tenemos en la cabeza la mítica frase de Shakespeare. Tú también, bruto. Es que es potentísima, captura a la perfección el dolor de la traición. Pero lo dijo de verdad, pues la historia es mucho más incierta. Lo más probable es que no dijera absolutamente nada, que en un último gesto de dignidad se cubriera la cara con su toca para morir. Aunque ojo, hay otra versión fascinante. Algunos historiadores recogen que sí le susurró algo a bruto, pero en griego. Le dijo, "¿Tú también, hijo mío?" Y claro, esto echaba todavía más leña al fuego de ese viejo rumor que decía que bruto era en realidad su hijo ilegítimo. Mientras tanto, los conspiradores celebran, creen que han ganado, que han salvado la República, pero lo que no se imaginan ni por un segundo es que acaban de activar el mayor giro de guion de la historia de Roma. Su intención a ver sobre el papel era muy clara. Matar al tirano para restaurar las libertades de siempre y devolverle el poder al Senado. Un objetivo que para ellos, desde luego, justificaba los medios. Pero es que el resultado fue justo el contrario. No es que el plan saliera mal, es que consiguieron lo opuesto a lo que buscaban. No restauraron nada. Lo que hicieron fue abrir la caja de Pandora y desatar el caos absoluto. ¿Y por qué fracasó un plan que parecía perfecto? Pues porque en sus cálculos de aristócratas se olvidaron de una pieza clave del tablero, el pueblo. La gente de Roma no veía Cesar como un tirano. Qué va. Para ellos era un benefactor. Les había dado reformas, trabajo y hasta les dejó dinero a todos en su testamento. Así que para la plebe, los liberatores no eran héroes, eran una panda de asesinos elitistas. La reacción no fue de alivio, sino de una furia descomunal. Y lo que vino después fue un efecto dominó devastador. El asesinato no trajo paz, sino una nueva guerra civil, incluso más sangrienta que la anterior. Y cuando después de años el polvo por fin se asentó, surgió un vencedor claro, el joven heredero de César, Octavio, que en el año 27 ates de Cristo hizo justo lo que los conspiradores querían evitar. Acumuló todo el poder y se convirtió en Augusto, el primer emperador de Roma. Y aquí está la gran paradoja de toda esta historia. En su intento desesperado por matar a un supuesto rey, los liberatores no salvaron la República, no le dieron el golpe de gracia. Fueron ellos los que abrieron las puertas a un sistema mucho más autoritario y duradero, el imperio. La República que juraron proteger murió allí mismo, apuñalada junto a César aquel 15 de marzo. Y esto nos deja con una pregunta final para darle vueltas. Los asesinos de César fueron héroes que luchaban por la libertad o en realidad fueron unos idealistas un poco ingenuos que con su acto le pusieron la alfombra roja a un poder todavía más absoluto. Sin duda una de las grandes y más trágicas paradojas de la historia.