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FILOSOFÍA POLÍTICA I

Los Levellers y Freeborn John | Derecho a Guardar Silencio | Quinta Enmienda

Filosofía Política I - Grado de Filosofía - 2º año Creado con Notebook LM

Transcripción

A veces en la historia te encuentras con personajes que de verdad parecen sacados de una película, con vidas tan dramáticas, tan llenas de conflicto y de principios inquebrantables que cuesta creer que fueran de carne y hueso. Pues bien, hoy vamos a meternos de lleno en la historia de uno de esos hombres, un auténtico rebelde, un agitador y sobre todo un pionero de las libertades que hoy, bueno, damos casi por sentadas. Y aquí lo tenemos, John Lilborne. Esta cita, que por cierto es de un amigo suyo, nos da una idea perfecta de cómo era. Un hombre tan combativo, tan absolutamente terco y aferrado a sus principios, que era ya una leyenda en su tiempo. Pero claro, esa misma naturaleza, esa terquedad casi imposible, fue precisamente la que le dio la fuerza para enfrentarse a todo un sistema. Para entenderlo todo, tenemos que viajar a la Inglaterra de 1638. Imaginaos la escena. El país es un auténtico polvorín a punto de estallar en una guerra civil. Y en medio de toda esa tensión, un joven de poco más de 20 años, nuestro John Lilborne, va a protagonizar un enfrentamiento tan brutal que sin que nadie lo sospechara, acabaría plantando la semilla de un derecho que hoy nos parece fundamental. Y aquí el escenario es es fundamental para entender lo que pasó. A Lilbern lo detienen. ¿Y por qué? Pues por traer de Holanda a unos libros que el régimen consideraba subversivos. Pero ojo, no lo llevan a un juzgado normal y corriente, no, no lo llevan ante la temidísima cámara estrellada. Y esto esto eran palabras mayores. Era para que nos hagamos una idea, una especie de tribunal secreto con un poder casi absoluto, conocido por ser, bueno, increíblemente brutal. Y allí le exigen hacer un juramento, jurar que contestaría con la verdad a cualquier cosa que le preguntas. Y es justo aquí donde nace la leyenda. Lilburn se niega en redondo. Argumenta que nadie está obligado a acusarse a sí mismo. La respuesta del tribunal salvaje. Lo condenan a 500 latigazos a ser azotado por las calles de Londres. Pero Lilburn, en lugar de quebrarse cuando lo exponen en la picota, sangrando y herido, se pone a dar un discurso a la multitud sobre la tiranía y sus derechos. Convierte su castigo en un acto de protesta tan potente que las autoridades ya desesperadas tienen que amordazarlo a la fuerza para que se calle. O sea, que el punto clave es este, esa negativa a jurar, ese acto de desafío de un solo hombre, fue el nacimiento, digamos, conceptual, del derecho a no autoincriminarse. Eso que hoy conocemos como el derecho a guardar silencio. No fue un regalo que vino de arriba de un rey o de un parlamento. Nació de la negativa rotunda de un hombre a participar en su propia condena. Bueno, pues esta lucha personal de Lilbern se quedó ahí ni mucho menos. Su fama, sus ideas empezaron a traer a muchísima gente y de ese desafío individual acabó surgiendo un movimiento político con unas ideas tan radicales, tan peligrosas para el orden establecido que amenazaba con ponerlo todo patas arriba. eran los levelers, los niveladores. Surgieron en plena guerra civil inglesa y sus miembros eran soldados, artesanos, pequeños comerciantes, gente corriente. Y mientras la élite del país discutía si el poder debía ser del rey o del parlamento, los levelers llegaron y rompieron la baraja con una idea revolucionaria. El poder supremo no está en ninguna de esas instituciones, reside en cada persona. Y claro, su voz más potente y carismática era, como no, Freeburn John Lilburn. Y no se quedaron solo en las palabras, eh, pusieron por escrito uno de los documentos más adelantados a su tiempo de toda la historia, un acuerdo del pueblo, que era en esencia una de las primerísimas propuestas para una Constitución escrita basada no en el poder divino de los reyes, sino en el consentimiento de la gente. Una locura para la época. Si nos fijamos, lo que proponían es básicamente el ADN de cualquier democracia liberal moderna, pero cientos de años antes hablaban de soberanía popular, de que el gobierno necesita el permiso de la gente para gobernar. Hablaban de derechos naturales que nadie te puede quitar. Libertad de conciencia, de expresión y también de igualdad ante la ley y de libertad religiosa total. En el siglo XV esto era dinamita pura. Esta frase lo resume todo de una forma brillante, se dijo durante unos famosos debates dentro del ejército, y captura la esencia de los levelers. Lo que venían a decir es que por el simple hecho de nacer, cualquier persona, por pobre que fuera, tenía derecho a tener voz en su propio gobierno. Se acabó eso de que la política era solo para los ricos y poderosos. Eso sí, una aclaración importante. El nombre de levelers o niveladores fue en realidad un insulto que les pusieron sus enemigos. Les acusaban de querer nivelarlo todo, de quitarle la propiedad a los ricos, pero era totalmente falso. Los levelers eran firmes defensores de la propiedad privada y del libre comercio. No hay que confundirlos con otro grupo mucho más minoritario, los Diggers, que esos sí que querían una especie de comunismo agrario. Y con esto, la historia vuelve a girar en torno a nuestro protagonista para su enfrentamiento final, el más dramático de todos. Esto es el clímax de la historia, la batalla de un solo hombre, armado únicamente con sus principios y su conocimiento de la ley contra el poder absoluto del nuevo estado de Oliver Cromwell. La escena nos lleva a Londres, año 1649. El nuevo gobierno republicano, que ya estaba harto de las críticas constantes de Lilburn, lo acusa de alta traición y la pena para ese delito era una de las más crueles que te puedas imaginar. Horcado, arrastrado y descuartizado. Se estaba jugando literalmente la vida. La situación parecía imposible. No le dejaron tener abogado. Los jueces estaban totalmente en su contra y el gobierno de Cronwell estaba decidido a quitárselo de medio para siempre. Así que la pregunta es, ¿cómo se puede ganar algo así? pues lo hizo con una de las defensas más brillantes y audaces de la historia del derecho. Durante días, Lelbun se defendió él solo. Puso en duda la autoridad del tribunal para juzgarle y lo más revolucionario de todo, ignoró a los jueces y le habló directamente al jurado. Les dijo que su trabajo no era solo decidir si él había cometido los hechos de los que se le acusaba. No, les dijo que su trabajo era decidir si la propia ley por la que lo estaban juzgando era justa. Básicamente convirtió a 12 ciudadanos de a pie en los jueces supremos de todo el proceso y el resultado fue un bombazo. El jurado lo declaró no culpable. Las crónicas de la época cuentan que el estallido de alegría de la gente dentro y fuera de la sala fue tan ensordecedor que se oyó a más de 1 kilómetro de distancia. Fue una humillación total para el gobierno de Cronwell y una victoria gigantesca para la libertad individual. Entonces, ¿qué nos queda de toda esta vida de lucha, de ruido, de desafíos constantes? ¿Cuál es el legado real de este hombre tan difícil y del movimiento que ayudó a crear? pues su impacto, aunque a veces no se ve a simple vista, ha sido enorme y permanente. La vida de Lilburn, además, tuvo un giro final de guion totalmente inesperado. Después de más juicios, de más exilios, este hombre, que era la persona más pleiteadora y combativa de toda Inglaterra, se convirtió al cuaquerismo, abrazó el pacifismo más absoluto y renunció por completo a la lucha. Murió muy joven a los 43 años, con la salud completamente destrozada por una vida entera de prisiones y enfrentamientos. Pero su legado es innegable. Se puede trazar una línea directa y clara desde su desafío en 1638 y las ideas de los levelers, pasando por los escritos de filósofos como John Locke hasta llegar a documentos fundacionales como la declaración de derechos de los Estados Unidos. La famosa quinta enmienda, la que garantiza el derecho a no autoincriminarse, es un ecodirecto de la lucha de Freebon Jo. Entonces, ¿qué podemos sacar en claro de esta historia? Pues varias cosas. Primero, que los derechos civiles no son algo que el poder regale, sino algo que se arranca. Y a menudo lo consiguen personas difíciles, inflexibles como Lilborne. Segundo, que ideas que hoy nos parecen de sentido común, como que un gobierno necesita el permiso de la gente para gobernar, en su día fueron pensamientos radicales y peligrosos que te podían costar la vida. Y por último, nos recuerda que la tensión entre la libertad del individuo y el poder del Estado no es algo nuevo, es quizás la historia central de la civilización. Y todo esto nos deja con una pregunta final. para darle una vuelta. Cuando disfrutamos de nuestras libertades, a menudo se nos olvida el precio que se pagó por ellas. La historia de John Lilburn es un recordatorio de que muchos de los derechos que consideramos automáticos en realidad se forjaron en el fuego de la lucha con sangre y con una valentía fuera de lo común.