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Material Complementario

OMEN Y MONSTRUM | Los términos romanos.

Contenido extra: OMEN Y MONSTRUM | Los términos romanos.

Transcripción

A ver, ¿sabíais que hay dos palabras de la antigua Roma que, sin que nos demos ni cuenta, definen casi todas las historias que contamos hoy en día? Pues sí. Y vamos a empezar con una que seguro que todo el mundo cree que conoce de sobra. Venga, pensemos un momento. La pregunta es, ¿qué es un monstruo en realidad? A ver, si pensamos en la palabra monstruo, pues lo normal es que nos venga a la mente una criatura rara, ¿no? Algo que da miedo. Pero, ¿y si su significado original no tuviera absolutamente nada que ver con eso? Pues aquí está el quid de la cuestión. Monstrum no significaba criatura, para nada. Viene del verbo latino monere, que significa advertir. De ahí nos han llegado palabras como monitor o monumento. ¿Veis la conexión? Para un romano, un monstrum era literalmente una advertencia, una señal. El miedo de verdad no venía de su aspecto, sino del mensaje tan urgente que traía consigo. Claro, porque para los antiguos romanos los dioses estaban todo el día enviando mensajes, pero ojo que no todos eran iguales. Había dos tipos principales y entender la diferencia entre ellos es bueno, es la clave para descifrar cómo veían el mundo. Hablamos del Omen y, por supuesto, del monstrum. Y la diferencia de verdad es abismal. Fijaos, un homen era algo natural, un evento que ocurría en la naturaleza y que se interpretaba como una señal, una especie de, no sé, una notificación del móvil de los dioses. En cambio, un monstrum era todo lo contrario, un evento antinatural, algo que violaba las leyes de la física, de la biología, del universo. Esto ya no es una notificación. Era una sirena de emergencia a todo volumen. El Omen te decía lo que iba a pasar, pero el monstrum te gritaba que el presente, que el aquí y ahora estaba completamente roto. Vale, vamos a meternos primero con el homen. Y que nadie piense que esto era una superstición de cuatro pastores, ¿eh? Para nada. Era un asunto de estado, pero de los serios. O sea, ningún cónsul se atrevía a ir a la guerra y el mismísimo Senado no se reunía si los presagios no eran buenos. era, por así decirlo, la burocracia de los dioses. Y es que los dioses al parecer tenían un montón de maneras de comunicarse. Por ejemplo, estaban los presagios Exkyilo, o sea, del cielo, truenos, relámpagos, ese tipo de cosas. Luego los exávibus de las aves. Aquí se miraba todo, el vuelo de un águila, si los pollos sagrados comían o no. Y después mis favoritos, los exdiris, que eran básicamente los accidentes, que un general se tropezaba, que se caía un estandarte o incluso un estornudo en un mal momento. Absolutamente todo era un mensaje. Pero para que nos hagamos una idea de lo en serio que se tomaba en esto, bueno, no hay mejor ejemplo que la historia del almirante público Claudio Pulcro. Una historia que acabó fatal, como si fuera una tragedia griega, pero en versión romana. A ver, vamos a situarnos. Estamos en plena primera guerra púnica. El almirante Pulcro está a punto de lanzarse a por la flota cartaginesa. Lo primero, el protocolo, consultar a los famosos pollos sagrados que llevaban en los barcos. Pero ahí llega la advertencia. El sacerdote, muy preocupado, le dice que los pollos no quieren comer. Un presagio horrible, malísimo. Y es aquí donde la arrogancia del almirante se dispara, se enfurece. ¿Cómo van a decirle unos pollos lo que tiene que hacer? Así que ni corto ni perezoso, los coge y los tira por la borda. El resultado pues que ataca. Sí. y sufre una de las peores derrotas navales de toda la historia de Roma, un desastre. Y mientras los tiraba soltó sus famosas palabras que son el colmo de la soberbia, vivan coniamolent, o sea, si no quieren comer, que beban. Con esa frase, vamos, sentenció a su flota y a sí mismo. Porque lo más fuerte es que cuando volvió a Roma no lo juzgaron por la derrota, que ya era grave, no lo juzgaron por algo mucho peor a ojos de los romanos, el crimen de impiedad, por haber ignorado un homen. Vale, si un homen era una advertencia seria, un monstrum era ya la alarma nuclear sonando a todo trapo. Ahora sí que pasamos a otro nivel de pánico, porque esto es lo que pasaba cuando parecía que las propias reglas del universo se habían roto. La aparición de un monstrum significaba algo terrorífico. Significaba que la Pax de Horum, que era como el pacto sagrado de paz entre Roma y sus dioses, se había hecho añicos. Ya no estábamos hablando de una predicción sobre una batalla, no, no era una señal de que el universo entero estaba en peligro y de que los dioses estaban pero que muy enfadados. ¿Y qué era exactamente un monstrum? Pues básicamente cualquier cosa que fuera contra la naturaleza, un ternero con dos cabezas, por ejemplo, o un río que de repente empezaba a fluir al revés, una mula que daba a luz, algo que es biológicamente imposible, una lluvia de sangre o, y esto es muy triste, el nacimiento de un niño intersexual, que para ellos era una ruptura total del orden natural. La consecuencia era inmediata y drástica, pánico general. A nivel de estado, aquella no valía con rezar un poco. Se ordenaban rituales de purificación masivos por toda la ciudad. Y por desgracia, muchas veces el ser considerado monstruoso era sacrificado o exiliado. Era una forma de limpiar simbólicamente esa mancha y restaurar el orden antes de que los dioses la tomaran con toda Roma. Bueno, y después de todo esto, la pregunta es, ¿y esto qué tiene que ver con la actualidad? Pues muchísimo más de lo que parece, porque esa idea tan antigua del monstruo como una advertencia sigue vivísima en casi todas las historias que contamos hoy, sobre todo en el cine de terror y en la ciencia ficción. Y aquí llegamos al punto clave de toda esta reflexión. En su origen, el monstruo no es la criatura en sí, es el mensaje que trae. Pensemos en alien o en Gozila. El verdadero monstruo no son ellos, es por qué aparecen. Son la manifestación física de un problema mucho más grande. El monstruo siempre parece para demostrar que la humanidad ha hecho algo mal, que ha cruzado una línea, ya sea moral, científica o natural. Y es que, de hecho, hasta la palabra dear viene también de monstrum. Es alucinante, ¿verdad? El monstruo es literalmente la prueba viviente de nuestro error. Es la advertencia hecha carne y hueso. Y claro, todo esto nos lleva a una última pregunta, una para reflexionar. Si un monstruo es la prueba de que hemos roto algo, ¿qué monstruos de hoy en día, ya sean de ficción o incluso reales, nos están advirtiendo de nuestros propios errores?