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ÚLTIMAS TENDENCIAS DEL ARTE
Pensar en el Neoliberalismo | Christian Laval
Basado en el texto: Pensar el Neoliberalismo: Análisis Crítico por Christian Laval
A propósito de: François Denord, Néo-libéralisme version française. Histoire d’une idéo-logie politique, París, Démopolis, 2007; y Wendy Brown, Edgework: Critical Essays on Knowledge and Politics, New Jersey, Princeton Uni-versity Press, 2005.
Últimas tendencias del arte - Grado de Filosofía - 2º año UNED
Creado con Notebook LM
Transcripción
¿Qué se nos viene a la cabeza cuando oímos la palabra neoliberalismo? Seguramente algo como menos estado y más mercado, ¿verdad? Bueno, pues este análisis va a darle una vuelta completa a esa idea. Vamos a explorar de la mano de pensadores como Cristian Laval, François de North y Wendy Brown cómo esta ideología ha ido mucho más allá de la economía para redefinir la política y hasta quiénes somos. Para desgranarlo bien, esta va a ser nuestra hoja de ruta. Primero vamos a desmontar ese mito tan extendido del dejar hacer. Después nos meteremos en una sorprendente historia secreta que tuvo lugar en Francia. Veremos cómo esto se convirtió en todo un arte de gobernar. Analizaremos qué le pasa a la democracia bajo esta lógica y cerraremos con una pregunta final que da que pensar. Venga, empezamos fuerte. La idea que casi todo el mundo tiene en la cabeza es esa. El neoliberalismo es creer un gobierno pequeñito y que los mercados campen a sus anchas. Pero, ¿y si eso es solo la punta del iceberg, ¿qué hay realmente debajo? Pues la respuesta corta es un no rotundo y la clave de todo, la gracia del asunto está en esa palabrita neo. Como subraya la bal en su análisis, si pasamos por alto ese neo, ese nuevo, nos estamos perdiendo lo más importante, la esencia de esta ideología. Y aquí es donde se ve clarísimo el cambio de chip. A ver, el liberalismo de toda la vida, el clásico, partía de la idea de que el mercado era algo casi natural, que funcionaba solo y que el estado, pues mejor que no se metiera mucho. Pero el neoliberalismo, uf, es otra historia. Aquí no se confía en nada natural. Es un proyecto activo de construcción. utiliza el poder del Estado para diseñar las reglas y mantener un orden de mercado. O sea, la consigna no es dejad que el mercado haga lo que quiera, sino vamos a intervenir para que el mercado sea el rey. Y claro, si pensamos en los padres de esta idea, enseguida se nos vienen a la mente Thatcher o Rigan, pero el análisis de François de North nos lleva a un lugar que la verdad no esperaríamos para nada, Francia. Esto rompe totalmente el molde. La idea de que el neoliberalismo es un invento puramente anglosajón que luego se exportó, pues resulta que no. De Nor demuestra que lejos de ser algo importado, tuvo su propia cocina, su propio desarrollo y nada menos que en Francia, la cuna del estado planificador. Una paradoja tremenda. Y si miramos esta cronología, se ve que no fue cosa de un día para otro. Esto fue una maratón, no un sprint. Empezó a gestarse ya por 1938, luego con la famosa sociedad Monpelerín y durante décadas fue creciendo ahí discretamente en círculos intelectuales y empresariales. Y todo esto mientras de cara al público lo que dominaba era la planificación estatal. hasta que ZAS en 1974 con Giscard Stein da el salto y llega al poder. Una auténtica carrera de fondo. Claro, con todo esto ya vemos que no hablamos solo de recetas económicas, es algo mucho más profundo. Es como lo describió un genio como Michelle Foucault, un nuevo y muy eficaz arte de gobernar. Este concepto, gubernamentalidad es la clave de todo. Lo que viene decir Foucault es que la forma más poderosa de gobernar no es con la fuerza bruta, sino consiguiendo que la gente se gobierne a sí misma según ciertos intereses. Y el neoliberalismo es un maestro en esto. Busca que interioricemos la lógica del mercado hasta el tuétano, que nos autogobernemos con sus reglas sin que nadie nos tenga que obligar. Y para lograr eso, el objetivo final no es solo cambiar las leyes o las políticas económicas, ¿no? El verdadero objetivo es cambiarnos a nosotros, a las personas. Se trata de fabricar un nuevo tipo de sujeto, uno cuyas motivaciones y deseos encajen a la perfección con esta nueva forma de ver el mundo. ¿Y cómo es este sujeto? pues es el famoso emprendedor de sí mismo, alguien que se ve como una pequeña empresa, como capital humano que debe invertir constantemente en sí mismo para aumentar su valor. Y ojo, es el único responsable de lo que le pase para lo bueno y para lo malo. Esta lógica del cálculo coste beneficio se mete en todo, en la salud, en la educación, hasta en las relaciones. Todo se convierte en una inversión. Muy bien. Pero, ¿qué pasa cuando toda una sociedad empieza a funcionar de esta manera? ¿Qué le ocurre a la democracia si todos nos vemos como competidores en un gran mercado? Y aquí es donde el análisis de la politóloga Wendy Brown es bueno, es demoledor, porque ella nos advierte, ojo, que esta forma de pensar no es políticamente neutral para nada, al contrario, es como un ácido que va disolviendo poco a poco los valores y las instituciones sobre las que se apoya la democracia. El resultado, según Brown, es una especie de gran reemplazo. El ciudadano, esa figura que se preocupa por el bien común y participa en la vida política, es sustituido por el sujeto neoliberal que solo persigue sus fines privados. La política se vacía de contenido y la sociedad se convierte simplemente en una suma de individuos compitiendo entre sí. Por ejemplo, la libertad de expresión, un pilar básico, ¿no? Pues bajo esta nueva lógica deja de ser valorada como un derecho político fundamental. y empieza a evaluarse con la calculadora por su coste, su beneficio, su impacto en el mercado o la educación. Su objetivo pasa de ser formar ciudadanos críticos e informados a simplemente producir capital humano para el mercado laboral. Solo se valoran las habilidades que se consideran rentables. El resto es un lujo. Y claro, las redes de seguridad colectivas, la solidaridad, todo eso se empieza a ver como algo ineficiente que hay que desmantelar. Se impone la responsabilidad individual y las soluciones privadas, el sálvese quien pueda. Y así llegamos al golpe de gracia. La propia idea de que existe un interés público, algo que está por encima de la suma de los intereses privados, empieza a disolverse. Si solo existen individuos y empresas compitiendo, ¿qué sentido tiene hablar de un bien común? ¡Uf! Llegados a este punto, después de todo este recorrido, el análisis nos deja de frente con una reflexión final y es de las que inquietan. Y es muy curioso porque esta visión de un mundo reducido al puro cálculo resuena con una advertencia que hizo hace ya mucho tiempo el propio Carl Marx. Él ya avisó del riesgo de que todo criterio moral y político se ahogara en lo que llamó las gélidas aguas del cálculo egoísta. Y con ese eco de fondo, Wendy Brown nos lanza la pregunta definitiva. En un mundo cada vez más gobernado por esta lógica, donde cada persona es una emprendedora de sí misma, seguimos siendo realmente demócratas todavía. Creemos en el poder del pueblo y lo más importante de verdad lo deseamos, ahí queda eso.