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HISTORIA ANTIGUA Y MEDIEVAL | Libro: Manual de iniciación a la historia antigua | Raúl Gonzalez Salinero
¿Qué es cruzar el Rubicón? Alea Jacta Est
Como cruzar el río Rubicón, marcó el inicio del fin de la ResPública.
Transcripción
Hay momentos en la historia que, bueno, lo cambian absolutamente todo. Decisiones que una vez se toman marcan un antes y un después para siempre. Hoy vamos a analizar una de las más famosas, sino la que más el día que Julio César cruzó un pequeño río y con ese simple gesto condenó a la República Romana y dio a luz a un imperio. Para empezar vamos a pensar en una idea que es seguro que nos resulta familiar, la de un punto de no retorno. Es ese instante en el que sabes que pase lo que pase ya no hay marcha atrás. Es imposible. Pues bien, esa idea tiene un origen histórico muy muy concreto. Hoy en día, cuando decimos que alguien ha croado el Rubicón, nos referimos justo a eso, a que ha tomado una decisión arriesgada, valiente y, sobre todo, totalmente irrevocable. A partir de ahí, solo queda seguir hacia delante y afrontar las consecuencias, sean las que sean. Y es que el origen de esta frase es literalmente el punto de no retorno de uno de los personajes más importantes de la historia. Fue un momento que funcionó como un auténtico giro de guion para el mundo entero. Y esto no es ninguna exageración, eh, estamos hablando de una de las escenas cumbre, el clímax absoluto de la República Romana, el momento preciso en que la historia de repente se partió en dos. En el centro de todo este drama tenemos dos fuerzas totalmente enfrentadas. Por un lado, un general increíblemente poderoso, carismático, y, por otro, el mismísimo Senado de Roma, que cada vez tenía más miedo de su propia creación. El protagonista es, como no, Julio César, pero ojo, no era un general cualquiera, era una auténtica superestrella militar de su tiempo. Acababa de conquistar toda la Galia, lo que hoy sería más o menos Francia, y su popularidad y la lealtad de sus soldados estaban por las nubes. Era un tipo brillante, ambicioso y, sobre todo, muy poderoso. Y claro, planto poder en manos de un solo hombre asustaba y mucho al Senado. En Roma se vivía una tensión política brutal. El Senado veía a César como una amenaza directa a la República, así que decidieron que había que pararle los pies y lo hicieron con una orden muy directa. La orden era, en esencia un ultimátum. Le vinieron a decir, "César, ¿puedes volver a casa?" Claro que sí, pero tienes que disolver tu ejército, dejar atrás a tus legiones leales y entrar en la ciudad como un ciudadano más, sin ningún poder. César de repente se encontró ante una elección imposible. A ver si obedecía, volvía a Roma solo, desprotegido y muy probablemente acabaría siendo juzgado por sus enemigos políticos y su carrera se iría al traste. Pero si desobedecía y mantenía su ejército, se convertía automáticamente en un enemigo del Estado y desataba una guerra civil. No había una tercera opción, era una cosa o la otra. Y aquí, justo aquí, es donde entra en juego nuestro famoso río, porque el rubicón no era solo un ríachuelo, era muchísimo más. Era una frontera simbólica y lo más importante de todo, una frontera legal. Se trataba de un río bastante pequeño en el norte de Italia, pero por ley ningún general podía cruzarlo en dirección sur hacia Roma al mando de sus tropas. Si lo hacía, era considerado un acto de traición. La situación era así de clara. No había grises. Al norte del río, César era un héroe de Roma, un general al servicio de la República, pero con dar un solo paso al sur con su ejército, se convertía, por definición, en un traidor y un enemigo público. Era una línea literal trazada en la arena. Con este escenario ya montado, llegamos al momento de la verdad, a ese instante en que la historia parece que se detiene, esperando una decisión. La fecha, el 10 de enero del año 49 anes de Cristo. El lugar, la orilla norte del río Rubicón. Imaginemos la escena. César y su leal legión decimercera ahí parados mirando al otro lado del agua. La elección estaba sobre la misa. Obedecer y en teoría preservar la República, aunque eso significara su propia ruina, o desafiar al Senado y hundir a Roma en una guerra civil. ¿Qué iba a hacer? Y entonces, según nos cuenta el historiador Suetonio, César pronunció una de las frases más célebres de la historia. Se dice que miró a sus hombres y dijo, "Aleaíst lo que es lo mismo, la suerte está echada." Y dio la orden de cruzar. Ese único paso no fue el final de la historia, ni mucho menos. Fue el principio de una era completamente nueva. Esa acción, una sola, desató una reacción en cadena que ya nadie pudo parar. A ver, el cruce del río llevó directamente a la guerra civil, una guerra que, por cierto, César ganó. Tras su victoria, se nombró a sí mismo dictador perpetuo, acumulando un poder como nadie había tenido antes. Pero ojo, su asesinato desató guerra civil más y al final fue su heredero, Augusto, quien consolidó todo ese poder y se convirtió en el primer emperador. El cruce del Rubicón fue la chispa que lo prendió todo. Así de simple y al mismo tiempo así de monumental. Con un solo acto de desafío, Julio César le puso el punto final a 500 años de República Romana. El mundo, desde luego, nunca volvería a ser el mismo. Y por eso mismo hoy la frase ha perdurado. Cruzar el rubicón sigue significando exactamente eso, tomar esa decisión final, dar ese paso del que ya no se puede volver, aceptando que el resultado solo puede ser dos cosas, o el éxito total o el fracaso más absoluto. Al final, la historia de César nos enseña que toda gran decisión, ya sea personal o colectiva, es una especie de rubicón, un momento en el que hay que elegir un camino sabiendo que lo va a cambiar todo. La pregunta que queda flotando en el aire es, ¿cuál será el próximo gran rubicón de la historia?