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ÚLTIMAS TENDENCIAS DEL ARTE
¿Qué pasó con la posmodernidad? | Hal Foster
Últimas tendencias del arte - Grado de Filosofía - 2º año UNED
Creado con Notebook LM
Transcripción
Vamos a meternos de lleno con una de esas ideas que, bueno, pareció dominarlo todo durante décadas y de repente, puf, se esfumó. Hablamos, claro, de la posmodernidad. ¿Qué fue de ella? Para intentar responder, vamos a tirar del hilo que nos deja un crítico clave, Hal Foster, y ver si su análisis nos da alguna pista sobre nuestro presente. Y es que esa es la gran pregunta, ¿verdad? La postmodernidad sonaba algo definitivo, el fin de las grandes historias, un punto y aparte en todo, desde el arte a la política y sin embargo, hoy casi ni se menciona. ¿Dónde se ha metido? Bueno, para entender por qué algo desaparece, a veces lo mejor es recordar contra qué estaba luchando. Pues luchaba precisamente contra esto, las famosas metanarrativas. A ver, ¿qué es eso? Pues son esas esas historias con mayúsculas que nos hemos contado siempre sobre el mundo. Ya sabéis, la idea de que el progreso no se puede parar, que la razón lo soluciona todo, que la tecnología es nuestra salvación. La postmodernidad, en esencia, fue la que levantó la mano y dijo, "Oye, un momento. ¿Y si estas historias que damos por sentadas en realidad no son para todos? ¿Y si no son tan universales como nos han hecho creer?" Vale, para intentar desenredar esta madeja, el análisis de Foster nos da una especie de mapa. Vamos a seguirlo a través de cuatro puntos clave que la verdad son como sismógrafos de nuestra época. Veremos cómo ha cambiado la idea del yo, cómo ha evolucionado nuestra visión de los otros, qué fantasías hemos proyectado en la tecnología y por último, una idea que lo conecta todo, la cuestión de la distancia. Venga, pues vamos a ello. Empecemos por el principio, por nosotros mismos, el sujeto, cómo ha ido cambiando la idea que tenemos de lo que es un yo, un individuo en las últimas décadas. Para entender esta evolución del yo, vamos a hacer tres paradas en el tiempo. Tres momentos clave que suponen un giro de 180 gr en cómo nos vemos. Y la primera parada nos lleva a los convulsos años 30. En los años 30, la idea que lo impregnaba todo era la de un sujeto que para sobrevivir tenía que construirse una especie de fortaleza, un muro. Es lo que el psicoanalista Jack Slakan llamó el sujeto acorazado, o sea, un ego que funciona como una armadura, ¿no?, superrígida, para protegerse del caos de dentro y de las amenazas de fuera. El problema que esa defensa si la llevas al extremo acaba creando un yo paranoico, desconfiado, agresivo. Vamos, el caldo de cultivo perfecto para el fascismo. Ahora pegamos un buen salto hasta los años 60. Y bueno, el panorama no puede ser más distinto, es todo lo contrario. De repente, los pensadores del momento anuncian la muerte del sujeto. Así, tal cual, se lanza un ataque frontal contra ese yo blindado y autoritario de antes y en su lugar se empiezan a celebrar todas esas fuerzas que lo rompen, que lo fragmentan, como el deseo, el inconsciente. La idea era buscar una identidad mucho más líquida, más libre. Y cuando parecía que el yo había desaparecido, llegan los 90 y sorpresa, el sujeto vuelve. Pero ojo, no vuelve como antes. Ya no es un yo universal y único. Ahora son muchos yoes. Regresa hecho pedazos, por así decirlo, en una mezcla supervibrante de identidades culturales, sexuales, étnicas. Y claro, el capitalismo, que es muy listo, vio el filón y no tardó nada en aprender a empaquetar y vender toda esta diversidad. Claro, toda esta transformación del yo no pasa en una burbuja. Es imposible entender cómo cambia nuestra idea del individuo sin ver cómo cambia a la vez nuestra forma de mirar a los demás. Y de eso va nuestro segundo punto, las visiones del otro. ¿Cómo vemos a quienes consideramos que están fuera de nuestra cultura? Y vamos a hacer el mismo recorrido. Usaremos de nuevo esas tres décadas clave para ver cómo la relación con lo otro, con lo ajeno, pasa de ser algo distante, casi exótico, algo mucho más cercano, complejo y a menudo conflictivo. Y aquí, en los años 30, el contraste es brutal. Miremos esto. Por un lado, tenemos a los surrealistas. Ellos vienen el otro, en el primitivo de las colonias, una forma de criticar su propia cultura europea tan reprimida. Lo abrazan. Pero por el otro lado tenemos a los nazis. Hacen justo lo contrario. Lo rechazan, lo atacan, lo tachan de degenerado. ¿Por qué? Para proteger esa identidad suya pura y blindada. Curiosamente, para los dos grupos el problema era el mismo, encontrar la distancia correcta con ese otro. Llegamos a los 60 y la cosa cambia por completo. En medio de las luchas por la descolonización, pensadores como Franz Fannon le dan la vuelta la tortilla. La pregunta ya no es cómo nosotros los occidentales vemos al otro. Ahora es el propio otro el que toma la palabra y se pregunta, "Vale, ¿y ahora cómo nos definimos? ¿Cómo creamos una cultura propia que no sea ni una imitación del colonizador ni una vuelta a un pasado idealizado que quizá nunca existió?" Ya en los 90, todas esas fronteras tan claras entre nosotros y ellos, entre primero, simplemente implosionan, se vienen abajo. La idea de un otro que está allá lejos, en un lugar exótico, ya no se sostiene en un mundo globalizado. Las culturas, las economías, las personas, todo está mezclado. El otro ya no está allá afuera. El otro está aquí entre nosotros. Bien, ya tenemos dos piezas del puzle, el yo y el otro. Pues ahora vamos a meter la tercera pieza, la que lo acelera y lo cambia todo, la tecnología. Vamos a ver cómo nuestras fantasías, pero también nuestros miedos sobre la tecnología han ido moldeando la cultura. Y aquí también vemos una evolución clarísima. Empezamos en los 30 con la pérdida de la obra de arte única por culpa de la fotografía y acabamos en los 90 en esta era de, bueno, de estar conectados y desconectados a la vez. Aquí en la figura clave en los años 30 es Walter Benjamin. Él se dio cuenta de algo fundamental. que la tecnología de la época, como la fotografía o el cine, estaba destruyendo lo que él llamaba el aura de la obra de arte. ¿Y qué es el aura? Pues esa sensación de estar ante algo único, auténtico, irrepetible. Al poder hacer infinitas copias de una foto o una película, se pierde esa magia, esa unicidad y, muy importante, se pierde la distancia respetuosa que teníamos con el arte. En los 60 el debate sobre la tecnología se parte en dos, dos visiones que chocan de frente. Por un lado, tenemos a gente como Guide de Bard, que es muy pesimista. Para él, los medios de comunicación crean un espectáculo, un mundo de imágenes falsas que en realidad nos aislan unos a otros. Y en la esquina contraria tenemos a Marshall Mcluan, mucho más optimista. Él ve los medios como una extensión de nuestro sistema nervioso, que al contrario, nos conecta a todos, creando una especie de aldea global. Y esta dualidad nos lleva de cabeza a los 90 y a este concepto tan potente. La desconexión es la gran paradoja de nuestra era. Estamos más conectados que nunca a lo que pasa en el mundo. Lo vemos todo en directo al instante, pero a la vez nos sentimos increíblemente desconectados como si no fuera real. El ejemplo de manual fue la Primera Guerra del Golfo, pretransmitida por la CNN. Parecía un videojuego. Teníamos una inmediatez tecnológica brutal, pero una distancia emocional y política abismal. Y aquí es donde todo encaja. El sujeto que se fragmenta, el otro que ya no está lejos, la tecnología que nos lo trae todo a casa al instante. Todos estos hilos que hemos ido siguiendo nos llevan a un único punto en común, a un problema central, la pérdida de la distancia. Según Foster, esta pérdida de distancia nos mete en unas contradicciones brutales. Pensemos en ello. Por un lado, todo parece inmediato, pero siempre a través de una pantalla. Por otro, vemos cosas horribles que nos repugnan, pero no podemos dejar de mirar. Hay una fascinación extraña. Y por último, nos sentimos dispersos, fragmentados por tanta información. ¿Y cómo reaccionamos? Pues como en los años 30 construyendo nuevas armaduras para protegernos. Y lo curioso es que esta idea no es para nada nueva. El mismo Walter Benjamin, del que hablábamos antes, ya lo vio venir en 1928. Ya entonces sentía que las cosas, la publicidad, las noticias, el cine se nos estaban echando demasiado encima, que nos presionaban tanto que era imposible tomar la distancia necesaria para tener un pensamiento crítico. C.