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Redistribución o reconocimiento | Nancy Frasser

Este vídeo analiza el debate entre la redistribución socioeconómica y el reconocimiento cultural en la justicia social contemporánea, exponiendo la propuesta de Nancy Fraser para superar esta dicotomía mediante una concepción bidimensional e integrada.

FILOSOFÍA POLÍTICA II
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Resumen del Contenido

En este contenido se examina la teoría de la justicia de Nancy Fraser, orientada a superar la falsa disyuntiva entre las políticas socialdemócratas de redistribución económica y las políticas identitarias de reconocimiento cultural. Fraser propone un marco analítico integrador que sitúa a los grupos subordinados en un espectro continuo. En los extremos se sitúan las injusticias puras —como la clase explotada o la sociedad heteronormativamente despreciada—, mientras que el espacio central acoge a los grupos bidimensionales, tales como el género y la raza, que sufren simultáneamente marginación económica y de estatus. La autora defiende que el reconocimiento no es una categoría psicológica de autoestima, sino una exigencia de justicia definida como paridad de participación, indispensable para que todos los ciudadanos interactúen políticamente como iguales en el espacio público.

Transcripción

Hoy en día, cuando hablamos de justicia social, parece que la conversación se divide en dos grandes bandos. Por un lado, están las luchas por la redistribución, o sea, por un reparto más justo de la riqueza y de los recursos, y por otro lo que se ha llamado la política del reconocimiento, que lo que busca es un mundo donde las diferencias de etnia, de género o de sexualidad se acepten y se valoren sin tener que asimilarse a una norma. Y claro, muy a menudo estos dos caminos se nos presentan como si fueran opuestos. o política de clase o política de identidad, o socialdemocracia o multiculturalismo. Parece que hay que decantarse por uno. Pero, ¿y si esta elección es en realidad una trampa? ¿Y si estamos ante una falsa disyuntiva? A ver, para entender bien de dónde viene este lío, tenemos que rebobinar un poco. Durante buena parte en el siglo XX, sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial, la idea de justicia giraba casi por completo en torno a la economía, pero en las últimas décadas el foco se ha ido desplazando hacia la cultura y la identidad. Después de la guerra, la cosa estaba clara. El debate sobre la justicia era sobre todo un debate sobre la pasta, sobre redistribución. Las luchas se daban en ese terreno, el distributivo, y se apelaba a normas universales. Pero claro, llega al final del siglo y boom, entra en escena con muchísima fuerza la política de la identidad y las reivindicaciones de reconocimiento cultural empiezan a ganar un protagonismo enorme. Y eso nos trae hasta hoy un panorama bastante fracturado donde la lucha económica y la cultural a menudo van cada una por su lado, creando esa tensión que define nuestra época. ¿Vale? Para meternos de lleno en esta tensión, lo primero es entender bien de qué hablamos. ¿Qué es exactamente eso de redistribución y qué es eso de reconocimiento? ¿En qué se diferencian de verdad? Fijaos aquí las diferencias son abismales. Para el paradigma de la redistribución, la injusticia es económica, pura y dura. La explotación, una estructura injusta y la solución, pues es reestructurar la economía. Los sujetos son las clases sociales y el objetivo final es eliminar esas diferencias. Y en la otra esquina del ring, el reconocimiento. Aquí la injusticia no es económica, es cultural. La dominación, la falta de respeto, la solución, por tanto, tiene que ser un cambio simbólico que dé valor a esas identidades. Los sujetos son los grupos de estatus y la diferencia no se quiere eliminar, sino celebrar. Son, en el fondo, dos visiones del mundo casi opuestas. Aquí es donde entra una filósofa clave para entender todo esto, Nancy Fraser. Su obra es la base de este análisis y lo que ella sostiene es que, ojo, plantear esto común o esto o lo otro es un error de base. Argumenta que en realidad la justicia hoy en día exige ambas cosas. Y para que entendamos por qué nos propone un ejercicio mental muy potente, vamos a imaginar que la injusticia social es como una línea, un espectro. En un extremo, la redistribución en estado puro y en el otro, el reconocimiento en estado puro. En el extremo de la redistribución, ¿qué tendríamos? Pues el caso de la clase trabajadora explotada de toda la vida, la raíz de su injusticia es la estructura económica, la explotación. La solución no es que se reconozcan y celebren su identidad de clase obrera. Que va, es todo lo contrario, abolir la estructura que crea esa clase. O sea, lo último que necesita es el reconocimiento de su diferencia. Y en el otro extremo del espectro, ¿qué hay? Pues por ejemplo, la sexualidad despreciada. Aquí la injusticia no es económica en su origen, sino cultural. Gays y lesbianas no forman una clase económica, sino un grupo de estatus que está subordinado por unos patrones de valor, los heteronormativos. La injusticia es precisamente el no reconocimiento y el remedio es un cambio cultural que reconozca su estatus en pie de igualdad. Pero claro, esto de los extremos está muy bien para la teoría. La realidad, como casi siempre es mucho más complicada y se encuentra justo en medio de este espectro. Y es ahí donde ocurren casi todas las injusticias del mundo real. Y aquí viene la clave de todo el argumento. La mayoría de los grupos subordinados son bidimensionales. ¿Qué significa esto? Pues que sufren las dos cosas a la vez. Una mala distribución económica y una falta de reconocimiento cultural. Y ojo, ninguna de las dos es simplemente un efecto secundario de la otra. Ambas son primarias, cooriginales. El género es el ejemplo perfecto. Por un lado, es una división económica. clarísima estructura la división entre trabajo pagado y no pagado y dentro del trabajo pagado entre sectores bien y mal remunerados. Pero por otro lado es una cuestión de estatus. El androcentrismo, ese patrón cultural que devalúa lo femenino, es una forma de no reconocimiento que causa daños que el dinero por sí solo no puede reparar. Y con la raza pasa exactamente lo mismo. Es una injusticia bidimensional. Existe una dimensión económica clara. La estructura del mercado laboral está racializada, generando pobreza y precariedad. Y al mismo tiempo hay una dimensión de estatus. Los patrones culturales eurocéntricos estigmatizan a quienes no son blancos, produciendo una subordinación que es independiente de la clase social. Superar el racismo requiere luchar en ambos frentes. Entonces, si el problema tiene dos dimensiones, la solución lógicamente también tiene que tenerlas. No se puede elegir. Necesitamos un enfoque que junte, que integre la lucha por la redistribución con la lucha por el reconocimiento. Y aquí está el giro clave que propone Fraser. El reconocimiento no es una cuestión de autoestima o de bienestar psicológico, no. Es una cuestión de justicia. La falta de reconocimiento es injusta porque impide la paridad de participación, es decir, niega a ciertas personas la condición de miembros plenos de la sociedad, de poder interactuar con los demás como iguales. Esta cita de la propia Nancy Fraser lo resume a la perfección. La justicia hoy exige tanto la redistribución como el reconocimiento. Por separado, ninguno de los dos es suficiente. No se puede decir más claro. En el mundo en que vivimos, separar la lucha económica de la cultural no es solo un error táctico, es un fracaso a la hora de entender la naturaleza compleja de la propia justicia. Ninguna por sí sola basta. Y todo esto, claro, nos deja con la pregunta fundamental para nuestro tiempo. Si la justicia real exige tanto redistribución como reconocimiento, ¿cómo narizas se construyan movimientos capaces de luchar en ambos frentes a la vez sin sacrificar uno por el otro? Encontrar esa respuesta no es solo un desafío teórico, es literalmente lo que definirá el futuro de la justicia social.