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ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA I
TEMA 1 | Carácter filosófico de la antropología
Tema 1
Carácter filosófico de la antropología
La antropología filosófica se ocupa de pensar al ser humano desde una perspectiva radical y reflexiva, distinta de las ciencias empíricas. Su carácter filosófico se manifiesta en la dificultad de definir su objeto, en su vínculo esencial con la historia de la filosofía y en la necesidad de interrogar el sentido último de lo humano. Negar esta disciplina implicaría, en último término, vaciar de contenido a la propia filosofía.
Basado en el Manual de la asignatura Grado de Filosofía UNED:
Antropología Filosófica I. De la Antropología científica a la filosófica.
Javier San Martín Sala
Transcripción
¿Qué significa ser humano? Esa es la gran pregunta, ¿verdad? Pues bueno, hay toda una rama del pensamiento que se dedica precisamente a eso, la antropología filosófica. Y hoy vamos a meternos a fondo para entender por qué este campo, que va de lo más nuestro, de nosotros mismos, vaya, levanta tantas ampollas y genera una controversia tan bestia. Y es que aquí está el misterio que vamos a intentar resolver hoy. Tenemos una disciplina que se atreve con la pregunta más humana de todas y, sin embargo, le lloven palos por todas partes. ¿Pero por qué? ¿Qué tiene de malo o de inútil preguntarse quiénes somos en realidad? Pues mirad, los tiros vienen principalmente de dos sitios. Por un lado, tenemos al mundo de la ciencia, que dice, "Oye, para estudiar al ser humano ya tenemos la biología, la psicología, la sociología con sus métodos serios y rigurosos. Y, por otro lado, desde la propia filosofía, donde muchos la ven como bueno, o como un refrito de cosas que ya se han dicho, o directamente como teología con un traje nuevo. ¿Vale? Para poder entender por qué la antropología filosófica está metida en este lío, en este fuego cruzado, tenemos que dar un pasito para atrás. Es que es imposible captar su valor si antes no dejamos meridianamente claro qué es la filosofía en sí misma. Así que a eso vamos. La clave para desenredar todo este embrollo, para entender por qué se ataca tanto a esta disciplina, no está tanto en la parte de antropología, sino en el corazón mismo de lo que significa eso de filosofar. Fijaos, Aristóteles nos da una pista genial y es una pista que tiene que ver con la psicología. La filosofía no nace porque sí, no es una obligación, nace de una emoción muy potente, el asombro. Es ese momento en que miras el mundo y en lugar de darlo por hecho, te maravillas y sientes esa necesidad de huir de la ignorancia. Claro que este asombro no surge en cualquier sitio. Necesita unas condiciones muy concretas. Lo primero, tener las necesidades básicas cubiertas. Es difícil ponerse a filosofar si uno tiene hambre, ¿verdad? Y lo segundo que es clave, que las respuestas de siempre, las de la tradición, las del mito, dejen de servir. La filosofía arranca justo donde se acaba la fe ciega. Y ojo, que esto no fue solo un cambio mental de cuatro listos, fue una auténtica revolución social. Se pasó de la, que era el mundo de la aldea regido por el mito y la autoridad, al demos, la ciudad donde la palabra se debate en público. La isegoría, ese derecho de todo el mundo a hablar y ser escuchado en la plaza. Ese fue el verdadero motor que puso en marcha la razón. Entonces, si tuviéramos que resumirlo, la filosofía es básicamente esto, usar la razón, el logos, de forma compartida, dialogando para intentar encontrar juntos respuestas a las preguntas que de verdad importan. No es la idea brillante de un genio aislado, no. Es una aventura de toda una comunidad. Muy bien. Ahora que tenemos más claro qué es esto de la filosofía, podemos trazar la línea que nos va a ayudar a entender el problema, la diferencia clave entre filosofía y ciencia. Aquí es donde empieza a encajar todo. Lo que vemos aquí es fundamental y es que no es que sean enemigas, es que juegan en campos distintos. La ciencia coge un trocito de la realidad, lo acota, le aplica un método super preciso y busca un conocimiento técnico, un poder sobre ese trocito. La filosofía, en cambio, se abre a la totalidad de lo real. No tiene un único método y su valor es otro, es emancipador. Busca liberarnos a través de la comprensión, no darnos el control de las cosas. Para que nos entendamos de la forma más sencilla. La ciencia es la maestra del cómo. Te explica los mecanismos, las leyes, las causas, los efectos. Es como si desmontara un reloj para ver cómo funcionan todos sus engranajes. La filosofía, sin embargo, lo que hace es dar un paso atrás, mirar el reloj entero y hacer la pregunta que la ciencia no se hace. ¿Vale? ¿Y esto para qué? ¿Cuál es el sentido de todo esto? ¿Para qué sirve medir el tiempo? Genial. Con esta diferencia tan clara entre el cómo de la ciencia y el paraqué de la filosofía, ya podemos volver a nuestra protagonista, la antropología filosófica. Y ahora sí vamos a poder verla con otros ojos. Es que la idea que hemos tenido de nosotros mismos ha ido cambiando una barbaridad. Primero nos entendíamos a través de Dios, luego en el Renacimiento, a través de nuestras obras, Kant nos puso en el centro de todo, pero llegó el siglo XX y lo puso todo patas arriba. El siglo XX nos trajo un progreso científico brutal, sí, pero también una crisis de sentido como nunca antes. Piensa en las ideas de Darwin, de Freud, súmale las guerras mundiales, las revoluciones, todo eso hizo saltar por los aires esa imagen tan segura que teníamos de nosotros mismos y de repente ya no sabíamos quiénes éramos. Y aquí está el quid de la cuestión. A pesar del poder inmenso de la ciencia para explicarnos el cuerpo, la mente, no conseguía llenar ese vacío. Nos podía decir de qué estábamos hechos. Pero no, ¿quiénes éramos? La respuesta se sentía coja, incompleta. Entonces, a ver, si la ciencia nos da una foto superdallada, pero que se queda corta, ¿dónde entra en juego la antropología filosófica? ¿Cuál es su papel de verdad? Bueno, pues ahora es cuando todas las piezas del puzzle encajan. Su objetivo es este y es que nadie más lo hace. Es la rama de la filosofía que se hace cargo así, directamente y sin complejos de la tarea de darle un sentido a la existencia humana como un todo. Es la que se atreve a preguntar por el para qué de nuestra propia vida. Por eso mismo, la crítica de los científicos no tiene mucho sentido, no da en el clavo. La antropología filosófica no quiere competir con la biología para ver quién tiene más datos ni con la psicología para explicar los mecanismos de la mente. No va de eso. Su función es justo hacer lo que la ciencia por su propia definición no puede ni pretende hacer. Preguntar por el sentido último, por el propósito, por los valores que dan forma nuestra vida. lo que busca es sabiduría sobre la condición humana, no solo conocimiento técnico. ¿Vale? Ahora que ya vemos cuál es su sitio, ese lugar único que ocupa, llegamos a la pregunta final. ¿Y por qué es tan importante defenderla? ¿Qué nos estamos jugando en este debate que parece tan de académicos? Pues aquí está la clave de todo. Atacar a una disciplina simplemente porque pregunta para qué sobre el ser humano no es solo atacar a esa disciplina, es un ataque directo al corazón de la filosofía misma. Porque si esa pregunta se considera que no es válida para nosotros, ¿cuánto tardará en no serlo para todo lo demás? Y es que el riesgo de dejarla de lado es gigantesco. Nos quedaríamos con una visión del ser humano puramente técnica, como si fuéremos una máquina supercleja. Sabríamos, con todo lujo de detalles, cómo funcionamos, pero se nos habría olvidado por completo preguntarnos para qué estamos aquí. Así que la reflexión final con la que nos quedamos es esta. La ciencia nos da un poder increíble para describir los hechos del mundo. Nos responde al cómo. Pero si le damos la espalda a la filosofía, ¿quién se hace cargo de las preguntas sobre el sentido? Pues ese es el hueco que ocupa la antropología filosófica. Un hueco que en un mundo como el nuestro, lleno de datos, pero con una sed enorme de significado, es más necesario que nunca. M.