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FILOSOFÍA POLÍTICA I

Tema 1 | La tradición liberal | Versión simplificada II

Filosofía Política I - Grado de Filosofía - 2º año Creado con Notebook LM

Transcripción

Hoy vamos a meternos de lleno en una de las ideas más influyentes y curiosamente más disputadas de la historia, el liberalismo. Pero no lo vamos a ver como una especie de dogma cerrado, sino como lo que es en realidad una tradición viva, una conversación que lleva siglos en marcha y que, como veremos, está muy pero que muy lejos de terminar. Porque, a ver, seamos sinceros, la palabra liberal se usa para todo y a veces para cosas que son totalmente contradictorias. Según a quien le preguntes, ser liberal puede ser defender el libre mercado a capa y espada o todo lo contrario, defender el estado de bienestar. ¿Cómo es posible? Pues para entenderlo tenemos que viajar al origen de esta gran familia de ideas y descubrir el momento exacto en que se partió en dos. Este va a ser nuestro recorrido. Primero vamos a conocer al ancestro común, al liberalismo clásico. Después veremos la gran crisis que lo hizo saltar por los aires. A partir de ahí exploraremos las dos grandes respuestas que nacieron de esa ruptura, el liberalismo social y el liberalismo conservador. Y para terminar, veremos cómo este debate familiar sigue hoy en día definiendo el mundo en que vivimos. Muy bien, pues vamos al lío. Empecemos por el principio de todo. Antes de la gran división había un terreno de juego compartido, unas ideas fundamentales en las que todos los que se llamaban a sí mismos liberales estaban de acuerdo. Y la idea central, vamos, la madre del cordero, es esta, la libertad individual. El liberalismo nace con un objetivo muy claro, proteger a las personas de la arbitrariedad del poder, ya sea el de un rey absoluto o el de una iglesia todopoderosa. La pregunta era, ¿y cómo lo hacemos? pues con una respuesta revolucionaria para la época, creando leyes e instituciones diseñadas específicamente para ponerle límites al poder. Y estos son los pilares sobre los que se construyó todo. Pensadores como John Lock o Adam Smith lo tenían claro. El individuo y no el colectivo es el centro del universo político. Y para proteger a ese individuo son indispensables varias cosas: la propiedad privada, un sistema de leyes que se aplique a todos por igual, incluido el propio gobierno, constituciones que marquen las reglas del juego y, por supuesto, un poder que esté dividido y limitado. Claro, esta forma de pensar no salió de la chistera, fue el resultado de las grandes sacudidas de la modernidad. La revolución científica nos dio confianza en la razón humana. La reforma protestante puso sobre la mesa la libertad de conciencia y luego, boom, las grandes revoluciones políticas, la inglesa, la americana, la francesa, convirtieron estas ideas en derechos y en leyes, consolidando al liberalismo como la gran fuerza política de Occidente. Y bueno, durante un tiempo este modelo pareció funcionar como un reloj, pero entonces la historia de un giro de guion que puso a toda la tradición liberal contra las cuerdas y la obligó a reinventarse y al hacerlo la partió en dos. El motor de ese cambio, de ese terremoto, fue la revolución industrial, una fuerza que transformó la economía, la sociedad y la vida de la gente de una forma que los primeros liberales simplemente no podrían haber ni imaginado. De repente, el mundo ya no era un lugar de pequeños propietarios y artesanos. aparecieron corporaciones gigantescas, una nueva clase obrera urbana y con ella problemas a una escala nunca vista, una pobreza masiva, una desigualdad galopante, condiciones de trabajo infrahumanas, la famosa cuestión social se convirtió en el gran dolor de cabeza de la época y el viejo modelo liberal clásico, pues no parecía tener una respuesta muy clara. El filósofo John Dewy lo clavó con esta frase. La vieja idea de libertad esa de que el Estado simplemente te deje en paz parecía totalmente insuficiente en un mundo donde la gente no se sentía oprimida por un rey, sino por unas fuerzas económicas y sociales que escapaban a su control. La pregunta del millón era, ¿cómo adaptamos el ideal de libertad a esta nueva realidad? Y es justo aquí donde la familia liberal se rompe. La primera gran respuesta vino de una nueva generación de pensadores que dijeron, "Un momento, para salvar el liberalismo hay que reformarlo de arriba a abajo. Son los que conocemos como social liberales. Su diagnóstico era simple y demoledor. A ver, de poco sirve tener el derecho a la libertad de expresión si eres analfabeto o la libertad de buscar un trabajo mejor si no tienes acceso a una buena educación o a un médico cuando te pones enfermo. La libertad escrita en un papel, la libertad formal, decían, no significa absolutamente nada si no tienes las herramientas y las oportunidades para poder ejercerla en tu vida. Y aquí, ojo, porque aquí viene el giro fundamental. Pensadores como THG Green propusieron una idea que lo cambió todo, la libertad positiva. La libertad ya no era solo la ausencia de barreras, como decían los clásicos, no pasó a ser la capacidad real, el poder efectivo de hacer cosas, de perseguir tus metas. El foco cambió de la libertad de a la libertad par. Este cambio de chip lo transformó todo. La igualdad ya no era solo ser iguales ante un juez, pasó a ser la igualdad de oportunidades. Y la propiedad privada, que antes era casi sagrada, dejó de ser un derecho absoluto para entenderse como algo que también tiene una función social y que, por tanto, podía limitarse por el bien común. Y claro, toda esta filosofía se tradujo en un programa político muy concreto, el estado social o de bienestar, un estado que ya no solo protege, sino que también capacita a sus ciudadanos. ¿Cómo? pues invirtiendo en educación y sanidad públicas, creando seguros de desempleo y pensiones e incluso redistribuyendo la riqueza, como defendería mucho más tarde John Rolls, para garantizar que hasta los más desfavorecidos tuvieran una vida digna. Pero claro, no todos en la familia liberal aplaudieron este nuevo rumbo. Para nada. De hecho, surgió una reacción potentísima que defendía justo lo contrario. Para salvar la libertad, había que volver a los orígenes y, sobre todo, contener la expansión del Estado. Para esta otra rama de liberalismo, el diagnóstico era radicalmente opuesto. El problema no era la falta de estado, era su exceso. argumentaban que el estado de bienestar, con todas sus buenas intenciones, lo que hacía era crear dependencia, matar el esfuerzo individual y al final erosionar la misma libertad que decía defender. La solución, decían, era en realidad el problema. El economista Friedrich Hayek lo llamó la fatal arrogancia. Esa idea de que unos cuantos planificadores muy listos desde un despacho pueden diseñar una sociedad mejor es para ellos una ilusión peligrosa. La sociedad es un orden espontáneo demasiado complejo para ser dirigido desde arriba. Lo que de verdad funciona, dicen, es la libre interacción de millones de personas en el mercado. Por eso rechazaron de plano la idea de libertad positiva. Para ellos, eso era una puerta abierta al paternalismo del Estado, el famoso camino de servidumia del que hablaba Hayek. La única libertad verdadera, la única segura, es la libertad negativa, que nadie y muy especialmente el Estado te obligue a hacer lo que no quieres o te impida hacer lo que sí quieres. Su ideal, por tanto, es el estado mínimo, un estado que actúa como un árbitro, se limita a proteger la propiedad, hacer que se cumplan las leyes y a defender el país de ataques externos. y punto. En este modelo, la desigualdad no es un problema a resolver. Como dijo Bon Mises, es el precio inevitable y hasta necesario que hay que pagar por tener libertad y dinamismo económico. Y así llegamos al presente con estas dos visiones de la libertad nacidas del mismo tronco, pero que proponen caminos que son, como hemos visto, totalmente opuestos. Esta tabla lo resume todo a la perfección. Por un lado, una visión que cree que la libertad real necesita un estado activo que nos dé capacidades. Por otro, una que insiste en que la única libertad auténtica es la que nos protege de la interferencia y para eso necesitamos un estado mínimo. En definitiva, el choque entre la libertad para y la libertad de. Y lo que es verdaderamente fascinante de todo esto es que no estamos hablando de un debate entre liberales y antiliberales, no, no es un debate interno, una tensión en el mismísimo corazón de la tradición liberal. Las dos partes en el fondo comparten el mismo objetivo final, proteger y maximizar la libertad de la persona. Su desacuerdo es total sobre cuál es el mejor método para conseguirlo. Y esa es la pregunta que sigue totalmente abierta, la que define gran parte de la política de nuestros días. Necesitamos que el Estado nos capacite para ser de verdad libres o lo que necesitamos es que nos deje en paz. La respuesta que demos a esa pregunta determina la sociedad que construimos y este debate, desde luego, está lejos de haber terminado.