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ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA I
TEMA 10 | Filogénesis y ontogénesis: hominización y construcción del ser humano
Tema 10
Filogénesis y ontogénesis: hominización y construcción del ser humano
Este tema aborda los procesos biológicos y culturales que han configurado al ser humano como especie y como individuo. La hominización, la prematuridad y la interacción entre biología y cultura muestran que lo humano no es un dato fijo, sino una construcción histórica y abierta.
Basado en el Manual de la asignatura Grado de Filosofía UNED:
Antropología Filosófica I. De la Antropología científica a la filosófica.
Javier San Martín Sala
Transcripción
¿De dónde venimos? Es una historia de descubrimiento de huesos antiguos y de una idea radical que cambió para siempre la forma en que nos vemos a nosotros mismos. A ver, pensemos en esto por un momento. Durante milenios, la humanidad se vio como algo aparte por encima del resto del reino animal. Pero, ¿y si esa separación fuera en realidad una ilusión? ¿Y si la respuesta a quiénes somos estuviera enterrada esperando a que la encontráramos? Y claro, el punto de inflexión llegó en 1859. Una sola teoría lo cambió todo. Hablamos, por supuesto, de el origen de las especies de Charles Darwin. De repente, la pregunta sobre nuestra relación con los animales dejó de ser filosofía para convertirse en un problema científico. La teoría ya estaba sobre la mesa. Y aquí es donde empieza la verdadera historia de detectives. La idea de Darwin fue como el pistoletazo de salida para una de las mayores búsquedas de la historia, la caza de nuestros antepasados. Porque una idea, por muy buena que sea, no es nada sin pruebas. Y en este caso las pruebas eran fósiles. Toda la comunidad científica se lanzó a buscar esa pieza clave, esa prueba física que conectara de forma definitiva a la humanidad con el resto del reino animal. Y así, poco a poco, la Tierra empezó a soltar sus secretos. Cada fósil que aparecía era como una nueva pieza de un puzle gigantesco, una página más en la increíble historia de nuestra evolución. Fíjate en el recorrido. Tumai hace 7 millones de años ya nos daba una pista de lo antiguo que era nuestro linaje. Luego, claro, la famosísima Lucy, la Australopitecus, demostró algo que fue una auténtica revolución. Nos pusimos de pie mucho antes de que nuestro cerebro creciera. Eso lo cambió todo. A partir de ahí, las primeras herramientas, el homoilis ya empezaba a transformar su entorno. Después, el homo Ectus nos saca de África por primera vez y finalmente, hace unos 200,000 años aparecemos nosotros. el Homo sapiens. Pero claro, los fósiles son solo una parte. La verdadera revolución no está tanto en los huesos, sino en lo que esos huesos nos permitieron empezar a hacer. Podríamos hablar de cuatro saltos, cuatro revoluciones. Primero, la postura erguida, el Primum Movens, como dicen los clásicos, el primer motor que lo cambió absolutamente todo al liberar nuestras manos. Segundo, la explosión del cerebro. Se duplicó de tamaño en apenas medio millón de años. Es una locura. Con manos libres y un cerebro más potente, llega el tercer paso, obvio, fabricar herramientas. Y por último, el control del fuego. Eso ya fue un cambio de juego total, calor, protección y sobre todo un lugar para reunirse, para socializar el nacimiento del hogar. Y aquí es donde la cosa se pone de verdad, de verdad interesante, porque a ver, si todo esto fuera solo biología, pues seríamos un animal muy listo y ya está. Pero, ¿y si nuestras propias creaciones, nuestras propias acciones empezaron a cambiar las reglas del juego evolutivo? Esto es el corazón de toda esta historia, la idea de que no hay una línea que separe naturaleza y cultura, no son más bien dos fuerzas que bailan juntas en un ciclo que nos fue esculpiendo. A este mecanismo se le conoce como el efecto Balwin. Y la idea, aunque parezca compleja, en el fondo es muy intuitiva. Imagina que un grupo aprende algo útil, como usar herramientas. Pues bien, la selección natural empezará a favorecer cualquier mutación genética que facilite ese aprendizaje. O sea, la cultura empieza a marcar el camino que debe seguir la genética. Es alucinante. Y tenemos ejemplos clarísimos. El uso de herramientas no solo nos dio una ventaja, es que seleccionó los individuos con manos más hábiles y precisas. El ponernos de pie para poder cargar esas herramientas y movernos obligó a rediseñar toda nuestra pelvis. La cultura se estaba metiendo literalmente hasta los huesos. Y por si fuera poco, hay otro proceso en paralelo que es igual de fascinante, la neotenia. ¿Qué significa esto? Pues en pocas palabras, que la evolución humana ha consistido en mantenerse joven. En lugar de especializarnos mucho como adultos, nuestra especie fue seleccionada para conservar rasgos de la juventud, la curiosidad, la flexibilidad, la capacidad de aprender durante toda la vida. Y esto se ve muy bien en los cráneos. Un cráneo de un primate joven tiene la cara más plana, rasgos menos marcados y si lo comparas con un cráneo humano adulto se parece más a ese cráneo joven que al de su propio pariente primate adulto. Es como si nuestra evolución hubiera apostado por no madurar del todo para seguir siendo plásticos adaptables. Y claro, esta mezcla de un cuerpo moldeado por la cultura y una biología que se mantiene joven tuvo una consecuencia absolutamente monumental, una que de hecho define lo que significa ser humano. Y aquí llegamos a la gran paradoja de nuestra evolución. Nuestro mayor tesoro, un cerebro enorme, creó nuestro mayor problema. ¿Por qué? Porque un cerebro grande necesita una cabeza grande, pero una pelvis adaptada para caminar erguidos tiene un canal de parto muy estrecho. Las dos grandes ventajas de nuestra evolución, la inteligencia y el bipedismo, chocaron de frente. La solución de la naturaleza a este dilema fue, bueno, fue radical, nacer antes de tiempo. Los bebés humanos, si lo pensamos, nacen increíblemente prematuros con un cerebro que solo es una fracción de lo que será. Nacos, por así decirlo, a medio hacer. Y esto de verdad lo cambia absolutamente todo, porque al nacer sin terminar, nuestro cerebro no acaba de formarse en el útero, sino fuera, en lo que se ha llamado de una forma muy bonita un útero social. Las conexiones finales de nuestro cerebro se tejen en contacto con el mundo, con el lenguaje, con el afecto, con todo lo que aprendemos. Nuestra biología literalmente necesita de la cultura para poder completarse. El filósofo Edgar Morín lo clavó con una frase genial. El ser humano es un ser cultural por naturaleza porque es un ser natural por cultura. Es un juego de palabras perfecto. No es naturaleza por un lado y cultura por el otro. Es que nuestra naturaleza es ser culturales. Y en la misma línea, el antropólogo Clifford Gz remata. La cultura no fue un adorno, no fue algo que nos pusimos después de estar terminados, fue, dice él, un elemento central en la producción misma de ese animal. Así que aquí está la idea clave, el gran giro de guion. La historia de siempre esa de que el Homo Sapiens apareció ya listo y luego se puso a inventar la cultura, pues no es correcta. La verdad es mucho más profunda, mucho más elegante. No somos un animal que descubrió la cultura, somos el animal que la cultura construyó. Yeah.