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HISTORIA ANTIGUA Y MEDIEVAL | Libro: Manual de iniciación a la historia antigua | Raúl Gonzalez Salinero

Tema 11 Configuración de la República romana

Tema 11. Configuración de la República romana 11.1. La instauración de la República. 11.2. Las conquistas legislativas de la plebe. 11.3. El ordenamiento republicano. 11.4. La conquista de Italia. 11.5. Expansión mediterránea e imperialismo. 11.6. El helenismo en Roma. Creado con NotebookLM Basado en el libro del profesor | Raúl González Salinero | Manual de iniciación a la historia antigua 2º Año de Grado de Filosofía UNED Asignatura | Historia Antigua y Medieval

Transcripción

Hola a todos. Hoy nos vamos a meter de lleno en el análisis de una de las construcciones políticas más fascinantes y exitosas de la historia, la República Romana. Vamos a desgranar cómo se forjó desde su propio nacimiento ideológico hasta su increíble transformación en un poder imperial que acabaría dominando todo el Mediterráneo. Y la pregunta del millón, la que va a guiar todo este recorrido, es precisamente esa. ¿Cómo se llega a construir una maquinaria política tan duradera y eficaz? Para encontrar la respuesta tenemos que desmontar la República pieza a pieza, entender sus cimientos, sus engranajes y, bueno, también sus conflictos. Y todo, absolutamente todo, empieza con una idea, con una declaración de intenciones muy potente. El rechazo a la monarquía, el rechazo a que todo el poder se concentre en una única persona. Es que esta idea es la clave de bóveda de todo el edificio republicano. Crear la República no fue solo un simple cambio de gobierno, fue todo un experimento ideológico. La palabra rey, Rex, se convirtió en algo tóxico, se asoció a la tiranía, a un concepto que había que evitar a toda costa. Podríamos decir que este miedo al poder absoluto está en el ADN de la política romana. Claro, aquí lo interesante es que las fuentes antiguas como Tito Livio nos lo pintan como una revolución casi de película, muy dramática, pero la realidad histórica parece que fue algo más compleja. Fue más bien un proceso lento, una evolución en la que una aristocracia cada vez más rica y poderosa fue poco a poco vaciando de poder al monarca. Todo esto además en un contexto en el que la influencia trusca en la zona estaba decayendo. ¿Vale? Una vez que se han quitado de medio la monarquía, la República se topa con su primer gran desafío interno, el tremendo conflicto entre Patricios y plebellos. Una lucha que en el fondo iba a definir qué significaba de verdad eso de respública, la cosa pública, el asunto de todos. Esta tabla lo resume muy bien. El contraste es brutal. Por un lado, los Patricios, una élite que basaba su poder en el linaje, un club supercerrado que lo controlaba absolutamente todo, el poder, la religión, la tierra, todo. Y por otro lado, la pleve, la inmensa mayoría de la población excluida de todo, pero eso sí, obligada a defender con su vida un estado que sinceramente no sentía como suyo. El choque era inevitable. Ojo, esta lucha duró casi dos siglos y fue una auténtica revolución hecha a base de leyes. Los plebellos osaron la secesio, que era una especie de huelga general en la que amenazaban con irse de Roma para forzar a los patricios a ceder. Y así, conquista a conquista, consiguieron primero sus propios representantes, los tribunos. Luego que las leyes se pusieran por escrito para que todo el mundo las conociera y al final lograron acceder a los cargos más altos del estado. Y lo más curioso es que este conflicto larguísimo que podría haber destruido Roma en realidad la hizo más fuerte. Creó un sistema más justo y una nueva élite, la nobilitas, donde ya se mezclaban patricios y plebellos ricos. Pasemos a ver cómo una vez que ponen un poco de orden en casa, los romanos diseñan un sistema político increíble, una auténtica obra de ingeniería institucional pensada para ser estable y para expandirse. La genialidad de este sistema no está tanto en los cargos en sí, sino en los principios que lo rigen. En esa última columna, fijaos, la colegialidad. Siempre había como mínimo dos personas en cada cargo importante para que se controlasen entre sí y la anualidad. Los mandatos eran muy bortos, normalmente de un año. Todo era un complejo mecanismo de pesos y contrapesos con un único objetivo, impedir que volviera a aparecer un Rex. Pero a ver, si las magistraturas eran los músculos, el motor ejecutivo, el Senado era, sin ninguna duda, el cerebro de Roma. Era la única institución que no cambiaba cada año. Estaba formada por exmagistrados con muchísima experiencia. Era el Senado el que daba la continuidad y la visión a largo plazo que convertíó una ciudad normalit. Era el verdadero centro del poder. Y claro, toda esta maquinaria política, ya bien engrasada y estable, se puso a prueba ens herida. El campo de pruebas fue la propia península itálica que Roma fue conquistando de una forma metódica y sistemática. Fueron dos siglos de guerras prácticamente constantes. Primero contra sus vecinos latinos, después contra las tribus Galas del norte. Luego contra los durísimos samnitas en las montañas y finalmente contra las ricas ciudades griegas del sur que incluso trajeron al famoso rey Pirro para que las defendiera. Y de cada uno de estos conflictos, Roma salía siempre un poco más fuerte y con más territorio. Y esta frase, que se le atribuye a Pirro, es simplemente perfecta. Es casi una profecía. Al vencerle, Roma se había convertido en la dueña absoluta de Italia y ahora, inevitablemente, su mirada se giraba hacia el mar y allí, al otro lado, le esperaba la otra gran potencia del Mediterráneo occidental, Cartago. El escenario para el gran enfrentamiento ya estaba listo. Este es el punto de no retorno. El choque con Cartago no solo iba a decidir quién controlaba el Mediterráneo, iba a transformar la propia naturaleza de Roma, que pasaría de ser una potencia hegemónica, una líder regional, a convertirse en una potencia abiertamente imperialista. Es que eran dos mundos completamente opuestos. Roma, una potencia terrestre con un ejército de ciudadanos que luchaban por un profundo sentido del deber, y Cartago, un imperio marítimo, cosmopolita, comercial, cuya fuerza militar dependía de mercenarios. Era, en esencia un choque de civilizaciones con dos formas de ver el mundo radicalmente distintas. Esta lucha es como una gran tragedia en tres actos. En el primero, Roma, que era una potencia de tierra, aprende a pelear en el mar y gana. En el segundo, el genio militar de Aníbal casi pone de rodillas a la República, pero la increíble capacidad de aguante de los romanos prevalece. Y el tercer acto, bueno, el tercer acto ya no fue una guerra, fue una aniquilación, el resultado de un odio vceral. Y es aquí donde vemos un cambio de mentalidad brutal en la política exterior romana. Al principio, Roma ejercía una hegemonía, un control indirecto. No te invadía, pero todo el mundo sabía quién mandaba. Pero después de las guerras púnicas y las campañas en Oriente, su política cambia y se vuelve imperialista. Dominación directa, anexión de territorios y explotación sistemática de los pueblos vencidos. El año 146 antes de nuestra era es un símbolo potentísimo de este cambio. En un solo año, Roma borra del mapa dos de las ciudades más importantes y ricas del Mediterráneo, su gran rival comercial, Cartago, y la cuna de la cultura griega, Corinto. El mensaje al resto del mundo era inequívoco. La era de la hegemonía se ha acabado. Ahora empieza la del imperialismo puro y duro. Y con esto llegamos a la gran paradoja de todo este proceso, porque mientras las legiones romanas iban conquistando militarmente el mundo helenístico, la cultura griega estaba conquistando por dentro el alma de Roma. Este verso tan famoso de Horacio lo resume a la perfección. Se produce una especie de conquista a la inversa. Roma, esa potencia militar rústica, se ve completamente transformada por la cultura sofisticada del pueblo que acaba de someter. El vencedor es en cierto modo cautivado y moldeado por el vencido. Por supuesto, esta helenización no fue un proceso tranquilo, generó un debate interno profundísimo en la élite romana. Por un lado tenías a los conservadores como Catón el censor que veían en la filosofía y el arte griegos una amenaza para las virtudes de toda la vida, y por otro a los cosmopolitas como los esciones que recibieron con los brazos abiertos el humanismo, la retórica y la literatura griegas. Y cerramos con esta pregunta que en el fondo resume la gran tensión de la República Tardía. La expansión imperial trajo un poder y una riqueza nunca vistos, sí, pero también provocó una profunda crisis de identidad. La conquista del mundo tuvo un precio y ese precio se midió en la transformación de la propia esencia en lo que significaba ser romano. Una cuestión que, como veremos, seguiría resolando hasta el mismísimo final de la República y el nacimiento del imperio.