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HISTORIA ANTIGUA Y MEDIEVAL | Libro: Manual de iniciación a la historia antigua | Raúl Gonzalez Salinero

Tema 12 La fase final de la República romana

Tema 12. La fase final de la República romana 12.1. Desequilibrios sociopolíticos. 12.2. Luchas de poder entre optimates y populares. 12.3. Nuevos protagonistas en la escena política. 12.4. Inestabilidad política y guerra civil. 12.5. La dictadura de César. Creado con NotebookLM Basado en el libro del profesor | Raúl González Salinero | Manual de iniciación a la historia antigua 2º Año de Grado de Filosofía UNED Asignatura | Historia Antigua y Medieval

Transcripción

Bienvenidos. Hoy vamos a sumergirnos en el colapso de una de las mayores potencias de la historia, la República Romana. Analizaremos casi como si fuera una autopsia, cómo un sistema tan formidable pudo venirse abajo. El historiador salustio, que vivió todo aquello, ya lo vio clarísimo. Dio en el clavo al diagnosticar la enfermedad de la República. Y es que paradójicamente fue su propio éxito, sus conquistas lo que sembró la semilla de su destrucción. se encontraron con un imperio entre manos, pero con las herramientas para gobernar apenas una ciudad. Esa es la gran pregunta, ¿verdad? ¿Cómo se llega a ese punto? Pues bien, vamos a desgranar esa cadena de acontecimientos, esa sucesión de crisis y de líneas rojas que se cruzaron para entender cómo la República acabó implosionando. Venga, vamos a ello. Para empezar, tenemos que viajar al final del siglo segundo antes de nuestra era, porque es ahí donde las victorias militares de Roma, lejos de traer solo gloria, abrieron unas grietas profundísimas en su sociedad. El escenario para el drama ya estaba montado. Mirad, aquí tenemos el cóctel perfecto para el desastre. Por un lado, las instituciones no daban más de sí. Por otro, una crisis agraria brutal. Los campesinos que luchaban por Roma volvían para descubrir que habían perdido sus tierras. Esto creó una masa enorme de gente sin nada que perder en la propia ciudad, el proletariado. Y para rematar, los aliados itálicos que ponían los muertos en el ejército no tenían ni los derechos más básicos. El cuerpo político de Roma estaba sin duda muy enfermo y claro, alguien tenía que intentar arreglar esto. El primer intento de Reforma, sin embargo, solo sirvió para destapar la caja de los truenos y sacar a la luz una división mortal dentro de la propia élite romana, una lucha que iba a marcar todo el siglo siguiente. El intento de reforma de los hermanos Graco fue respondido con una violencia brutal y su destino fue mucho más que una tragedia personal. Fue la ruptura de una regla no escrita, pero fundamental. Los problemas políticos se solucionaban con política, no a palos. A partir de aquí, la violencia se convirtió en una herramienta más en el juego de poder de Roma. Se había cruzado una línea muy muy peligrosa. Y de todo este conflicto, la política romana se polariza en dos grandes facciones. Por un lado, los optimates, los mejores, que básicamente eran la aristocracia tradicional, que querían mantener el poder del Senado y que todo siguiera como estaba. y por otro los populares, que no es que fueran del pueblo, pero sí que utilizaban las asambleas populares para intentar romper el poder de esa oligarquía. Y ya se sabe, cuando los políticos están paralizados por sus luchas internas, se crea un vacío de poder, un vacío que no tarda en ser llenado por un nuevo tipo de actor en la escena, el general ambicioso y con un ejército a sus espaldas. Aquí entra en escena una figura absolutamente clave. Callo Mario, un homonobus, un hombre nuevo, vamos, un tipo que no venía de las grandes familias de toda la vida. Su reforma del ejército fue una auténtica revolución. Empezó a reclutar a gente del proletariado a los que no tenían tierras, cambiando para siempre la naturaleza del soldado romano. Esta frase lo resume todo a la perfección. La lealtad del soldado ya no era la República, que era algo abstracto, ¿no? Ahora su lealtad era para su general. que era quien le pagaba, a quien le prometía tierras al retirarse. Los ejércitos se convirtieron en la práctica en ejércitos privados al servicio de un solo hombre. Y con estos ejércitos privados se rompió el tabú definitivo. Cuando el Senado le dio un mando a Sila y los populares se lo quitaron para dárselo a Mario, Sila hizo lo impensable. Cogió su ejército y marchó sobre la propia Roma, un general romano atacando Roma. Esto era una auténtica barbaridad, un acto sacrílego. La República jamás se recuperaría de este golpe. Con la autoridad del Estado por los suelos, los tres hombres más poderosos del momento tomaron una decisión. ¿Para qué luchar contra el sistema si simplemente podían ignorarlo y pasar por encima de él? Y así nace el primer triumbirato. Ojo que esto no era un cargo oficial, era un pacto privado, un acuerdo entre colegas para repartirse el poder. Pompeio ponía la fama militar, Craso ponía el dinero que tenía a Espuertas y un joven y ambicioso Julio César ponía la astucia política. juntos eran imparables. El resultado, pues, que hicieron y deshicieron a su antojo, consiguieron todo lo que querían para ellos y sus clientes, dejando al Senado, la institución central de la República, completamente al margen. Demostraron que la República en realidad ya era una cáscara vacía, pero claro, una alianza que se basa únicamente en la ambición personal es por definición inestable. En cuanto los lazos que los unían empezaron a romperse, el choque de trenes final se hizo inevitable. A veces los grandes giros de la historia dependen de cosas muy humanas, muy personales. La muerte de Julia, que era hija de César y mujer de Pompello, fue mucho más que un drama familiar. Fue la ruptura del único lazo de verdad que mantenía a raya las enormes ambiciones de los dos hombres más poderosos de Roma. Y por si fuera poco, al año siguiente, Craso, el tercer miembro, muere en batella. Crasó había sido una especie de mediador, el contrapeso que mantenía el equilibrio. Sin él, el tablero quedó listo para la confrontación final. Cezar contra Pompeello. La pregunta estaba en el aire y la respuesta era un no rotundo. Pompello se alió con la vieja guardia del Senado, que veía con pánico el poder y el éxito de César en la Galia. Le exigieron que licenciara a su ejército y la respuesta de César fue cruzar el río Rubicón, un acto que significaba el inicio de una nueva guerra civil. Y lo que siguió fueron 4 años de guerra total por todo el Mediterráneo. César, con una brillantez militar asombrosa fue aplastando a todos sus rivales uno por uno, hasta que no quedó nadie que le hiciera sombra. Se había convertido en el dueño absoluto del mundo romano. Una vez terminada la guerra, César regresó a Roma. Pero ya no era un general victorioso más. Volvía como un gobernante absoluto, con la tarea titánica de reconstruir un estado que estaba hecho añicos. Y hay que reconocer que sus reformas fueron una respuesta directa a todos los problemas que llevaban un siglo arrastrándose. Intentó solucionar el problema agrario, el desempleo en la ciudad, la integración de las provincias. Su objetivo era crear un estado que por fin estuviera a la altura del imperio que gobernaba. Pero, y aquí está el kit de la cuestión. Toda esta acumulación de poder en una sola persona era la antítesis de la idea de una república. El título de dictador perpetuo, dictador de por vida, alimentó el miedo más profundo de un romano que quisiera convertirse en rey. Y así llegamos a los famosos idus de marzo. Con la tremenda ironía de la historia, un grupo de senadores que se llamaban a sí mismos los liberadores lo asesinaron en el propio Senado. Su objetivo era matar al tirano para resucitar la República. Pero el asesinato fue un acto completamente inútil. No restauró absolutamente nada. Lo único que consiguió fue desatar otra oleada de guerras civiles y demostrar una cosa. La República no murió apuñalada junto a César. La República ya era un cadáver político desde hacía mucho tiempo. Su caída no fue obra de un solo hombre, sino el resultado de un siglo de decadencia y de reglas rutas.