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FILOSOFÍA POLÍTICA I
Tema 12 | Multiculturalidad, inmigración y democracia | Versión simplificada II
Filosofía Política I - Grado de Filosofía - 2º año UNED
BAsado en un texto de Ricard Zapata-Barrero
Creado con Notebook LM
Transcripción
A ver, nuestras sociedades son cada vez más diversas, eso es un hecho, pero las herramientas que usamos para pensar la democracia, bueno, pareja que están ancladas en el siglo pasado. ¿Qué pasa cuando esa realidad multicultural de hoy choca de frente con unos conceptos políticos que se han quedado viejos? Pues vamos a meternos de lleno en las ideas de Ricard Zapata Barrero para entender esta tensión que es fundamental. Parémonos a pensar en esto un momento. La mayoría de nuestros países se autodenominan democracias, pero luego cuando se enfrentan a la inmigración o a la diversidad reaccionan de formas que no tienen nada que ver. ¿Por qué? Esa es la gran pregunta que nos va a guiar, una que en el fondo es una versión moderna de la que ya se hacía el bueno de Montesquie hace siglos. El problema de fondo, el quid de la cuestión es una especie de desfase temporal. Vivimos en un mundo globalizado, móvil y superverso, un mundo del siglo XXI. Pero, ¿con qué herramientas lo pensamos? Pues con conceptos políticos como nación, ciudadanía o soberanía que se crearon para una realidad muy distinta, la del siglo XX, que se imaginaba a sí misma como homogénea y estática. Y esta brecha, ojo, no es solo teórica, es la raíz de muchísimos de los conflictos que vemos todos los días. Vale, esta es la hoja de ruta que vamos a seguir. Primero vamos a diagnosticar por qué la democracia está como desincronizada. Después desmontaremos pieza por pieza el modelo tradicional en el que se basa. Luego exploraremos siete ideas clave para entender el mundo de hoy. Propondremos un vocabulario nuevo y para terminar nos daremos la gran pregunta. ¿Qué es lo que de verdad está en crisis? Venga, vamos con el primer punto. Y todo empieza con una pregunta que parece simple, pero que lo cambia todo. ¿Quién forma el pueblo en una democracia? ¿Son todas y cada una de las personas que viven en un territorio o solo son las que tienen derecho a votar? Aquí es donde chocan dos mundos. Por un lado, una idea del demos, o sea, el pueblo soberano, que incluye a toda la población. Desde este punto de vista, los intereses de todos los residentes, inmigrantes incluidos, son igual de legítimos. Pero por otro lado está la visión política clásica. El demos son únicamente los ciudadanos, los que tienen pasaporte y derecho a voto. Y este en esencia es el campo de batalla de toda política migratoria. Y ojo, que aquí entra en juego una idea potentísima del pensador Reinhard Koselec. Nuestro lenguaje político no es neutral. Palabras como ciudadano o nacional nos parecen normales, descriptivas, pero en realidad funcionan de forma asimétrica. crean un nosotros que tiene todos los derechos y al hacerlo, por pura exclusión crean un ellos que se queda fuera. Entonces, de sale este modelo que al final acaba excluyendo gente. Pues para entenderlo tenemos que desmontar lo que podríamos llamar la santísima trinidad sobre la que se han construido las democracias modernas, una estructura que hoy por hoy está sometida a una presión brutal. El primer pilar de esta trinidad es el estado. La maquinaria del poder, ¿no? Es la entidad política que tiene el monopolio de la fuerza en un territorio y lo que es clave aquí, la que tiene el poder de decir quién pertenece y quién no. El segundo pilar es la nación. Si el estado es, digamos, la estructura, la nación es el sentimiento, es esa historia compartida, ese pegamento simbólico que hace que la gente se sienta leal y conectada con ese estado y ese territorio. Y la pieza que lo une todo es la ciudadanía. Es el estatus legal, el papelito que te conecta oficialmente con el Estado, te da una serie de derechos y te mete de lleno en el relato de la nación. es la pieza final que cierra el círculo. O sea, que no son tres cosas sueltas, ¿no? Estado, nación y ciudadanía forman un triángulo que se refuerza a sí mismo, lo que Zapata Barrero llama con un poco de ironía la santísima trinidad. Cada concepto se define en función de los otros dos y así se crea un sistema que durante siglos nos pareció lo más normal del mundo, incuestionable. Y es precisamente este triángulo el que la realidad multicultural está haciendo saltar por los aires. Bien, si el modelo de siempre ya no nos vale, ¿cómo narices entendemos lo que está pasando ahora? Pues necesitamos nuevas reglas de juego. Vamos a ver ahora siete premisas que, según el autor, son la base para poder navegar en esta nueva realidad. A ver, vamos a repasarlas con calma. Primera, la diversidad cultural no es una moda pasajera, es global e irreversible. Segunda es el principal motor de cambio y de conflicto social a día de hoy. La tercera y la cuarta van de la mano. Ya no hablamos solo de tener valores distintos, sino de marcos culturales diferentes. Y esa identidad cultural se ha vuelto un factor clave para explicar por qué hay desigualdad. Y esto nos lleva a la quinta. Las políticas de redistribución económica ya no pueden ir por un lado y el reconocimiento de esas identidades por otro. Tienen que ir juntas. Sexto punto, el reto no es acabar con la diversidad, sino aprender a gestionarla democráticamente. Y la última, que es crucial, muchos de nuestros debates más encendidos no son sobre hechos objetivos, sino sobre el significado que le damos a esos hechos. Claro, si damos por buenas estas ideas, la conclusión es inevitable. El lenguaje que hemos usado durante décadas ya no sirve. Las viejas palabras no describen el mundo en el que vivimos. Necesitamos, pero ya, un nuevo sistema de categorías. Fijaos en el primer cambio brutal. Durante 200 años la política se explicaba con el conflicto entre tradición y modernidad. Pues bien, ese eje ha muerto. El verdadero debate que estructura nuestro mundo hoy es el que enfrenta una visión monocultural homogénea contra una visión multicultural y diversa. Y claro, esto lo cambia todo, hasta la idea misma de progreso. Ya no podemos medirlo solo con el PB o las cifras de empleo. El verdadero progreso en el siglo XXI se mide por la capacidad de una sociedad para gestionar su diversidad de una forma democrática, asegurando la igualdad para todo el mundo. Pasa lo mismo con las leyes, eh, se nos han quedado viejas. La declaración de derechos humanos de 1948 se centró, lógicamente, en proteger el derecho a salir de un estado que te oprime. Pero en un mundo de migraciones como el de ahora, el debate urgente es sobre el derecho a entrar. Hay una simetría legal tremenda y nuestro sistema no fue diseñado para esto. Y por último, cambia cómo entendemos la desigualdad. Durante un siglo clase social era la categoría principal para analizarla. Hoy, aunque sigue siendo importante, muchas veces se queda corta. Gran parte de las desventajas más profundas se explican mejor por la pertenencia a un grupo cultural concreto, ya sea por etnia, por religión o por origen. Bueno, y con todo esto llegamos a la gran pregunta. Estamos todo el día escuchando que el multiculturalismo ha fracasado. Vale, pero ¿qué significa eso exactamente? Cuando alguien dice que hay una crisis del multiculturalismo, ¿de qué está hablando en realidad? Es que es alucinante como una palabra puede dar un giro de 180º. Antes de los atentados del 11, multicultural era una palabra positiva que asociábamos con tolerancia, con progreso. Después, su significado público se invirtió por completo. Pasó a asociarse con amenaza, con inestabilidad, con peligro. Y no fue casualidad, fue un cambio semántico deliberado, impulsado por un nuevo discurso centrado en la seguridad. A ver, para no liarnos, es super importante que separemos tres cosas que siempre se mezclan en el debate. Primero, la multiculturalidad como un hecho social. Nuestras sociedades son diversas y punto. Segundo, el multiculturalismo como política pública, las medidas concretas para gestionar esa diversidad. Y tercero, el multiculturalismo como un valor ético. La creencia de que la diversidad en sí misma es buena. Cuando se habla de crisis, casi siempre se está criticando el segundo nivel, el de las políticas. Y aquí está el núcleo de la crítica intelectual más seria que se le ha hecho a esas políticas de la mano de pensadores como Brian Berry. Su argumento es que si se pone demasiado énfasis en proteger las diferencias, se corre el riesgo de fragmentar la sociedad, de crear getos y de perder por el camino esos valores cívicos universales que nos mantienen unidos. El peligro, advierten, es que se erosione la cohesión social. Y esto nos lleva a la pregunta del millón, la que lo pone todo patas arriba. La cuestión que plantea Zapata Barrero no es si unas políticas concretas de los años 90 funcionaron o no. La pregunta es mucho más profunda. ¿Estamos de verdad ante una crisis del multiculturalismo o estamos ante una crisis de la propia democracia que se muestra incapaz de adaptar su viejo triángulo de Estado, nación, ciudadanía a la realidad de un mundo que ya es diverso. Ahí queda la reflexión.