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FILOSOFÍA POLÍTICA I

Tema 14 | Ecología y Filosofía Política | Versión simplificada

Filosofía Política I - Grado de Filosofía - 2º año UNED Basado en un texto de Joaquin Valdivielso Creado con Notebook LM

Transcripción

¿Cómo es que la ecología, que empezó siendo una ciencia bastante de nicho, ha terminado por sacudir los cimientos de la filosofía política? Bueno, pues en este análisis, que se basa en un estudio de Joaquín Valdivielso, vamos a ver justo eso, cómo esa conciencia verde ha ido redefiniendo nuestras ideas sobre el poder, la justicia y el futuro. Por primera vez en la historia nos vimos desde fuera. Esta imagen del planta, esa esfera azul, frágil y solitaria flotando en la inmensidad del espacio, uf, no fue solo una foto, fue de verdad la chispa que encendió un cambio de conciencia radical. Vale, para entender bien todo este camino, vamos a estructurarlo en cinco grandes etapas. Veremos cómo la cuestión ambiental pasó de ser algo que preocupaba a unos pocos a converterse en un desafío político de primer orden. Venga, empecemos por el principio. Vamos a ver cómo la ecología se abrió paso a codazos, por así decirlo, en el mundo de la filosofía política, creando todo un nuevo campo de pensamiento. A ver, la teoría política verde no va solo de proteger el medio ambiente, su punto de partida es mucho más profundo. Es una crítica directa al productivismo. ¿Y qué es eso? Pues es esa idea, casi una fe de que el objetivo principal de la sociedad es crecer y producir sin parar, sin importar los costes ecológicos o sociales que eso tenga. Muy bien, ya tenemos la teoría, pero ¿en qué momento esta idea abstracta se convierte en algo urgente, en algo que le preocupa a la gente de a pie? Pues para eso tenemos que viajar a los años 60 y 70. El año 1972 es clave. El club de Roma publica un informe que cae como una auténtica bomba. los límites del crecimiento. Y ojo, porque el equipo de Denis Elemidos no estaba haciendo una simple profecía apocalíptica, no, no. Era un diagnóstico sistémico que venía a decir con datos que o cambiábamos las estructuras económicas o nos dirigíamos directos al colapso global. Claro, un diagnóstico así dividió las respuestas en dos bandos totalmente opuestos. Por un lado estaban los que proponían un control técnico, soluciones desde arriba y por otro los que defendían que el problema era el sistema y que la única salida era una emancipación social, un cambio desde abajo. Y de repente la teoría se hizo realidad. Desastres como el desbeso, la pesadilla de Chernóy o El vertido de Lexon Valdez hicieron que la crisis ecológica saltara de los informes científicos a los titulares de todo el mundo. La urgencia se volvió, vamos, palpable. Las instituciones empezaron a moverse y hubo éxitos importantes como el protocolo de Montreal, pero claro, también surgió una reacción. El famoso green washing es el lavado de cara verde que muchas empresas empezaron a practicar. Frente a esto, los ecologistas pusieron sobre la mesa el principio de precaución, una idea potentísima que básicamente dice, "Si no estamos seguros de que algo no vaya a causar un daño grave, es mejor no hacerlo. Más vale prevenir que curar." Bien, ya tenemos el problema sobre la mesa. El siguiente paso era definir los términos del debate. ¿Qué es exactamente la ecología y qué es lo que la hace política? La ecología que Ernst Hckel definió como la ciencia de las relaciones nos enseña algo fundamental. Los dice que las economías industriales no funcionan como un péndulo que puede oscilar eternamente. Funcionan más bien como un reloj de arena. Los recursos se gastan y ese proceso es irreversible. La arena que cae no vuelve a subir. Y aquí viene el giro clave, añadir la palabra política, porque entonces el foco se desplaza. Ya no se trata solo de la naturaleza, sino de las dinámicas de poder que moldean nuestra relación con ella. La pregunta ya no es solo qué pasa, sino a quién le beneficia y a quién le perjudica. Esta distinción que hizo Arneas es fundamental. Por un lado, tenemos una ecología que él llamó superficial, que ve la naturaleza como un simple almacén de recursos para los humanos. Y por otro la ecología profunda que defiende que toda forma de vida tiene un valor en sí misma, más allón de la utilidad que nos pueda dar. Entonces, la pregunta es, ¿cómo pasaron todas estas teorías a la acción? Vamos a explorar ahora cómo surgieron nuevos movimientos sociales y el lenguaje tan potente que crearon. Pensadores como Turain, Meluchci y Abermas se dieron cuenta de que el ecologismo era un movimiento social de Nuevo Cuño. Tenía tres características que lo hacían único. Sus reivindicaciones eran globales y pensaban en las generaciones futuras. Su crítica al productivismo era universal. y finalmente acabó creando su propio vehículo para entrar en las instituciones, los partidos verdes. La conciencia fue evolucionando. Se pasó del famoso síndrome Ninbi, el no en mi patio trasero, a entender que los problemas ambientales no tienen fronteras. Se empezó a ver que la contaminación afecta de forma muy desigual, perjudicando siempre a las comunidades más pobres, pero que en el fondo el patio trasero es el planeta entero. Y claro, esta lucha trajo consigo un vocabulario nuevo que cambió por completo las reglas del juego. De repente, ya no se hablaba solo de conservar la naturaleza, sino de justicia ambiental, de soberanía alimentaria, de deuda ecológica o de la huella ecológica. Este lema es potentísimo porque resume perfectamente el cambio de mentalidad. Not on planet Earth. Ya no se trata de no querer algo en tu patio trasero, sino de entender que no hay un afuera al que podamos tirar las cosas. No hay un planeta B. Bueno, y con esto llegamos a la recta final. Vamos a intentar sintetizar los principios clave que han surgido de todo este proceso y los desafíos fundamentales que todavía tenemos por delante. El gran reto que tenemos ahora ya no es solo reconocer que hay un problema. El reto es político. Se trata de cómo podemos redefinir conceptos tan básicos como la igualdad y la libertad para que incluyan los límites del planeta y la responsabilidad que tenemos sobre el impacto futuro de nuestras acciones. De todo este recorrido parece que emerge un consenso en torno a un trípode normativo para poder actuar. Precaución, justicia ambiental y autolimitación democrática. Y ojo, porque estas no son solo principios ecologistas, son, en realidad los pilares necesarios para evitar que la propia modernidad acabe destruyendo las bases que la sostienen. Esto nos deja con una última reflexión, una pregunta que lo engloba todo. ¿Será capaz la modernidad de reescribir sus propias reglas antes de que el tablero de juego sobre el que se asienta se desmorone? Ahí queda eso.