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HISTORIA ANTIGUA Y MEDIEVAL | Libro: Manual de iniciación a la historia antigua | Raúl Gonzalez Salinero
Tema 16 Evolución política tardoimperial
Tema 16. Evolución política tardoimperial
16.1. El siglo III: tensiones y fluctuaciones.
16.2. La Tetrarquía.
16.3. Constantino y el Imperio cristiano.
16.4. Administración tardoimperial.
16.5. La vitalidad del Imperio oriental.
Creado con NotebookLM
Basado en el libro del profesor | Raúl González Salinero | Manual de iniciación a la historia antigua
2º Año de Grado de Filosofía UNED
Asignatura | Historia Antigua y Medieval
Transcripción
Vamos a sumergirnos hoy en un periodo clave y a menudo malentendido de la historia de Roma, la evolución política del imperio tardio. Y ojo, porque no es una simple historia de decadencia, de algo que se desmorona, es sobre todo una historia de reinvención radical, de cómo un imperio al borde del abismo se transformó de arriba a abajo para simplemente sobrevivir. Para entender esta metamorfosis, vamos a seguir una hoja de ruta con cinco paradas. Primero, nos preguntaremos si la famosa crisis del siglo I fue tal. Luego veremos la ingeniosa solución de la tetrarquía. Después seremos testigos del Giro copernicano de Constantino. Entenderemos la nueva maquinaria del estado y finalmente analizaremos esa división que marcó destinos muy diferentes para Occidente y Oriente. Para meternos en el ambiente de la época solo hay que leer a gente como Cipriano de Cartago. Su visión era, bueno, totalmente apocalíptica. Hablaba del fin de los tiempos, de la destrucción total. era un reflejo del pesivismo que se respiraba y claro, usaba esta retórica para movilizar a sus fieles, pero ¿era esa la foto completa del imperio? Y aquí está la gran pregunta, la que va a guiar todo nuestro recorrido. La historia que siempre nos ha encontrado es la de una crisis total, un colapso. Pero y sí, lo que pasó fue en realidad una serie de transformaciones muy profundas y a menudo dolorosas que pusieron las bases de un mundo nuevo. Pues empecemos por ahí, por ese turbulento siglo I. Durante muchísimo tiempo se le ha puesto la etiqueta de El principio del fin, una era de crisis sistémica. Pero la historiografía más reciente nos invita a esa idea con pinzas, a matizarla mucho. Este contraste es fundamental para entenderlo todo. Donde antes se veía un colapso uniforme, un todo se valgarete a la vez, hoy vemos un panorama mucho más complejo de fluctuaciones. Mientras unas regiones estaban pasándolo francamente mal, otras como Britannia o Panonia vivían un momento de sorprendente vitalidad. O sea, que no fue una caída en bloque, sino un mosaico de crisis y recuperaciones. Ahora bien, que no fuera un colapso total no significa que no hubiera problemas gravísimos. Claro que lo sabía. El estado se enfrentaba a una anarquía militar casi constante con una sucesión de emperadores que duraban meses, a veces semanas. Esto lógicamente debilitó el poder central hasta tal punto que surgieron poderes autónomos en La Galia y en Palmira. Y por supuesto, todo esto generó un caos económico e institucional tremendo. Y es justo en medio de este caos de donde surge una de las soluciones políticas más originales y radicales de toda la historia romana. Un soldado dalmata, de origen humilde, diocleciano, llega al poder y llega a una conclusión muy pragmática. El imperio es demasiado grande y sus problemas demasiado complejos para que los gestione un solo hombre. Su creación, la tetrarquía, era muchísimo más que un simple reparto territorial. fue en intento audaz de crear un sistema, de institucionalizar la sucesión para evitar las guerras civiles. La idea era tener dos emperadores principales, los Augustos y dos subemperadores, los césares, que eran a la vez sus sucesores designados y sus aprendices. Pero esto no era solo un organigrama de poder. La carga ideológica era potentísima. Diocleciano y su césar Galerio se vincularon a Júpiter. Eran los Yobi representando la cabeza pensante, la autoridad. Mientras Maximiano y su césar Constancio se asociaron a Hércules, los Herculei, simbolizando el brazo ejecutor, la fuerza. Era una fraternidad divina para legitimar el gobierno colegiado. Y fijaos en las capitales, ninguna es Roma. Están cerca de las fronteras donde estaba la acción. Para que este nuevo estado funcionara Dioclesiano tuvo que hacer un reseteo casi total. reorganizó el territorio en provincias más pequeñas y manejables para un control más férreo, reformó el ejército, creó un sistema de impuestos mucho más predecible y en un intento ya desesperado por frenar la inflación, llegó a fijar por ley el precio de miles de productos, una auténtica revolución administrativa. Sobre el papel, el plan de la tetrarquía era casi perfecto, pero tenía un punto débil fundamental, la ambición humana. Y claro, no tardó en explotar. De las guerras civiles que siguieron a la abdicación de Diocleciano emergió una figura que lo cambiaría absolutamente todo, Constantino. El sistema se vino abajo casi al instante. Cuando su padre muere, las tropas de Constantino lo aclaman emperador, saltándose todas las reglas y ahí empieza una larga y sangrienta lucha por el poder. Su victoria clave, la del puente Milvio, a las puertas de Roma, fue un punto de inflexión y todo culminó en el 324, cuando derrotó a su último rival y volvió a unificar todo el imperio bajo un único soberano. Cuenta la leyenda que justo antes de esa batalla decisiva, Constantino tuvo una visión, una cruz en el cielo con esa inscripción. sea historia o mito, lo cierto es que este momento simboliza el giro de 180º que estaba a punto de dar la histórica alianza entre el trono imperial y la fe cristiana. Y su apoyo no fue solo un gesto para nada. Constantino puso en marcha una serie de políticas que le dieron un poder inmenso a la iglesia. le devolvió propiedades, le quitó los impuestos al clero, le dio poder judicial, en esencia la integró en la mismísima estructura del Estado. Estaba poniendo, sin saberlo, la primera piedra de la cristianidad medieval. Y su otra gran jugada maestra fue fundar una nueva Roma. Eligió la antigua ciudad de Bizancio para levantar Constantinopla y fue un acierto estratégico brutal. Desde allí podía defender mejor las fronteras del Danubio y de Persia, y además controlaba rutas comerciales vitales. Con esta decisión, el centro de gravedad del mundo se movía definitivamente hacia el este. Bien, tenemos un imperio reunificado con un nuevo apoyo ideológico en el cristianismo y una nueva capital. Ahora, ¿cómo se gobierna este monstruo transformado? Pues tanto Dioclesiano como Constantino crearon y perfeccionaron una maquinaria administrativa enorme y compleja, una burocracia que se convirtió en el esqueleto del nuevo estado tardo romano. La estructura era una pirámide de control muy clara. El imperio se dividía en prefecturas, las prefecturas en diócesis y las diócesis en provincias cada vez más pequeñas. La idea era brillante. Por un lado, permitía un control administrativo mucho más directo y, por otro, al dividir tanto el poder, se evitaba que un solo gobernador acumulara demasiada fuerza y se convirtiera en una amenaza para el emperador. Se creó así un cuerpo de funcionarios profesionales que sería el pilar del estado durante siglos. Y con esto llegamos al acto final de esta gran transformación. Aunque el imperio ya se había gobernado a menudo desde dos o más centros, la división que estaba por llegar sería formal, permanente y a la larga definitiva. El momento clave es el año 395. A la muerte del emperador Teodosio, el imperio se reparte entre sus dos hijos. Hay que entender que sobre el papel seguía siendo una sola entidad, el Imperium Romanum. Pero en la práctica, esta división administrativa marcó el inicio de dos caminos. Dos trayectorias históricas que ya nunca volverían a unirse de verdad. Y el contraste entre los destinos de ambas partes es brutal. Occidente, más frágil y expuesto, se fue desintegrando poco a poco bajo la presión de las migraciones de pueblos germánicos. El saqueo de Roma en 410 fue un shock tremendo y todo culminó simbólicamente en 476. Oriente, sin embargo, demostró una capacidad de resistencia increíble. no solo sobrevivió, sino que prosperó manteniendo viva la llama imperial. De hecho, el imperio de Oriente se sintió tan fuerte que incluso soñó con lo imposible, la reconquista. Bajo el mando del ambiciosísimo emperador Justiniano, ese sueño empezó a tomar forma y el año 534 marca el primer gran éxito, la rapidísima conquista del reino vándalo en el norte de África, a manos de su general Belisario. El gran proyecto de Justiniano, la restitución impería, eso, la restauración del imperio. Su ambición le llevó a reconquistar enormes territorios, pero la realidad fue que estos no se convirtieron en un imperio occidental restaurado, sino en provincias gobernadas con mano de hierro desde Constantinopla. Quizás su legado más duradero no fueron las conquistas, sino su monumental compilación del derecho romano, el Corpus Yuris Civilis. Visto en perspectiva, el esfuerzo titánico de Justiniano fue en realidad el canto del cisne de la vieja ambición universal romana. Irónicamente, sus guerras agotaron al imperio y aceleraron su transformación en algo nuevo, en lo que los historiadores llamamos el imperio bizantino, con una identidad cada vez más griega, cristiana, oriental y menos latina. Y así cerramos el círculo. Volviendo a la pregunta del principio, la caída de un imperio en Occidente fue un hecho, sí, pero lo que vino después no fue un vacío, fue la supervivencia y la transformación de su derecho, su administración, su religión y su cultura en formas nuevas. Quizás el verdadero legado de Roma no está tanto en las ruinas, sino en los cimientos, a menudo invisibles, sobre los que, para bien y para mal, todavía construimos nuestro mundo. Ah.