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ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA I
TEMA 2 | Antropología filosófica y antropología científica
Tema 2
Antropología filosófica y antropología científica
Este tema analiza la compleja relación entre la antropología filosófica y las ciencias humanas, marcada primero por una oposición crítica y después por intentos de articulación positiva. La filosofía del ser humano no sustituye a la ciencia ni se disuelve en ella, sino que reflexiona sobre sus supuestos, límites y consecuencias, recuperando la dimensión del sentido y del proyecto humano.
Basado en el Manual de la asignatura Grado de Filosofía UNED:
Antropología Filosófica I. De la Antropología científica a la filosófica.
Javier San Martín Sala
Transcripción
Estamos viviendo una paradoja de lo más curiosa, ¿no? Por un lado, acumulamos una cantidad de datos sobre el ser humano que es, bueno, sencillamente abrumadora, pero por otro la pregunta de fondo, la de qué somos realmente, parece que se nos escapa cada vez más. ¿Cómo puede ser? ¿Cómo es posible que sepamos tantísimo y a la vez tan pooco sobre nuestra propia naturaleza? Para empezar a tirar del hilo, nada mejor que esta frase de Martin Heidegger. Es potente, ¿verdad? Da justo en el clavo. Y es que resume a la perfección el problema que tenemos entre manos. Vamos a usar esta idea como punto de partida para entender por qué todo ese conocimiento científico por sí solo parece que no nos da la respuesta completa. Y aquí está, digamos, el origen de la tensión. Tenemos dos maneras de mirar al ser humano. Por un lado, la antropología filosófica, que se pregunta por el quién va a la esencia, a lo que nos define en lo más profundo. Y por otro, las ciencias humanas, que se preguntan por el cómo. Se centran en los datos, en los hechos, en cómo funcionamos a nivel biológico, psicológico, social. A primera vista parecen dos mundos que no se tocan. Bien, este va a ser nuestro plan de viaje. Veremos primero esa paradoja de la que hablábamos. Luego cómo se intentó levantar un muro para separar filosofía y ciencia. ¿Por qué ese muro se vino abajo? ¿Cómo podemos tender un puente? Y, al final, ¿qué papel juega cada una en esta nueva forma de entendernos? Venga, empezamos. Lo primero que hizo la filosofía, o al menos una parte importante de ella, fue trazar una línea en la arena, construir un muro para separarse de las ciencias a las que veía como, bueno, algo secundario, algo que no llegaba al fondo de la cuestión. Pues sí, pensadores de la talla de Heidegger, Helen o Lansberg lo tenían clarísimo. Heidegger, por ejemplo, decía que la ciencia te da un montón de hechos sueltos, pero no te dice lo que es un ser humano. Helen iba un paso más allá y decía que la filosofía debía crear su propia superciencia para dar sentido a todo lo demás. Y Lansberg distinguía entre la filosofía que estudia nuestra esencia y la ciencia que se queda en los rasgos en lo más superficial. O sea, que el muro que levantaron era más o menos así. De un lado, la ciencia, lo de fuera, los hechos objetivos, el ser humano visto como un objeto que se puede medir y trocear. Y del otro la filosofía, lo de dentro, la esencia subjetiva, el ser humano entendido como un todo, como un ser con un significado propio. Dos reinos totalmente separados. Pero claro, un muro así estaba destinado a tener grietas. Y es que ignorar la realidad, ignorar los datos que nos da la ciencia sobre lo que somos materialmente, pues acaba siendo un problema muy gordo para la propia filosofía. Vamos a ver por qué. ¿Qué pasa cuando te olvidas de la ciencia? pues que el ser humano del que habla la filosofía se convierte en algo etéreo, abstracto, un concepto desconectado de su cuerpo, de su historia, de su entorno. Se crea una división artificial y un poco absurda entre un supuesto yo interior y todo lo demás el exterior objetivo. Esta frase lo clava. Al final, la filosofía acaba hablando de un ser humano tan general, tan fuera del tiempo y del espacio, que ya no sabes a quién se refiere, a una persona de hoy, a alguien de la prehistoria o es solo una idea se pierden la ambigüedad y eso no nos sirve. Vale, hemos visto el muro y hemos visto las grietas. ¿Cuál es la solución? Pues lógicamente construir un puente, pasar de esa actitud de descalificar al otro a una decolaboración, a una articulación positiva donde ambos campos se necesiten y se enriquezcan mutuamente. Y aquí está la idea central, que es simple, pero lo cambia todo. La antropología filosófica no puede darle la espalda a la ciencia, no puede empezar desde cero. Necesita los conocimientos que nos dan las ciencias humanas como su punto de partida, como la materia prima sobre la que empezar a pensar. Y es que, a ver, la ciencia nos ha dado unas cuantas bofetadas de humildad a lo largo de la historia. Eh, primero en la cosmología nos dijo, "No sois el centro de nada." Luego la biología, "Sois un animal más producto de la evolución. Después la psicología, ni siquiera controláis vuestra propia mente." Y ahora la informática nos dice que nuestra inteligencia tampoco es tan especial. La filosofía tiene que asumir todo esto. Con todo esto llegamos al corazón del asunto, a la articulación positiva de verdad. ¿Qué somos? Pues somos una dualidad. Por un lado, somos la suma de nuestras determinaciones, todo eso que la ciencia estudia, nuestra biología, nuestra psicología, nuestra cultura. Pero, y aquí está la magia, también somos un proyecto, algo que parte de esas determinaciones, sí, pero para ir más allá, para trascenderlas. Y ahora sí, llegamos al final, donde todas las piezas encajan. Vamos a ver que no se trata de que una disciplina sea mejor que otra. Se trata de entender que hacen preguntas diferentes, pero que son preguntas totalmente complementarias sobre esa cosa tan compleja que somos. La ciencia se hace una pregunta muy concreta, ¿qué somos? Y para responderla nos describe a través de nuestras determinaciones. Nos dice qué dice nuestra biología, cómo funciona nuestra mente, en qué sociedad vivimos, qué lenguaje usamos. Básicamente nos da el mapa de los hechos, de lo que es. Pero la filosofía a la filosofía sube un nivel, no pregunta qué, sino quién somos. y su respuesta no está en los hechos, sino en lo que hacemos con ellos. Se ocupa de nuestra capacidad de ir más allá, de nuestra identidad, de nuestra indeterminación y, sobre todo, de nuestra búsqueda constante de sentido. Piénsenlo así. La ciencia nos da los ladrillos, los materiales con los que estamos hechos. La filosofía se pregunta qué tipo de casa vamos a construir con esos ladrillos. Explora el para qué, el sentido de la construcción. Pero ojo que la cosa se pone todavía más interesante porque las ciencias humanas no son solo máquinas de recoger datos, también tienen una función interpretativa, lo que se llama hermenéutica. Cuando un antropólogo estudia una cultura, no solo lista sus costumbres, intenta entender el sentido que tiene esa forma de vida, el proyecto vital que hay detrás. Y entonces, ¿qué hace la filosofía con todo ese material? Pues aquí entra su papel crítico, que podemos dividir en tres pasos. Primero, reúne todos esos sentidos que la ciencia va descubriendo. Segundo, los organiza, los compara con algún ideal. Y tercero, y esto es lo más importante de todo, los evalúa. Porque aquí está el meollo de la cuestión. No todos los sentidos, no todas las formas de vida son igual de válidas. La tarea de la filosofía no es solo describir lo que hay como si fuera un catálogo, es tomar partido. Es juzgar críticamente y preguntarse qué proyectos humanos nos hacen mejores, nos hacen más plenos. M.